miércoles, 19 de septiembre de 2007

El imperio de lo exclusivo

Miguel Ángel Pérez Pirela

De todos los ángulos de la oposición al proyecto de reforma de la Constitución aparecen críticas entorno al artículo 115 referente a las diversas formas de propiedad. Por lo general se escucha decir que dicho artículo solapa la propiedad privada, no obstante en éste se encuentra contemplada la misma y definida como “aquella que pertenece a personas naturales o jurídicas y que se reconoce sobre bienes de uso y consumo, y medios de producción legítimamente adquiridos” (artículo 115 propuesto).
Visto que en el artículo 115 sugerido se conserva y respeta el derecho a la propiedad privada como anteriormente expuesto, es urgente preguntarnos: ¿Qué se esconde detrás de este furibundo ataque a otras formas de propiedad que no se resuman única y exclusivamente a lo privado?
Para responder a dicha interrogante debemos adentrarnos en eso que hemos querido llamar el imperio de lo exclusivo.
Hoy día en el castellano corriente y cotidiano se llama exclusivo a todo aquello que posee un carácter lujoso, caro, fashion. Muy pocas veces nos damos cuenta que el sentido primero que se esconde detrás del término exclusivo denota precisamente su carácter excluyente.
Exclusivo sería entonces todo objeto que pertenece (y que sólo puede pertenecer) a un individuo y no a los otros. He aquí entonces el carácter negativo que caracteriza a la propiedad privada.
Solamente a la luz de lo antes dicho es que podemos entender las críticas que adelantan los opositores al artículo 115 sugerido.
Sus detractores entienden la propiedad desde un punto de vista meramente exclusivo. Ello quiere decir que conciben como única propiedad posible la propiedad privada. En otras palabras se puede afirmar que elevan esta última al rango de dogma indiscutible.
A partir de lo antes dicho es evidente que la propuesta del artículo 115 – que alarga el campo de la propiedad privada – resulta simplemente inconcebible para un defensor dogmático de la propiedad excluyente. Al postular el legislador varios tipos de propiedad – como por ejemplo la propiedad pública, social, colectiva y mixta – no está haciendo nada más y nada menos que insertar un nuevo tipo de valor basado en lo social.
Y ¿Qué es esta discusión sino un franco debate en torno a valores?
De hecho, no podemos engañarnos: la discusión a propósito del artículo 115 no es otra cosa que una propuesta de valores sociales como alternativa a los valores individualistas que caracterizan el neoliberalismo y su instrumento fundamental, el capitalismo.
¿Qué es el capitalismo sino una dogmatización del capital como propiedad en las manos de unos pocos?
El capitalismo como teoría filosofico–política concibe la apropiación, no solamente de los medios de producción, sino también del trabajo humano en manos de unos pocos. En éste todo se vuelve propiedad privada.
Desde este punto de vista el capitalismo se presenta como el instrumento económico de una versión exclusiva de la propiedad. El capitalismo es por ello el instrumento predilecto de la propuesta neoliberal en lo concerniente a la aplicación en el plano político, económico y social de valores individualistas. Para el neo-liberalismo el individuo es un átomo, o mejor, un 1+1 que nunca dará como resultado 2. En dicho sistema lo social no está contemplado. De allí el hecho que en su lenguaje corriente lo exclusivo se convierte en sinónimo de bueno, posee un valor positivo.
Es justamente contra este tipo de postura que surge la propuesta de valores sociales que no ven al individuo como un átomo separado de otros individuos. Dichos valores presuponen la correlación política, económica y social de los individuos en comunidades organizadas.
Bajo esta lógica surgen, por ejemplo, los consejos comunales, las cooperativas, etc., que son la cristalización de los valores sociales antes mencionados. Vale entonces preguntarse que podría ser, por ejemplo, un consejo comunal si sólo existiera como único tipo de propiedad la propiedad privada. La respuesta es muy simple: no podría hacer absolutamente nada.
La organización entorno a valores sociales presupone por ello la ampliación de la propiedad privada a otras formas de propiedad. Simplemente con el artículo 115 propuesto se quiere establecer la república de los valores sociales contra el imperio de los valores individualistas. Conjugar socialmente la propiedad no quiere decir anularla. Todo lo contrario, dogmatizar la propiedad privada quiere decir sin más decretar la muerte de la propiedad social. Ello conllevaría a lo que hoy día observamos en muchas partes del mundo: todo en manos de pocos, poco en manos de todos. En otras palabras, miseria y pobreza como elementos característicos de las mayorías populares. Lujo y exclusividad, como característica esencial de las minorías económicas.
La discusión entorno a la propiedad es por ello la discusión entorno a la democracia (gobierno de las mayorías) que queremos. No puede haber democracia en el imperio de lo exclusivo. Pero tampoco puede haber dictadura en la república de lo social.

sábado, 1 de septiembre de 2007

“Síntomas disfrazados de diagnósticos”

Miguel Ángel Pérez Pirela
(Publicado en el "Diario VEA" y "El Nacional, 2007)

Al menos que no tomemos como punto de partida el debate del individuo consigo mismo - que la tradición elaborada por Platón y San Agustín llamó “pensamiento” - todo debate presupone como condición necesaria un diálogo con el otro. En ese sentido, el debate por antonomasia es un acto de alteridad, es decir, un acto “polítiko”. Ello coloca irremediablemente el debate en una dimensión social. Detalle éste que obliga a replantear no solamente el horizonte de alteridad de todo debate sino, más aún, la estructura fundacional del debate como práctica social. ¿A qué nos referimos más precisamente? Todo debate, para que sea considerado como tal, implica no sólo al otro, sino también a la estructura, fundación o lugar desde el cual ese otro habla. Es precisamente aquí que el debate filosófico-político contemporáneo nos brinda herramientas excepcionales para comprender este elemento fundacional del debate. Según las posiciones del liberalismo de John Rawls el debate fundacional de cualquier sociedad debe instaurarse desde un “velo de ignorancia”, es decir, desde un lugar de neutralidad radical. Según Rawls, para que el debate social sea justo, es necesario que cada individuo que participa en la creación del contrato no sepa absolutamente nada de los otros individuos con los cuales está pactando. El debate se fundaría entonces en individuos sin sexo, edad, posición social, religión, nacionalidad, etc. Nos encontramos por ello de frente a una dogmatización de la neutralidad como punto de partida del debate. De todo ello surge una perplejidad: ¿puede una sociedad fundar-se en la negación de las identidades comunitarias, tribales, societales? Una buena parte de la respuesta a dicho interrogante es planteada por la crítica que, desde el comunitarismo, se le hace a las posiciones anteriormente planteadas. Según autores como Charles Taylor o Michael Sandel no se puede elaborar la estructura fundacional de un debate social desde la neutralidad. Si bien es cierto que “las palabras no son neutras”, tampoco las sociedades contemporáneas. Éstas son el fruto de un enmarañado sistema de valores comunitarios, insoslayables a la hora de pensar el “nosotros”. El pacto fundacional de una sociedad parte por ello de lo comunitario. Es precisamente allí donde se fragua el metal hirviente del debate político. De hecho, se habla aquí de la comunidad como lugar fundacional del individuo. Sólo a partir de una lógica comunitaria el sujeto construye lo propio de sus necesidades, deseos, frustraciones, límites y ventajas.
En los últimos días en nuestro país nos hemos encontrado con encarnaciones representativas del modelo neutral propuesto por Rawls. De hecho, protagonistas del debate actual venezolano han inscrito sus propuestas en un “No Mans Land”, es decir, un lugar caracterizado por una neutralidad absoluta. Ello se ve reflejado en posturas según las cuales sus afirmaciones no serían políticas, sino meramente cívicas. Contradicción ésta que, antes de ser semántica, es etimológica. Si bien es cierto que lo político viene del griego “polis”, es decir, ciudad, también lo es que lo cívico viene del latín “civis”, que casualmente también reenvía a la idea de ciudad. Y es que todo debate, si quiere ser tal, debe estar fundamentado en un topos o lugar comunitario desde donde, no solamente se expresa una idea, sino que más aún, se asume todo el universo cultural, económico, sexual, religioso, político, desde donde se habló. Quien habla debe asumir por ello la responsabilidad de lo dicho, no sólo delante de la comunidad contra quien tomó la palabra, sino también delante de sus símiles. Hablar desde la neutralidad del “velo de ignorancia” rawlsiano implica entonces una acción propicia para el anti-debate, o más aún, el no-debate. Quien habla desde la neutralidad liberal en realidad está dinamitando el fundamento propio del debate. Aquel que, a la hora de plantear reivindicaciones cívicas desde el foro público se dice no-político, está simplemente siendo un síntoma más del malestar social que critica. Pero esta vez disfrazado de diagnóstico.

