domingo, 1 de junio de 2008

La Filosofía Política del separatismo en Latinoamérica

De Thomas Hobbes a Evo Morales

The Political Philosophy of separatism in Latin America
From Thomas Hobbes to Evo Morales
Miguel Ángel Pérez Pirela
[1]
(Publicado en la Revista "Ensayo y Error", Universidad Simón Rodriguez)

Resumen

A través de un método teórico comparativo entre el “estado de naturaleza” que Hobbes plantea en su libro “Leviatán” (1651), y la propuesta libertarista de Robert Nozick (1974) en su obra “Anarquía, Estado y Utopía”, el artículo plantea dos concepciones filosófico-políticas que se contrastan hoy día en la realidad latinoamericana. Por una parte un estado de naturaleza en el cual la libertad de cada individuo es dogmatizada (libertarismo o neoliberalismo); por otra, una institución social en la cual la lógica del yo deja paso a la lógica del nosotros. El resultado será entonces la tensión entre dos estructuras antagónicas (el Libre Mercado versus el Estado Social), que se manifiesta en tentativas por fragmentar Estados Latinoamericanos, en nombre de una libertad de las partes que se quiere imponer al bienestar del todo.

Palabras clave: Estado, neoliberalismo, fragmentación, Bolivia.



Abstract

Through a comparative theoretical method between the state of nature Hobbes states in his book “Leviatán” (1651) and Nozick’s libertarian proposal in his work “Anarchy, State and Utopia” (1974), this article states two philosophical-political conceptions which are nowadays contrasted into the Latin American reality. On the one hand, a nature state where every individual’s freedom is “dogmatized” (libertarianism or neoliberalism); on the other hand, a social institution in which the logic of self gives a way to the logic of us. The result will then be tension between two antagonistic structures (the Free Market versus the Social State), evidenced by attempts of fragmenting Latin American States on behalf of a freedom of the parties that want to impose on the welfare of all.

Keywords: State, neoliberalism, fragmentation, Bolivia.