martes, 28 de agosto de 2007

La implosión del Estado

Miguel Ángel Pérez Pirela*

Sin ánimos de ofender a nadie es necesario poner en relieve que nuestra Constitución vigente esconde en algunos de sus artículos afirmaciones que podrían ser tildadas por muchos – en el mejor de los casos – como chistes – en el peor – como mera ironía. Nos referimos sobre todo al artículo 141 de la actual Carta Magna. En el mismo se define al Estado como un ente que “se fundamenta en los principios de honestidad, participación, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad en el ejercicio de la función pública”. De frente a una tal afirmación no queda más que preguntarnos: ¿es acaso éste el Estado con el cual convive día a día el pueblo?, o en fin de cuentas, ¿es ésta la imagen que los ciudadanos y ciudadanas poseen del Estado?
No existe ninguna duda sobre la respuesta negativa de la mayoría de los venezolanos a estas interrogantes. Pero tampoco existen dudas sobre el hecho que la propuesta de reforma a la Constitución se inscribe precisamente en esta problemática: estamos llamados imperativamente a cambiar el Estado que tenemos. Claro está, no podemos realizar semejante empresa sin antes preguntarnos qué es el Estado que queremos cambiar, qué Estado queremos y, por último, sí de verdad queremos algún Estado.
Para responder a todo ello debemos situarnos en el siglo XVII y traer a colación a Thomas Hobbes y su definición del Estado moderno. Este autor imaginó un estado de naturaleza en el cual cada hombre es absolutamente soberano y libre. Según dicha ficción, en esta situación inicial cada uno podría hacer todo lo que quisiera. Evidentemente ello traería consigo una guerra de todos contra todos que llevaría sin más a la anarquía generalizada (homo hominis lupus). Es precisamente contra esta situación que nace el Estado: cada uno transfiere su libertad y su soberanía individual a un tercero (Estado), a condición que este último le asegure una convivencia pacífica con el resto de los individuos.
El problema está en que dicho Estado auspiciado por los individuos – para crear reglas en pro del convivir y gestionar lo colectivo – se ha convertido paulatinamente en un monstruo separado de ese pueblo que le transfirió la potestad de ejercer el poder. Es precisamente éste el origen del tan criticado Estado buro-crático y tecnó-crata. Es decir un Estado que da el poder (del griego, cratos), por una parte a la burocracia, al bureau (del francés, escritorio), y por otra, a aquellos que poseen el conocimiento o tecno. En otras palabras, nos encontramos de frente a un Estado que acapara el poder en un conjunto de políticos y técnicos agrupados en un cuerpo profesional.
¿Qué hacer entonces para cambiar dicho Estado moderno teorizado hace casi medio milenio?
Para acabar con el Estado antes descrito uno de los métodos más plausibles es el de la implosión. Hay que derribar el Estado desde sus entrañas, y qué mejor manera de hacerlo que cambiando sus reglas de juego: es esencialmente aquí que se inscribe la lógica de la propuesta de reforma a la Constitución. Es en este punto donde toma sentido la idea de un Poder Popular que “no nace del sufragio ni de elección alguna sino que nace de la condición de los grupos humanos organizados” (art. 136 propuesto). Según la propuesta ya no será entonces el pueblo quien transferirá su poder al Estado, sino que el pueblo mismo gestionará parte del poder a través de “formas de autogobierno”. He aquí el epicentro de la cuestión.
Pero de nada sirve decretar constitucionalmente el poder en manos del pueblo si, al mismo tiempo, dicho poder no lo ejerce cotidianamente el pueblo organizado en “comunidades, comunas y autogobiernos de las ciudades a través de los consejos comunales, obreros, campesinos, estudiantiles…”. (art. 136 propuesto).
A la luz de lo antes dicho, la propuesta de reforma a la Constitución sería entonces una puerta abierta o condición mínima para hacerle más fácil el camino al pueblo en su lucha por la reapropiación del poder. ¡Pero atención! De ninguna manera el decretar el Poder Popular puede considerarse como el punto de llegada del colosal e histórico maratón popular por su soberanía. No se debe olvidar que muchas veces el poder decretado en manos de todos se convirtió en el poder en manos de ninguno, es decir, de algunos.

*Investigador del Instituto de Estudios Avanzados-IDEA

miércoles, 15 de agosto de 2007

De los valores y anti-valores venezolanos


Miguel Á. Pérez Pirela*

La revolución venezolana en este momento histórico apuesta a la consolidación de un fundamento político y moral de dimensiones históricas cristalizado en la reforma de la Constitución.
Pero suele pasar que, por estarse forjando importantes realidades, las esenciales pasen por debajo de la mesa. De ahí una necesaria interrogación: ¿dónde ha quedado la discusión de los valores morales del venezolano contemporáneo?
Si de hecho existen valores morales y políticos que fundamenten el cotidiano del venezolano, es justo preguntarse hoy día sobre la identidad y aplicación de los mismos.
Pero hay que aclarar que no hablamos aquí de valores universales, metafísicos o hipotéticos. Se trata de realizar un esfuerzo fenomenológico y extraer de las actitudes, acciones y modos de pensar de los venezolanos, los valores que están debajo de su accionar.
No cabe la menor duda que existe una preocupación generalizada sobre los modos de actuar de nuestros compatriotas, que parecen asomar la existencia de valores individualistas como fundamento de sus creencias, deseos y objetivos.
Es imprescindible preguntarse entonces, ¿qué es un valor individualista? Primero que todo hay que aclarar que valor individualista no es sinónimo de valor individual. El individualismo sería más bien la dogmatización y perversión de este último.
El pensador francés Alexis de Tocqueville escribía en su Democracia en América, justo en los años en que Bolívar emprendía la revolución por el continente, que el individualismo es algo mucho más profundo, complejo y peligroso que el egoísmo. Mientras que el egoísmo siempre ha existido, el “individualismo es una expresión reciente que ha creado una idea nueva: nuestros padres no conocían sino el egoísmo”. Diríamos entonces con Tocqueville que el egoísmo es un rasgo natural del hombre que tiende a colocar en primer plano el ego, es decir, el yo.
Por el contrario, el individualismo es un fenómeno y una patología moderna que, no sólo coloca el propio yo como centro de gravedad, sino que además hace de esta actitud un valor moral. ¿Qué significa ello?
Hacer del yo un valor moral quiere decir hacerlo un imperativo, elevarlo al rango de deber ser. Como lo ejemplifica el sociólogo Christopher Lasch en La cultura del narcisismo, según el individualismo, tú estás llamado a buscar sólo tus propios intereses; si actúas pensando únicamente en ti, estás haciendo el bien. He aquí el origen de las teorías de auto-superación o de éxito empresarial – cuyas publicaciones inundan nuestro país – que colocan como modelo a seguir el “emprendedor” o “manager” exitoso que piensa únicamente en sus propios intereses, cueste lo que cueste socialmente.
Figuras que, dicho sea de paso, ilustran y fundamentan el neo-liberalismo y su instrumento primordial, el capitalismo. El mensaje que se esconde detrás de dichas posturas invita a la felicidad, goce, bienestar y disfrute exclusivamente desde el punto de vista individual.
Todo ello, claro está, en franca oposición a los valores sociales – fundamento de toda revolución – los cuales son vistos como trabas o impedimentos al desenvolvimiento del propio yo.
El mundo desde esta perspectiva es visto como un campo de batalla donde sólo los más individualistas han de sobrevivir, ser protagonistas y líderes. En otras palabras, aquellos que no ahorran energías en ganarse un puesto importante y mantenerlo, acumular el mayor capital posible en negocios, amistades influyentes, sueldos desmedidos, favores debidos, desproporcionados bienes, etc.
La pregunta surge entonces espontáneamente: ¿cómo forjar sinceramente y, sobre todo, empíricamente nuevos paradigmas sociales en Venezuela, si estos están fundamentados en valores individualistas?
Responder a ello nos dará luces sobre el cómo habrá de encararse, en términos de valores, la histórica apuesta antes planteada, es decir, la reforma de la Constitución.


*Investigador del Instituto de Estudios Avanzados-IDEA

miércoles, 1 de agosto de 2007

El hombre no es una isla

Miguel Ángel Pérez Pirela

Como expresaba Tomás de Aquino en su Suma Teológica, hay quien hace el mal creyendo hacer el bien. Algo muy parecido sucede con los defensores “románticos” de la naturaleza.
Toda postura que pretenda defender la naturaleza a través de meros discursos sentimentales está destinada al fracaso por no tomar en cuenta las causas culturales de la degradación que sufre hoy día el planeta. De hecho, ¿Qué tipo de mentalidad se encuentra al origen de un tal desastre ambiental? Para responder a esta pregunta es necesario re-visitar la historia de la “mentalidad moderna”.
La modernidad parte de un llamado cartesiano a idolatrar, venerar y aupar la “razón” del individuo. Razón que, según esta posición, es capaz de contrarrestar las vicisitudes propias de la naturaleza.
Es así que se instaura una visión dogmática de la razón humana que promete llevarnos, en un futuro no muy lejano, al control de la naturaleza. Fin éste que pre-supone una lucha del ser humano contra los determinismos naturales. La razón, según esta visión, habría entonces de salvarnos del fatal determinismo natural que nos hace víctimas de las enfermedades, el envejecimiento, los desastres naturales e, incluso, la muerte.
De esta “creencia” surge entonces el icono de este tipo de racionalidad encarnado en la “ideología de la ciencia moderna”. Dicha ideología científica se presenta como el instrumento por excelencia de la batalla del ser humano contra la naturaleza. Es así cómo el método y las limitaciones epistemológicas propias de la conservadora ciencia moderna terminan de solidificar la antitesis, ya creada, entre el ser humano y la naturaleza.
La ciencia no tarda en convertirse en una cuasi-religión que pregona la libertad, el progreso y la esperanza. A partir de ésta el individuo moderno se erige como una potencia racional cuyo paradigma es esa figura sacerdotal encarnada en el “científico”.
El paso fue dado. De ahora en adelante todo aquello que vaya contra la “voluntad de potencia” de la racionalidad científica sería tildado como contrario a la esperanza moderna de un progreso y libertad absoluta. Dicho individuo científico-racional-moderno se presenta de este modo como una “racionalidad pura” al estilo kantiano o, en otras palabras, como un “sujeto absoluto”. Es precisamente en este instante cuando la definición de sujeto (humano) se opone irremediablemente a un objeto que, en este caso, es nada más y nada menos que la naturaleza toda.
Al objetivar la naturaleza se cae sin más en el trágico error moderno que hace de ésta un mero instrumento. Se crea así la bien conocida jerarquía que coloca al hombre en el ápice de la naturaleza. Pero el proceso “modernizante” no se detiene allí. La razón moderna no tarda en extraer al ser humano de la jerarquía misma para hacer de éste algo separado de la naturaleza.
Es en este contexto que nace la crítica de Edgar Morin contra la “visión insular” del hombre. Visión ésta que hace del ser humano un ser extra-terrestre o meta-físico. Según esta postura el hombre sería una especie de ser sobre-natural que tendría poco o nada que ver con el sistema, el ritmo y las leyes propias de la naturaleza.
Aquí encontramos entonces el origen de la tan celebrada “auto-nomía” del individuo moderno que sostiene que el hombre sólo respeta las leyes de sí mismo (auto/lo que sale de sí – nomos/ley).
A partir de esta lógica surge como último eslabón de la cadena moderna una visión “conquistadora” del individuo moderno que, antes de conquistar a otros hombres, está llamado a conquistar la naturaleza. La grandeza moderna del hombre partiría por ello de su capacidad de modificar la naturaleza entendida como mero objeto o instrumento. De hecho, según esta lógica, los países más “desarrollados” serían aquellos que controlan y modifican mejor la naturaleza.
Ahora, si bien es cierto, que hoy día existe una crítica generalizada contra los conquistadores (de hombres) del siglo XVIII y XIX, también lo es que en la actualidad se continúa celebrando a los conquistadores de la naturaleza. Conquistadores que no han terminado de entender el principio de la eco-logía, es decir, que el hogar (oikos) propio del hombre no se encuentra fuera de la naturaleza sino en su seno.

Investigador del Instituto de Estudios Avanzados

domingo, 1 de julio de 2007

La geografía del poder

Miguel Ángel Pérez Pirela*

Antes de plantear temas candentes de la propuesta de reforma constitucional como, por ejemplo, la propiedad, la reelección o la geometría del poder, es imperativo ponernos de acuerdo sobre el “marco referencial” en el cual se inscribe dicha discusión. No afrontar el debate a partir de esta premisa quiere decir perpetuarse en detalles y particularidades que no dan luces sobre la esencia y razón de ser de la propuesta en cuestión.
De hecho, dicha propuesta de reforma a la Carta Magna se sitúa en la discusión a propósito de la tensión que existe entre “democracia representativa” y “democracia participativa”. Discusión que, además de poseer una importante carga teórica, tiene un fuerte componente empírico amparado en 40 años de aplicación de una democracia representativa cuyos resultados fueron funestos.
Es precisamente a partir de este antecedente que, sobre todo a lo largo del último decenio, se ha planteado un apasionante debate nacional entorno a la posibilidad de una democracia participativa, pre-vista como sistema que parta de la horizontalidad en las relaciones de poder. Dicha democracia desmontaría el abismo existente entre “gobernados” y “gobernantes”, y el natural resultado de este fenómeno que hace de los primeros meros entes “pasivos”, dejando a los gobernantes el privilegio de la “acción”.
Plantear el debate desde este punto de vista quiere decir re-definir la semántica democrática: ya no se hablará más de los “gobernados” pues la terminología misma incita a pensar en el pueblo como pasividad pura. Pero tampoco se conservará la infeliz figura de “gobernantes”. Ello obliga a una re-configuración del poder instituido a partir de la idea de pueblo concebido como ente activo.
La discusión entorno a la propuesta de reforma constitucional parte entonces de la necesidad de re-pensar el poder a partir de la “acción”, no más como exclusividad de la clase gobernante, sino también como posibilidad (¿necesidad?) del pueblo.
Aquí radica precisamente el problema. ¿Será posible, a través de esta propuesta de reforma, acabar con los exclusivos atributos de la clase gobernante? ¿Cómo hacer del pueblo un ente activo, y a la vez efectivo, en términos de organización del Estado?
El debate entorno al tipo de democracia que se quiere implantar en el país nos lleva sin más a lo que podría ser el punto de llegada de la discusión: la cuestión del “Estado”. De hecho, sería una ingenuidad plantear este debate en términos netamente conceptuales, etéreos, fantasmáticos. Si se posee la voluntad política de traducir todo esto en una realidad concreta es imperioso re-plantear el tipo de Estado que se quiere.
Evidentemente no se puede responder a la pregunta “qué Estado queremos”, sin antes clarificar lo concerniente a “qué Estado tenemos”. No es muy difícil dar luces sobre esta última cuestión. El Estado que hemos heredado los venezolanos puede ser resumido en algunas pocas características. Nos encontramos de frente a un Estado ineficiente, burocrático, corrupto y piramidal. Acaso el último punto funde los primeros tres. El carácter piramidal o elitista del Estado venezolano le quita al pueblo la posibilidad de actuar para dárselo a los representantes del pueblo. He aquí el problemático binomio “democracia representativa/Estado” que pone en jaque el rol protagónico del pueblo, es decir, su soberanía misma. De hecho, se es soberano cuando se puede actuar, decidir. La soberanía de un pueblo pasivo es un contrasentido.
Es justamente en oposición a ello que surge el innegable marco referencial desde donde debe plantearse la discusión en torno a la propuesta de reforma de la Constitución. Temas álgidos de dicha reforma como el de la propiedad, la reelección o la geometría del poder sólo son justificables a partir de un re-pensamiento del tipo de democracia que se quiere, del Estado que la acompañará y, sobre todo, del lugar del pueblo en la geografía del poder.
La propuesta será por ello plausible sólo, y sólo si, la misma cuestiona la democracia representativa y el Estado piramidal sin tomar, al mismo tiempo, al pueblo como cebo para atraer a esa bestia desproporcionada que es el poder.

*Doctor en Filosofía Política.
Investigador del Instituto de Estudios Avanzados-IDEA

martes, 1 de agosto de 2006

Histoire brève de l’« impasse » vénézuélienne. Les enjeux symboliques

(Publicado en la Revista "Cités", Francia, 2006)

Miguel Angel Pérez Pirela

La soi-disant impasse que le Venezuela vit aujourd’hui ne peut pas être abordée sans une prise en compte préalable du chemin démocratique que le pays a parcouru jusqu’à la situation qu’il connaît de nos jours. Cette situation est l’expression d’une division radicale de la population en deux parties, « chavistas » et « anti-chavistas »
[1].
En effet, comment expliquer ce paradoxe de la société vénézuélienne, qui est passée d’une indifférence politique remarquable, caractérisant presque toutes les années de son régime démocratique, à une implication politique comparable à la ferveur que l’Amérique du Sud a connue dans les années 60?

1. Le « Grand Venezuela »
[2]
Le Venezuela commence son parcours démocratique le 23 janvier 1958 avec la chute du dictateur Marcos Pérez Jiménez. Depuis ce jour, le pays a vécu sans interruption dans un régime démocratique[3]. La vie démocratique vénézuélienne, marquée par un « certain calme », surtout pendant les années 60 et 70, fait du Venezuela un cas exceptionnel dans la région, du fait de son éloignement de la vague de dictatures qui prend d’assaut le continent.
Mais l’originalité du cas vénézuélien ne se limite pas, durant cette période, à sa situation politique. Du point de vue économique, le pays connaît aussi d’importants changements qui renforcent cette quiétude politique. Le changement capital, c’est la nationalisation du pétrole en 1977, opérée par le président Carlos Andrés Pérez. Pendant ce temps, les prix internationaux du pétrole connaissaient une hausse importante, rendant ainsi possible une croissance économique.
La situation politique et économique de la société vénézuélienne, si elle éloigne le pays du drame des dictatures, le tient à distance du même coup du rendez-vous historique du continent avec les revendications sociales de cette période.
Cette situation économique particulière consolida alors un phénomène qui existait déjà dans le pays : l’indifférence de la société à l’égard de la vie politique. Mais cela ne voulait pas dire pour autant que les vénézuéliens n’appartenaient pas à des partis politiques. Depuis 1958, les individus et les familles s’inscrivaient généralement dans l’un des deux partis au pouvoir : « Acción Democrática » et « COPEI »
[4]. Mais la similitude de leurs projets conduisait les électeurs à choisir plutôt en fonction du charisme des candidats que de leurs lignes politiques.
On peut dire qu’il y avait à cette époque un « déficit de conscience politique » qui, à partir des années 90, commença à changer. Le point de rupture avec ce mode de vie et avec cette absence d’intérêt politique eut lieu le vendredi 18 février 1983, l’une des dates les plus significatives de l’histoire du pays. Le matin du célèbre « vendredi noir »
[5], les vénézuéliens se réveillèrent dans un pays doté d’une économie beaucoup plus faible qu’ils ne le croyaient. Mais quel a été le principal effet de ce « vendredi noir» ?
Du point de vue politique, ce fut la prise de conscience de la grave erreur qu’avait été la nationalisation du pétrole, laquelle s’était déroulée de manière précipitée par le rachat coûteux aux compagnies étrangères de ce qui, par un mutuel accord, devait être donné au Venezuela quelques années plus tard. La dévaluation de la monnaie et la crise économique finissent par mettre en lumière la corruption existante : entre 1974 et 1983, les cas de corruption furent très nombreux.
Les gouvernements de l’époque avaient mélangé de façon dangereuse « un capitalisme honteux et un socialisme pudique »
[6]. Paradoxalement, pendant ces années de bonheur économique, le Venezuela avait entretenu une dette intérieure et extérieure démesurée. Il a fallu constater également les dégâts entraînés par une économie fondée sur la monoproduction : avec l’arrivée du pétrole, le Venezuela, qui au début du siècle basait son économie sur la production de cacao et de café, avait mis fin à l’exploitation de la terre, ce qui avait conduit la population à se ruer sur les grandes villes. Les conséquences furent l’exode rural et la surpopulation urbaine, ceintures de pauvreté dans les grandes villes, délinquance, etc.
Mais le « vendredi noir » ne se limita pas à faire ressortir une difficile réalité de facto. La situation que nous avons décrite, et qui se prolongea jusqu’en 1983, forgea dans le pays une réalité parallèle, que l’on pourrait appeler symbolique.

2. La classe moyenne et le symbolique
Les conséquences les plus déchirantes du « vendredi noir » se manifestent dans le domaine symbolique. Aujourd’hui le Venezuela est divisé en deux factions symboliques, en ce sens que cette division ne traduit pas une division – de facto – des classes. La division typique des classes telle qu’on la trouve chez Marx (bourgeoisie/prolétariat) ne permet pas ici d’expliquer la réalité vénézuélienne.
Du point de vue symbolique, les importantes différences économiques que l’on constate dans le pays ne traduisent pas seulement à une disjonction dans les faits entre (très) riches et (très) pauvres, comme on le pense souvent. Il existe une zone intermédiaire délicate, formée par une classe moyenne (entrepreneurs, professionnels, commerçants, anciennes familles de la classe moyenne, professions libérales, etc.), qui avait connu une situation très stable du point de vue économique pendant les années du « Grand Venezuela », mais qui, à partir du « vendredi noir » et tout au long des années 80 et 90, fut sévèrement touchée par la gravité de la situation économique. En réalité, cette classe moyenne se trouva déclassée, même si, symboliquement, elle continua et continue toujours de revendiquer une réalité économique désormais disparue.
En effet, les conflits que vit aujourd’hui le pays nous révèlent un phénomène rarissime : la vie économique réelle de la classe moyenne ne traduit pas son sentiment d’appartenance. Cette classe, comme avant le « vendredi noir », continue de s’identifier économiquement et politiquement avec la classe élevée. Cela montre comment la situation de facto peut se transformer sans que la réalité symbolique ne souffre de modification. Au Venezuela, après le « vendredi noir », une partie de la population semble avoir perdu le support réel de son identification politique, économique et sociale d’auparavant, tout en continuant à agir comme si le changement n’avait pas eu lieu.
La classe moyenne vénézuélienne des années 60 et 70 se caractérise aujourd’hui par une précarisation qui la transforme en classe « moyenne-basse » ou plutôt en classe « pauvre-haute ». De nos jours, l’intention politique qui mobilise l’ancienne classe moyenne est claire : ne jamais devenir « classe pauvre » (clase baja)
[7]. C’est précisément dans cet idéal d’identification avec une image du passé que réside le décalage symbolique propre au cas vénézuélien. À partir de cette constatation, on voit que la question de la place occupée par le président Chávez est supplantée par un problème plus grave : l’embarras identitaire d’une partie de la société.
Ici nous devons prendre en considération un élément supplémentaire. Le problème symbolique lié à l’appartenance a été amplifié par la plus puissante des forces du pays : la télévision. Au Venezuela, la télévision est déterminante pour le mode de vie, la culture, la langue et les mœurs.
Pendant trente ans, les deux principales chaînes de télévision (Venevisión et RCTV) se sont engagées dans une compétition pour l’audience, avec pour seul gagnant les telenovelas (les feuilletons). Dans la structure narrative des feuilletons, le riche et le pauvre sont habituellement unis par un lien sentimental, qui de manière très relative les rend égaux. Mais cette égalité représente plutôt une montée de la classe pauvre vers la « classe haute » (clase alta) que l’inverse.
Pourtant, on trouve dans ces feuilletons quelque chose que l’on pourrait appeler une logique de « reflet/pérennisation ». Les drames présentés par les feuilletons contiennent toujours le reflet des distinctions très nettes de facto entre les classes sociales. Souvent, les rôles des protagonistes ne correspondent pas à des distinctions fondées sur l’intrigue, sur le caractère des personnages ou sur leur psychologie, mais plutôt à des distinctions entre les classes sociales. Dans la structure du feuilleton, il y a toujours une différenciation radicale entre, d’un côté, l’employée de maison, la famille et le quartier pauvre et, de l’autre côté, la fiancée ou l’épouse riche, la famille et le quartier riche. Ces distinctions ne se contentent pas de montrer une réalité existante, mais la reproduisent et la pérennisent dans le domaine symbolique.
Dans le phénomène des feuilletons, nous pouvons voir ainsi une des causes les plus éclatantes de l’explosion de haine et de radicalisme qui secoue les deux parties symboliques de la population : l’une ayant des complexes d’infériorité et se sentant exploitée, l’autre ayant des complexes de supériorité et se sentant déclassée. C’est ainsi que se pérennisent deux classes très différentes, unies seulement soit par un lien de servitude de facto (une classe exploite l’autre), soit par un lien sentimental/symbolique (feuilletons).

3. La classe pauvre et la rupture du symbolique
Après le « vendredi noir », un certain réalisme s’abattit sur le pays. Les différences de facto se firent plus tangibles. La majorité pauvre de la population, à la différence de la soi-disant classe moyenne, réussit pour la première fois à percevoir dans toute leur ampleur les différences entre les classes. La prise de conscience de ces inégalités réelles ne tarda pas à prendre la forme de visions politiques hétérogènes, radicalement différentes de ce qui quelques années auparavant, en raison du « Pacte de Punto Fijo »
[8], semblait constituer une seule et même réalité politique.
Le mécontentement qui aboutit aux manifestations – El Caracazo – de 1989 n’avait été pris en compte ni par le gouvernement, ni par le parlement, ni par les partis politiques. La solution qu’adopta le président Carlos Andrés Pérez fut fondée sur la violence et la répression. La riposte arriva trois ans après, le 4 février 1992 : le Venezuela vivait son premier coup d’État, après trente-quatre ans de démocratie. Le leader de cette insurrection militaire, menée non pas par des haut cadres de l’armée mais par de jeunes officiers mécontents, fut le lieutenant Hugo Chávez Frías qui, quelques années plus tard, devait remporter les élections présidentielles.
À travers une action anti-démocratique, le jeune commandant Hugo Chávez Frías a montré et démontré l’imminence de la maladie du système démocratique vénézuélien. Cette action a suscité, dans tout le champ politique vénézuélien, une prise de conscience de l’imminence effective de cette maladie. À partir de ce moment, on peut commencer à parler de la possibilité de l’existence d’une opposition réelle dans le pays.
Une fois sorti de prison
[9], Chávez se lança dans la course à la présidence, en s’appuyant sur un discours qui ne cherchait pas seulement à égaliser les différences de facto entre les classes, mais tentait aussi d’établir des vraies différences symboliques. La force du « premier Chávez » était fondée sur le symbolique : il essaya de faire sentir aux vénézuéliens pauvres leurs différences politiques vis-à-vis de la classe haute. Ces différences avaient été dissimulées jusqu’alors par la logique des feuilletons, au point de vue social, et par le « Pacte de Punto Fijo », au point de vue politique.
Le discours de Chávez n’était pas uniquement centré sur la manière d’éliminer la pauvreté (sur le comment), c’est-à-dire sur des réformes visant à transformer l’éducation des pauvres, leur situation économique, la sécurité sociale, etc. Le changement que Chávez vise alors à instaurer passe aussi par une transformation de la vision que les pauvres ont d’eux-mêmes : il tente de les faire accéder à la conscience de leur appartenance à la classe pauvre. Chávez n’essaye pas seulement de changer les distinctions de facto riche-pauvre, mais comprend que c’est à partir de cette conscience symbolique de soi que les pauvres pourront changer la réalité de facto, et seront dès lors en mesure d’en finir avec l’acceptation passive des différences réelles.
Le candidat à la présidence arrive au pouvoir en gagnant les élections de 1998 avec une majorité écrasante, grâce à la prise de conscience identitaire qu’effectuent aussi bien les classes pauvre-haute et pauvre-pauvre que la classe pauvre-indigente, et qui les unifie alors en un groupe largement majoritaire.
Cependant, le premier vrai résultat politique n’est pas le triomphe aux élections, mais plutôt ce qui a constitué la prémisse de ce succès: l’écroulement des anciens partis politiques. L’opposition directe et virulente de Chávez à ces partis crée un « effet dominos » : les partis tombent les uns après les autres. Chávez démontre ainsi que, face à une vraie opposition politique, les partis traditionnels sont dépourvus d’armes démocratiques. Pendant quelques mois, le nouveau président ne rencontra pratiquement pas d’opposition. Dans le pays, il prit la tête d’une majorité fondée sur un consensus symbolique qui réunit une large partie de la population, à savoir, l’ensemble des classes pauvres. Comment expliquer alors la division radicale qui se mit à sévir au Venezuela quelques années plus tard ?

4. Le rôle de l’opposition
Au moment de la disparition de l’opposition politique qui avait été représentée par les anciens partis politiques (AD, COPEI), la place, laissée vacante, est prise par un autre genre d’opposition. Quelques mois après son élection, Chávez doit faire face de manière imprévue à des opposants très puissants qui contestent ses réformes législatives, sociales, politiques et économiques, parmi lesquelles les plus importantes sont la reforme agraire, la loi sur la pêche et la restructuration de PDVSA
[10]. Les revendications de cette opposition sont d’abord d’ordre économique, et ne deviennent à proprement parler « politiques » que dans un deuxième temps. Mais cette fois, les opposants ne se trouvent pas insérés dans une logique de partis politiques.
Le siège de cette opposition est l’ensemble des médias privés (constituant la majorité des médias). C’est ainsi que le lieu « spatio-temporel » et « idéologique » de ses revendications est, d’une certaine façon, encadré et légitimé par les chaînes de télévisions et les journaux. En outre, derrière l’apparente cohésion de cette opposition, se combinent plusieurs éléments hétérogènes de la vie politique et sociale du pays : il serait impossible d’essayer de leur trouver une ligne politique commune ou un projet politique réel. Là se trouve sa véritable faiblesse. Ce qu’on appelle l’opposition se caractérise par l’utilisation d’un discours politique négatif. Jusqu’à aujourd’hui, cette opposition n’a pas présenté un seul véritable plan de gouvernement alternatif à celui de Chávez. Sa seule proposition politique est la démission de Chávez.
Quelle leçon pouvons-nous en tirer ? Il apparaît tout simplement qu’en trente-cinq années de démocratie, le Venezuela n’a jamais connu de véritable opposition démocratique. Plusieurs faits l’attestent : le « Pacte de Punto Fijo » s’étendant de 1958 à 1998 ; l’écroulement de AD et COPEI
[11] avec l’élection de Chávez ; enfin, l’émergence de l’opposition économique, qui est allée jusqu’à réaliser un coup d’État le 11 avril 2002, dissolvant du même coup le Congrès et tous les représentants élus, et proclamant Pedro Carmona, président de FEDECAMARAS, président de la république[12].
Dans le fonctionnement de la démocratie du pays, l’opposition a toujours été soit « un minimum quasi cérémonial », soit un « démolisseur » de concurrents politiques
[13]. C’est en ce sens qu’il est désormais urgent de repenser le rôle de l’opposition dans la vie démocratique. En effet, l’absence d’une vraie opposition politique dans le pays a conduit à une violence d’un nouvel ordre: la violence symbolique.

5. Le totalitarisme du symbolique
Aujourd’hui au Venezuela, les divisions classiques de facto entre les classes ne sont plus prises en considération dans le domaine du politique, car Chávez et l’opposition ont compris que l’appui du peuple vénézuélien en politique ne dépend pas de son milieu social et économique, mais bien plutôt du milieu avec lequel il s’identifie. La guerre politique vénézuélienne se fonde sur le problème de l’appartenance.
La création de l’identité dépasse souvent la réalité de facto pour se constituer en réalité symbolique. La réalité de facto est alors déterminée par mon appartenance, par le « je viens d’où ? », tandis que la réalité symbolique répond plutôt à la question du « je me sens d’où ? ». C’est à ce moment précis que le symbole peut surgir en tant que réalité remplaçant la réalité factuelle.
Comme on l’a déjà affirmé, la construction du mouvement de masse qui a porté Hugo Chávez à la présidence s’appuie sur un travail politique d’identification de 80% des Vénézuéliens (de la classe pauvre-haute, pauvre-pauvre, pauvre-indigente) à leur propre situation factuelle. Le discours politique conduisant à cette identification se fonde sur des accusations portées contre les anciens partis, contre la vie politique d’alors, contre certaines fractions de la société et même contre la façon dont a été racontée l’histoire vénézuélienne.
Pour sa part l’opposition a mené jusqu’à ses dernières conséquences une méthode politique/médiatique très active visant à changer symboliquement la distribution de facto des classes sociales dans le pays. Elle cherche à faire sentir positivement au plus grand nombre possible de Vénézuéliens qu’ils font partie de la classe moyenne, dans le sens que ce terme avait avant le « vendredi noir » ; et à faire sentir négativement aux chavistes qu’ils font partie de la classe pauvre-indigente.
Pour parvenir à ses fins, l’opposition utilise le même modèle que celui que l’on présente dans les feuilletons, c'est-à-dire la pérennisation de très fortes différences sociales, unifiées par une synthèse sentimentale, qui, transposée dans le domaine politique, n’est plus l’amour entre riches et pauvres des feuilletons, mais l’union de tous les Vénézuéliens contre le « tyran Chávez ». Le conséquence en est qu’une partie de la population devient victime ou actrice d’une haine nouvelle et d’une peur infondée à l’encontre d’une dictature chaviste : deux passions qui ont été d’une certaine façon produites par les médias.
L’impasse et les luttes politiques vénézuéliennes sont donc principalement d’ordre symbolique. Le paradoxe vénézuélien veut que l’engagement politique aujourd’hui dans le pays soit tellement vif qu’il peut paraître parfois suicidaire. Néanmoins, ont peut espérer que, quelle que soit la résolution de l’« impasse », cette conscience politique vénézuélienne prouve d’ores et déjà la possibilité réelle d’un mouvement démocratique dans l’Amérique du Sud de ce siècle.

[1] Chavistes et anti-chavistes.
[2] Ce terme désigne la période qui comprend les années 1973-1983. Cette période en précède une autre, très sombre, qui commence le 18 février 1983 avec ce qu’on appelle le « viernes negro » (vendredi noir).
[3] A l’exception du gouvernement illégitime de Pedro Carmona qui a duré quelques heures, après le coup d’Etat contre le gouvernement du président Chávez le 11 avril 2002.
[4] Partis social-démocrate et démocrate-chrétien.
[5] Jusqu’au vendredi 18 février 1983, le dollar valait 4,30 bolivars. Ce vendredi noir, la présidence publia un décret de suspension de la vente libre des devises étrangères. Le dollar est alors aussitôt passé à 14,30 bolivars.
[6] Arturo Uslar Pietri, De una a otra Venezuela, Monte Avila Editores, Caracas, 1992, p. II. Nous traduisons.
[7] La traduction de « clase baja » par « classe ouvrière » ne convient pas, car la « classe ouvrière » vénézuélienne est plutôt une minorité qualifiée, insérée dans le monde du travail légal. Cela veut dire que celle-ci constitue plutôt une classe « pauvre-pauvre » différente d’une classe « pauvre-indigente ». On ne peut pas appeler la « classe pauvre », « classe ouvrière » tout simplement parce qu’une grande partie de la population du Venezuela travaille de manière illégale. Nous dirons donc « classe pauvre ».
[8] Depuis 1958, année qui marque la fin de la dictature, les deux plus grands partis politiques vénézuéliens ont conclu un accord connu sous le nom de « Pacte du Punto Fijo ». Le but d’un tel accord consistait à limiter le plus possible l’opposition politique dans le pays, afin d’éviter que de véritables différences politiques se mettent en place dans une société qui commençait à peine à retrouver un équilibre démocratique. Mais au lieu d’empêcher le soulèvement militaire, ce pacte devint un mécanisme politique de pérennisation du pouvoir. Cf. Arturo Uslar Pietri, Golpe y Estado en Venezuela…, op. cit., p. 89-90.
[9] Tous les militaires ayant participé au coup d’État encourront des peines de prison. Le président d’alors, Carlos Andrés Pérez, s’enfuit ensuite du pays afin d’échapper aux poursuites judicaires pour corruption. Une des premières actions du président suivant, Rafael Caldera, sera la libération des protagonistes du soulèvement du 27 mars 1994.
[10] « Petróleos de Venezuela ». Entreprise nationale de pétrole.
[11] Partis qui, pour la première fois dans l’histoire politique du pays, ne parviennent même pas à atteindre cinq pour cent des voix.
[12] L’équivalent du M.E.D.E.F. en France.
[13] Arturo Uslar Pietri, Golpe y estado en Venezuela..., op. cit., p. 16. Nous traduisons.

jueves, 1 de diciembre de 2005

Venezuela: El síndrome del bipartidismo

Miguel Ángel Pérez Pirela
(Publicado en Revista "Iguana Roja", París, 2005)

Más allá del maniqueísmo con el que suele interpretarse la situación política de Venezuela, se puede encontrar en la misma aspectos muy precisos que hablan de una democracia despierta, participativa. Dicha democracia puede percibirse, primero que todo, a través de la existencia de una heterogeneidad política simbolizada por dos bandos, diferentes entre ellos
[1], que escapan del usual bipartidismo. Dichos bandos, el 15 de agosto del 2004, se enfrentaron en el campo democrático de un referendo, único en su género[2], para decidir si, una vez llegado a la mitad del mandato, el presidente venezolano Hugo Chávez Frías continuaría o no en su cargo.
Las condiciones y el resultado de dicho referendo parecían ser un estímulo electoral para afianzar las bases democráticas. Sobre todo en vista de la cita electoral posterior al mismo. Dos fechas importantes para la democracia venezolana se unían entre ellas para servir de medidor empírico de las verdaderas tendencias políticas del país: el referendo del 15 de agosto y las elecciones regionales del 31 de octubre del 2004.
Más allá de los resultados de estas dos contiendas electorales, eso que nos interesa es mostrar el modo en el que las dos partes políticas, antitéticas entre sí, se prepararon para la última de las citas. Saber lo que “la oposición” y lo que “el chavismo” hizo o dejó de hacer para perder o salir victorioso en las elecciones regionales es acaso más interesante que seguir pensando de forma maniqueísta que el uno perdió y el otro ganó por un somero fraude electoral, o que los unos son fascistas y los otros comunistas.

Aunque no lo parezca, ciertas democracias de Suramérica, como es el caso de Venezuela (por el fervor participativo y por la pluralidad de tendencias políticas) se presentan hoy día como los nuevos paradigmas de la democracia en el planeta. No es así para un puñado de países del “primer mundo”, que quieren prodigar al planeta lecciones de democracia: países donde no existe realmente una derecha y una izquierda (Estados Unidos), donde la máxima autoridad del gobierno posee en sus manos todos los canales televisivos del país (Italia) o, incluso, donde la democracia existente dentro de sus fronteras está fundada en el sostenimiento y la explotación de dictaduras de otros países a través de la venta de armas, el control militar y el neo-colonialismo (Estados Unidos, Inglaterra o Francia).
¿Qué ocurrió entonces entre agosto y octubre del 2004 en ese que hemos llamado uno de los paradigmas democráticos del planeta? Respondiendo a esta pregunta intentaremos mostrar que, de hecho, el reto para el éxito de ese fenómeno político y social que es hoy día Venezuela se encuentra en la gestión de esa (verdadera) pluralidad de tendencias políticas.



***



Después de una controversial recolección de firmas para llevar a cabo un referendo revocatorio contra el presidente electo, la oposición venezolana consigue sus fines y el 15 de agosto del 2004 el pueblo es llamado a revocar al presidente Hugo Chávez.
No se puede dejar de mencionar que si Hugo Chávez fuese revocado, podría presentarse a las elecciones que se celebrarían poco tiempo después. En este caso, difícilmente podría perder, visto que la oposición venezolana, como ya lo mencionamos, está compuesta por partidos heterogéneos entre sí que van desde la extrema izquierda hasta la derecha conservadora. Es difícil pensar que todos aquellos que estarían de acuerdo en revocar a Chávez, estarían a su vez de acuerdo por un candidato único que ocupe su lugar.
La oposición finalmente pudo ir al revocatorio ya que logró conseguir las firmas del 20% del cuerpo de electores, hecho que alimentó una seguridad en sus posibilidades que todos los venezolanos pudieron percibir en ese entonces
En diferentes comunicados la oposición dejó en claro que el único resultado que aceptaría sería aquél que no fuese contra la desición del pueblo venezolano que, para ella, se resumía en la revocatoria del presidente
[3]. El gobierno de los Estados Unidos en diversas declaraciones dio a entender que en relación al referendo venezolano no sería “espectador desinteresado”[4].
El referendo se llevó a cabo y Venezuela demostró que, desde el punto de vista de los electores, la situación no es tan crítica, violenta y desesperada como los medios de comunicación nacionales e internacionales la presentan. Tanto de un lado como del otro, los ciudadanos, invitados por sus organizaciones y partidos políticos, se despertaron a las cuatro, tres, y hasta las dos de la mañana para ir a votar. Ello trajo como consecuencia que a las seis de la mañana, gran parte de la población votante estuviera ya en largas colas para ejercer su derecho democrático.
El ambiente era más bien cálido, de fiesta. El inesperado flujo de votantes hizo que el proceso se retrasara y muchos de los electores tuvieron que esperar hasta la madrugada del día venidero para votar. Ni los chavistas ni los anti-chavistas desistieron en hacer escuchar su voz a través del voto. Estuvieron en esas colas hasta el final.
Una de las condiciones necesarias para que el voto de todos esos ciudadanos fuera válido y se pudiera llevar a cabo en las mejores circunstancias posibles era la presencia de observadores internacionales. Así fue. Acuerdos fueron pactados durante las semanas anteriores al referendo, y ese 15 de agosto estuvo amparado por la presencia de la Organización de Estados Americanos (OEA), el Centro Carter (invitado por la oposición) y un grupo de reconocidas figuras del periodismo y la política internacional. La palabra final estaba en dichos invitados: sus conclusiones positivas o negativas en relación a la votación serían la condición necesaria de la validez del referendo.
Fue una noche larga para los dos bandos. Tanto uno como el otro se daba como vencedor y las encuestas de los días y semanas anteriores que daban como vencedora la confirmación del presidente Chávez en nada determinaban las esperanzas de los votantes opositores
[5]. En política nada está escrito.
Sólo a las tres de la mañana, después de una reunión con los observadores internacionales, los resultados fueron revelados. La oposición había conseguido un número muy grande de votos: alrededor de cuatro millones de votos (3.989.008, es decir el 40.63%) contra el cargo del presidente Chávez. Pero los votos que aceptaban su permanencia en el poder eran más: casi seis millones de votos (5.800.629, es decir el 59.09%). Los opositores eran muchos. Pero aún no la mayoría.
Las condiciones estaban dadas para que las próximas elecciones (regionales) que se celebrarían en el octubre venidero, casi tres meses después, fueran cerradas, y para que cada uno de los campos comenzara una campaña electoral sin precedentes: los chavistas para consolidar su resultado, y los opositores para lograr aprovechar esos cuatro millones de votos, transformándolos en gobernaciones, alcaldías, diputados y concejos legislativos regionales ganados.
Además, ganarles algunos de esos casi seis millones de votos al chavismo, no estaba descartado. Era evidente que durante el referendo esos seis millones se pronunciaron únicamente por un “sí” o un “no”, y que acaso ciertos estarían por la permanencia de Chávez en el poder por razones muy diferentes entre ellas: porque la oposición no presentó un plan de gobierno que les convenciera, porque la oposición en ningún momento propuso a un posible candidato único, porque finalmente la propuesta fundamental de la oposición no era formulada de forma positiva/afirmativa sino más bien negativa/exclusiva, “fuera Chávez”...
Todo ello no quería decir en lo absoluto que algunos de esos seis millones de votos no fueran recuperables. Acaso uno de esos electores podría estar por un gobernador o un alcalde presente en su región y opositor de Chávez. El futuro voto de ese 31 de octubre estaba entonces libre de la amplitud de un voto nacional y de restricciones tan fuertes y dogmáticas como son las de escoger entre un “sí” o un “no”.


***


La oposición cumplió con sus advertencias y, en rueda de prensa, no dudó en decretar el referendo como un “mega-fraude”. De opinión diferente era la OEA, el Centro Carter y el resto de los observadores internacionales presentes en el país.
Cumpliendo con las leyes electorales, la oposición venezolana exigió una auditoría a través de la cual el Consejo Nacional Electoral (CNE) recontaría los votos. La misma fue aceptada. Lo paradójico de la situación fue que, una vez acordada la auditoría, la oposición la negó. Los representantes de la oposición no se presentaron en el lugar y a la hora en los cuales el CNE y los observadores traducían su petición en hechos.


Los ojos de todos estaban fijados en el gobierno de Bush, afín a la oposición y contrario al gobierno de Chávez. Dicho gobierno esperó un cierto tiempo para ver qué ocurría antes de pronunciarse. Nada ocurrió. También ellos aceptaban los resultados y, con estos, tantos otros países
[6]. Contrariamente a lo que había pasado hasta ahora, la comunidad internacional de los países occidentales miraba con ojos democráticos al gobierno de Hugo Chávez Frías[7].
Una gran parte de los dirigentes de la oposición contraria al gobierno de Hugo Chávez dio como un hecho la victoria en el referendo, y así lo dio a conocer a sus seguidores. Según ellos, éste era el único resultado posible, y hoy día para muchos lo sigue siendo. Una vez que los dirigentes de la oposición se enfrentaron a la realidad, el juego democrático pareció no bastarles para concretizar el único fin que, hasta ahora, habían comunicado a los venezolanos: ¡fuera Chávez!
Sin pruebas concretas la oposición continuó gritando fraude, y sus afirmaciones del pasado, contra eso que llamaba la dictadura venezolana, se le derrumbaban encima.
El tiempo estaba pasando y las futuras elecciones regionales se acercaban de más en más: aquellos que habían obtenido algunas semanas antes cuatro millones de votos, continuaban en su posición que se resumía en “nosotros ganamos, nos robaron nuestros votos”.
Una parte de la oposición, consciente de que el tiempo estaba pasando y de que no habían comenzado ninguna suerte de campaña que no fuera la que denunciaba el fraude, decidió separarse de la línea dominante sin perder la cara: “hubo fraude, pero igual vamos a las regionales”
[8]. Comenzaron entonces su campaña política.
El partido de Chávez en el poder y sus allegados políticos habían comenzado la campaña prácticamente el día después del referendo: desde las grandes ciudades hasta los pueblos más perdidos de la costa y los andes se escuchaban las consignas por las gobernaciones o alcaldías chavistas.



Venezuela estaba siendo entonces testigo de una nueva división hasta ahora inédita entre los chavistas, los opositores en campaña y los opositores que continuaban denunciando el presunto fraude. Estos últimos, por no tener propuestas en relación a las venideras elecciones regionales, decidieron tener una: no presentarse a los próximos comicios, es decir, obligar al partido en el gobierno a convertirse en el partido único, como en Cuba. Antes del referendo, este había sido el peligro que la oposición denunciaba nacional e internacionalmente. A partir de ese momento habían decidido hacerse a sí mismos, víctimas de un partido único y una futura dictadura que ellos mismos estaban intentando crear y alimentar.
A dos semanas de los comicios regionales Alfredo Peña, el alcalde metropolitano de Caracas y una de las figuras más emblemáticas de la oposición renuncia a presentarse en las elecciones porque “el gobierno quiere que participemos en las elecciones para que validemos el fraude”
[9]. La renuncia de Alfredo Peña coincide con una caída de sus posibilidades de ganar las elecciones. El diario “Ultimas Noticias” a finales de septiembre sostiene que Alfredo Peña tendría 23% de los potenciales votos contra el 52% de su contrincante, Juan Barreto[10].
Después de esta táctica por parte de un sector de la oposición vale preguntarnos ¿qué fue de esos cuatro millones de electores de tres meses antes de las elecciones regionales? Nada nos hace pensar que pocos días antes de dichas elecciones no sean menos.
Muchos de ellos no irán a votar porque, para ellos, la credibilidad en el sistema electoral está por el suelo, y ello gracias al mensaje que escucharon durante más de dos meses cuyo único contenido era el inminente “mega fraude”. Otros de esos electores que, en otrora, fueron cuatro millones estarán simplemente divididos y la adición de sus votos no será seguramente fiel al resultado de la oposición durante el referendo del 15 de agosto. Además, está el hecho que los comicios regionales siempre han atraído menos electores que los presidenciales.
Teniendo en cuenta que para el 31 de octubre los votos opositores serán mucho menos y, sobre todo, que sus dirigentes están más que conscientes de ello, esta nueva táctica de no presentarse a las elecciones resulta más un medio para salvar lo insalvable que una real propuesta política. El no presentarse es a la vez un paleativo contra la derrota del referendo y un acto de orgullo al darse ellos cuenta que no se hizo lo que se debió hacer con esos cuasi cuatro millones de electores.


Las campanas sonaron más tarde que temprano para la oposición y la actitud antidemocrática inaugurada por el alcalde de Caracas, Alfredo Peña, fue negada por gran parte de sus filas. Las reacciones comenzaron. Los diputados de la oposición agrupados en el Bloque de Autonomía Parlamentaria de la Asamblea Nacional, integrado por representantes del MAS, Proyecto Venezuela y OFM, hicieron un llamado a ejercer el derecho al voto
[11]. Entre otros, también Manuel Rosales, uno de los pocos gobernadores opositores que saldrían triunfadores en las elecciones del 31 de octubre, no dudó en invitar a todos los venezolanos a votar. Según éste “sería un gran error” no participar en las elecciones[12].
Aunque con retraso, la campaña de una gran parte de la oposición comenzó. Durante los días previos a las elecciones sus miembros improvizaron demisiones y cambios de candidatura para tratar de crear bloques de unión contra los contrincantes chavistas. Pocos días antes de las regionales una pregunta surgía casi espontáneamente: ¿lo lograrán? Y de no ser así, ¿qué pensar de una nueva denuncia de fraude regional o nacional una vez finalizados los comicios?
Pero ¿quiénes son al fin y al cabo aquellos que, por parte de la oposición, desean participar en las regionales y quiénes no? La respuesta puede ser buscada en la democracia misma y a través de otra pregunta: ¿cuál es la parte de la oposición que ha sido elegida y que ocupa cargos representativos? El gobernador del Estado Zulia y su partido, Un nuevo tiempo, es uno de ellos, también algunos elegidos de Acción Democrática (AD), el primer partido de la oposición. Partidos como estos quieren ir a elecciones porque, para ellos, lo contrario le costaría representantes electos en varias partes del país. La gran mayoría de los opositores que no quieren ir a elecciones, nunca o casi nunca han sido elegidos o, al menos, no en las mismas proporciones que los primeros. Ellos simplemente no tienen nada que perder. La democracia no está a su favor.
Los comicios se celebraron con toda tranquilidad aunque gran parte de la oposición ya se sabía perdedora desde días antes
[13].
La abstención en las regionales ganó terreno en comparación con la abstención registrada durante el referendo. Pero, a pesar de ello, ésta se mantuvo estable en relación con las cifras de los comicios regionales del pasado: el total nacional fue de 54,27%
[14].

De todas maneras el fenómeno de la abstención del pasado 31 de octubre y su incremento en relación con el referendo es comprensible a partir de dos motivos fundamentales. El primero, que ya habíamos mencionado, está relacionado con la naturaleza misma de las elecciones regionales las cuales parecen no atraer mucho a los venezolanos. Pero existe otra razón mucho más grave y peligrosa cuyas causas y consecuencias deberían ser analizadas de una manera mucho más exhaustiva en un espacio y tiempo diferente al de este breve artículo. Nos referimos al mensaje político de una parte de la oposición que no se cansó de invitar a los venezolanos a no votar, contradiciendo de esta manera a la democracia, el sistema hasta ahora más plausible que nos proporciona la sociedad para ponernos de acuerdo. ¿Hasta qué punto la abstención del pasado 31 de octubre fue propiciada por entes políticos perteneciente a la oposición?
Claro está, la responsabilidad de la abstención no puede ser limitada a la actuación de la oposición. Existe otro elemento capital que tiene que ver con el chavismo como fenómeno político de masas. Dicho elemento puede ser simbolizado en una pregunta: ¿El chavismo se resume en Chávez? Las cifras de abstención también nos muestran que no todos aquellos que siguen a Chávez en el plano nacional están, a su vez, dispuestos a seguir a un gobernador o alcalde de su mismo partido político en el plano regional. Como lo muestra un diario venezolano cercano de la oposición: “Se quedaron en casa 3.220.388 que votaron no”, es decir votantes que durante el referendo optaron porque Chávez continuara en el poder
[15].
De todas maneras los resultados saltan a la vista y dan razón al modo en el cual los opositores y los chavistas prepararon la cita electoral del 31 de octubre del 2004. Ganó la fracción política que dedicó más tiempo en convencer a los electores de ir votar, y de hacerlo por ellos: “El avasallador triunfo que logró la coalisión del presidente Hugo Chávez en las elecciones regionales convirtió al ‘chavismo’ en la mayor fuerza política del país con dominio sobre el ejecutivo, el congreso y las gobernaturas, incluyendo la capital”
[16]. De los 23 Estados que componen el país, la coalición de Hugo Chávez logró ganar 21. Hoy día la coalición opositora controla sólo dos estados y en la Asamblea Nacional posee únicamente el 45%[17].

A la luz de las páginas anteriores podemos entender entonces este resultado. Como lo afirmamos al inicio, saber lo que “la oposición” y lo que “el chavismo” hizo o dejó de hacer para perder o salir victorioso en las elecciones regionales nos hace, sin duda alguna, interpretar de manera más seria y respetuosa (con relación a los electores) los resultados de dichas elecciones venezolanas. El maniqueísmo queda injustificado.
Es de notar que los resultados de las regionales del 2004 en Venezuela, desde el punto de vista cuantitativo, es casi idéntico a aquél que Francia obtuvo en las elecciones regionales del mismo año donde “la izquierda ganó 20 de las 22 regiones metropolitanas... y donde con más del 50% de los votos, el partido socialista y sus aliados superaron a la derecha y su 37% de votos”
[18].
Pero se debe recalcar que las razones de este enorme triunfo de la izquierda francesa en nada asemejan a las razones del triunfo de la coalición dirigida por Hugo Chávez.
El voto mayoritario que durante ese 28 de marzo del 2004 los electores franceses ofrecieron a la izquierda de su país fue un “voto de protesta” contra el gobierno de Jacques Chirac, electo presidente por la segunda vez el 5 de mayo del 2002: las medidas sociales que el presidente francés estaba poniendo en práctica desde hacía años, no eran aceptadas por la mayoría de los electores. Por el contrario, en Venezuela el triunfo de Hugo Chávez Frías puede ser catalogado como un “voto de re-confirmación”, tras su elección como presidente de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 y su confirmación en el cargo a través del referendo del 15 de agosto del 2004.
Una conclusión apresurada, que muchos han extraído de esta importante derrota de la oposición venezolana, es que hoy el país no posee una verdadera oposición democrática contra Hugo Chávez y su coalición. La conclusión hubiera podido ser acertada si el 31 de octubre no hubiera sido precedido por el referendo del 15 de agosto: hasta la primera de las fechas la oposición había demostrado ser fuerte gracias a los 4 millones de votos que obtuvo. Los resultados de estos dos comicios nos hablan más bien de una oposición que no supo hacer su trabajo, que no convenció al electorado y que, incluso, lo alejó.
¿Dónde encontrar entonces los elementos para una interpretación plausible de una oposición venezolana que hoy día aleja a sus seguidores, que parece no estar preparada para ocupar el lugar que le corresponde y para ejercer su responsabilidad de contraposición del poder?
La respuesta a esta pregunta no puede ser dada sin una aclaratoria puntual sobre la historia democrática venezolana la cual desde su inicio, con la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958, ha experimentado una oposición política más bien ambigüa. La raíz de este hecho se encuentra en el célebre Pacto de Punto Fijo que, como el mismo lo estipula, fue “un acuerdo de unidad y cooperación” entre Acción Democrática (AD), Copei y Unión República Democrática. En realidad este pacto fue la fundación, a partir del 31 de octubre de 1958, de un bipartidismo fundado en la alternancia del poder y encabezado por los dos primeros partidos citados, y que duraría hasta 1998, año en el que, por primera vez, gana un partido alternativo (el MVR de Hugo Chávez). Antes de esta fecha no podemos hablar de verdadera oposición política en Venezuela.
Hoy día la oposición, contraria al MVR y a su coalición, está demostrando ser, todavía, víctima del Pacto de Punto Fijo: ella no parece tener armas para arrastrar a las masas, para hablarle al pueblo, para convencerlo de sus fines políticos. Y, no está de más decirlo: esta es la responsabilidad que tienen los partidos políticos en el juego democrático. (Lo contrario sería la utilización de métodos anti-democráticos para la obtención del poder).
Cabe entonces preguntarnos ¿no será acaso víctima la oposición venezolana de, eso que hemos querido llamar, “el síndrome del bipartidismo”? Es decir, el síndrome de ciertos partidos y estructuras políticas que, por no estar acostumbradas a perder (realmente) las elecciones y el poder en el pasado, no saben hablarle a sus electores en el presente.
Tomar en cuenta dicho síndrome como clave de lectura del “impasse venezolano” podría acaso hacernos pensar desde otra óptica sus características fundamentales: una óptica, a la vez, menos maniqueísta, y menos centrada en la figura de Hugo Chávez Frías. El reto democrático que debe enfrentar hoy día Venezuela para terminar de constituirse como paradigma de una verdadera democracia está en la creación de una sociedad fundada en una real confrontación política de sus partes.
No se debe olvidar que la condición necesaria del sistema democrático es la existencia de una oposición sana y viva. Y, al fin y al cabo, no hay que dejar de ser realistas pidiendo demasiado a Hugo Chávez: jamás ha sido el trabajo democrático de ningún gobierno el de crear y organizar a su propia oposición.

[1] Dichos bandos están conformados por aquellos que apoyan el proceso de fuertes reformas sociales dirigidas por el presidente Hugo Chávez, representado fundamentalmente por el partido MVR y su coalición (“los chavistas”); y por sus contrincantes (“los opositores”), constituídos por los partidos tradicionales de los cuarenta años anteriores (AD y COPEI) y por una unión inusual de otros partidos que van desde la extrema izquierda (Bandera roja) hasta la derecha conservadora (Primero justicia). La oposición venezolana está formada por una colación cuyo nombre es la Coordinadora Democrática (CD).

[2] Por primera vez en la historia de la democracia se le permite a los votantes revocar el mandato de sus representantes electos una vez transcurrida la mitad de su mandato. Según el artículo 72 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela del 1999 « todos los cargos y magistraturas de la elección popular son revocables. Transcurrida la mitad del período para el cual fue elegido el funcionario o funcionaria, un número no menor del veinte por ciento de los electores o electoras inscritos en la correspondiente circunscripción podrá solicitar la convocatoria de un referendo para revocar su mandato. Cuando igual o mayor número de electores o electoras que eligieron al funcionario o funcionaria hubieren votado a favor de la revocatoria, siempre que haya concurrido al referendo un número de electores y electoras igual o superior al veinticinco por ciento de los electores y electoras inscritos, se considerará revocado su mandato y se procederá de inmediato a cubrir la falta absoluta conforme a lo dispuesto en esta constitución y la ley ».
[3] “Oposición desconocerá resultados del referendo alegando fraude”. “Temas Venezuela”, 25 de junio del 2004.
http://www.temas.com.ve/modules.php?name=News&file=article&sid=1017

[4] « Postura de EE.UU. por referendo en Venezuela altera relaciones”: “La declaración del subsecretario de Estado
Roger Noriega de que Estados Unidos no será indiferente al referendo sobre el recorte del mandato del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, alteró nuevamente las relaciones entre ambos países”. “Moun.com”, 9 de septiembre del 2003. http://www.moun.com/Articles/sep2003/9-9-9.htm

[5] “Cómo explicar el triunfo de Chávez en el revocatorio presidencial”: “El oficialismo, apuntalado por los porcentajes, exaltó afanosamente las encuestas durante el lapso electoral. La oposición, contrariamente, desmereció sus resultados, y a partir del supuesto voto oculto, difícilmente detectable por las encuestas, cuestionó la capacidad reveladora de las mediciones que antes aplaudió”. “El Universal”, 29 de agosto del 2004. http://www.eluniversal.com/2004/08/29/pol_art_29184A.shtml
[6] “Estados Unidos admitió la victoria del presidente Hugo Chávez en el referendo del pasado domingo”. “BBC”, 17
de agosto del 2004. http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/latin_america/newsid_3574000/3574600.stm

[7] “MINCI”, http://www.minci.gov.ve/reportajes.asp?id=76

[8] “La oposición venezolana acude dividida a las elecciones regionales”: “La oposición venezolana acude dividida, sin
proyecto común ni dirigentes de talla, a las elecciones regionales del próximo día 31, que según los sondeos van a
otorgar más poder al presidente Hugo Chávez”. “La Vanguardia”, 18 de octubre del 2004.
http://www.lavanguardia.es/res/20041018/51166453499.html?urlback=http%3A%2F%2Fwww%2Elavanguardia%
2Ees%2Fweb%2F20041018%2F51166453499%2Ehtml

[9] “Radio Nacional de Venezuela” (RNV), 16 de octubre del 2004.
http://www.rnv.gov.ve/noticias/?act=ST&f=2&t=9370

[10] “Radio Nacional de Venezuela” (RNV) 27 de septiembre del 2004.
http://www.rnv.gov.ve/noticias/index.php?act=ST&f=2&t=8863

[11] “Radio nacional de Venezuela” (RNV), 16 de octubre del 2004.
http://www.rnv.gov.ve/noticias/index.php?act=ST&f=10&t=9626

[12] “El Universal”, 26 de octubre del 2004. http://www.eud.com/2004/10/26/ereg_ava_26A501939.shtml

[13] “‘Este es un gol cantado. La oposición dividida va a reducir sus espacios. El gobierno acude en bloque a la elección’, afirma Heydra,
diputado por el único estado, Nueva Esparta, en el cual las proyecciones señalan que la oposición sustituirá a una
administración chavista”. Claudia Jardín, “Red Voltaire”, 29 de octubre del 2004.
http://www.redvoltaire.net/article2591.html

[14] “Se mantuvo cifra histórica de abstención en comicios regionales del 31 de octubre”. “Consejo Nacional
Electoral” (CNE), 8 de noviembre del 2004. http://www.cne.gov.ve/notideta.asp?id=474

[15] “El Universal”, 8 de noviembre del 2004. http://politica.eluniversal.com/2004/11/08/pol_art_08182A.shtml

[16] “AGM News”, 2 de noviembre del 2004. http://www.agmnews.com/noticias/main.cfm?notc=35722

[17] “El Universal”, 8 de noviembre del 2004. http://www.eluniversal.com/2004/11/08/pol_art_08182A.shtml

[18] “Liberation”, 2 de abril del 2004. en “INFOGRAPHIE ANIMEE. Tous les résultats, les 1722 élus des 22 régions
métropolitaines”. http://www.liberation.fr/page.php?Rubrique=REGIONALES Traducción nuestra.