1.- El Estado: lugar del nosotros

Para entender la complejidad de la situación boliviana es necesario adentrarnos en la obra “Leviatán” que Thomas Hobbes escribió en 1651
[2], y que funge como fundamento de lo que hoy conocemos como Estado moderno. Los movimientos secesionistas que hoy se manifiestan en países como Bolivia[3] no buscan otra cosa que desestabilizar los estamentos de ese fenómeno colectivo llamado Estado. Dichos movimientos responden a una lógica neoliberal cuyos fundamentos filosófico-políticos están bien afianzados en el pensamiento contemporáneo: si hay algo que se opone a la lógica y existencia misma del Estado es precisamente la lógica y existencia del Libre Mercado[4]. Está de más decir que el Libre Mercado presupone una dimensión privada, mientras que el Estado se fundamenta en lo social. Se trata entonces de una confrontación filosófica y a la vez política entre el yo y el nosotros.
¿Por qué nace el Estado? Según la ficción que Hobbes construye en su libro Leviatán, el Estado nace de una situación inicial que el autor llama estado de naturaleza. En dicho estado cada individuo es completamente soberano. Nótese que la soberanía tiene raíces, no sólo en el Estado como suele utilizarse hoy día, sino más bien en los individuos. Pero ¿qué quiere decir que cada individuo es soberano? Antes que todo, que cada individuo es absolutamente libre de hacer todo lo que crea necesario para garantizar de la mejor forma posible su sobrevivencia y los placeres que la misma contempla. En otras palabras, posee un estatuto de individualidad absoluta que no es otra cosa que el tan trillado y a la vez indefinido individualismo.
De todo ello surge una difícil situación en lo que respecta a la coexistencia de cada individualidad. El hecho de que cada individuo sea absolutamente libre presupone una situación de guerra anunciada. De allí la célebre frase hobbesiana homo homini lupus: el hombre es lobo del hombre. No es difícil concluir que existe una imposibilidad en relación a la existencia de una vida colectiva basada en la absolutización de las libertades individuales. Tampoco lo es realizar un paralelismo en lo que puede ser el estado natural de Hobbes y sus individualismos, y la propuesta de mercado neoliberal que hoy día avanzan las corrientes derechistas transnacionales, en las cuales los individualismos buscan avasallar las lógicas de organización social.
No cabe duda que una situación en la cual cada individuo sea absolutamente libre y absolutamente soberano no puede durar en el tiempo sin un conflicto inminente, caracterizado por una violencia desproporcionada: expresa el mismo Hobbes que “en una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y leve”
[5].
Es por ello que Hobbes, en el Leviatán, no tarda en plantear la imposibilidad de ese estado natural y la necesidad de crear un estado (cultural). Son los mismos individuos, de frente a las contradicciones de una libertad individual elevada al rango de dogma, quienes pactan un contrato que les permita superar el impasse de dicha situación inicial. Es precisamente en ese momento que nace como tal, eso que hoy día se conoce como Estado. Los individuos donan parte de su libertad al Leviatán o Estado y en cambio reciben esa seguridad (social) que les permite vivir en común.
He aquí un primer elemento distintivo que nos permite colocar, de una parte, una lógica individualista muy parecida al Mercado neoliberal, en el cual prevalece la guerra de todos contra todos, donde ganará el más fuerte; y por otra, la lógica social amparada en un Estado cuya premisa fundacional es la convivencia en un espacio común de todos quienes lo habitan.
Hobbes nos propone entonces la relativización de un yo supremo en vista de la institución contractual de un nosotros. ¿No es acaso esta lógica la que se intenta menoscabar a través de las propuestas de fragmentación de los Estados existentes, por parte de lógicas individualistas? ¿No es posible ver en los movimientos separatistas a los que nos confrontamos hoy día la instauración de una lógica individual o privada, opuesta a una lógica social cuyo instrumento principal es el Estado? Responder estas preguntas quiere decir buscar en los orígenes de la filosofía moderna los elementos conceptuales necesarios para comprender los fundamentos del neoliberalismo contemporáneo y sus lógicas separatistas.
El Estado nace entonces con características bien específicas, que definen su estabilidad en el tiempo y la posibilidad de aplicar sus lógicas sociales. Una primera característica importante es precisamente la que se plantea a través de la más que conocida violencia legítima weberiana
[6]. Se trata de una violencia que le es extraída a cada individuo para ser monopolizada por un Estado que la utilizará para garantizar la convivencia de las partes. De este modo, la violencia es manejada, a través del contrato social, no por cada uno sino, más bien, por todos. Ya no será la parte la que de forma unilateral decidirá el todo, sino más bien será el todo quien a partir de una lógica de conjunto decidirá la lógica de las partes. No es difícil aplicar dichos fundamentos filosófico-políticos a lógicas fragmentarias o lógicas de partes, como lo son las Provincias de Santa cruz, Beni, Pando y Tarija, con relación a la lógica del todo de la República de Bolivia.
Pero hay otras características que definen al Estado así como lo concebimos hoy día: para que el Estado pueda existir, funcionar, y conservarse en el tiempo es necesario que el mismo instaure, a partir de una violencia legalizada y monopolizada, un ejército nacional; también es necesario el establecimiento y respeto de fronteras nacionales definidas y resguardadas; además debe existir una cabeza visible que en todo caso se refleja a través de un gobierno, sea cual sea su naturaleza. La mezcla de todos estos elementos es nada más y nada menos que la llamada Soberanía Nacional del Estado. ¿No es acaso contra estas características de un Estado Soberano que se está armando el movimiento separatista boliviano?
No se puede interpretar de otro modo el “referéndum” que se dio en Santa Cruz-Bolivia el 04 de mayo de 2008, sino como una relativización y como un enfrentamiento directo contra la unidad y la concordia militar boliviana, la estabilidad y conservación de sus fronteras, y más aun, el respeto de un gobierno democráticamente elegido por las mayorías bolivianas y representados por el presidente: Evo Morales.
Pero hay otro elemento de una importancia radical que caracteriza la existencia del Estado y que muchas veces es dejado de un lado, y en otros casos, manipulado para el servicio de las partes contra las posibilidades y la dignidad del todo. Hablamos aquí de la identidad nacional como el elemento fundante, estructurante y la condición misma de posibilidad del Estado-Nación. La milicia, las fronteras y los gobernantes no serían absolutamente nada sin el rol fundacional y a la vez simbólico de la identidad nacional. Es precisamente ésta la que une los trozos dispersos de una región, o incluso de individualidades, bajo el manto simbólico de un nosotros idéntico a sí mismo. La identidad es el elemento definitorio de los individuos que habitan las fronteras de un Estado. La identidad define el nosotros, no solamente en cuanto un nosotros idéntico a sí mismo, sino también a un nosotros diverso de los otros. La identidad del Estado boliviano es por ello el punto focal con el cual juegan y manipulan las lógicas individualistas de matriz neoliberal.
Es así como, coartando las características del Estado-Nación, como por ejemplo los límites y fronteras, las lógicas secesionistas de las oligarquías bolivianas realizan distinciones entre tierras altas y tierras bajas, con el fin de sustraer de allí identidades fraccionadas a través de las cuales separan los Quechuas y Aymaras de las montañas, de los Guaranís y Blancos de las llanuras con el fin de crear, no más un nuevo Estado ni una nueva República, sino lo que es aun más grave, una improvisada “Nación Camba”
[7].
El elemento identitario parece entonces tomar un lugar predominante en la lógica separatista contra el Estado boliviano, cuando en realidad no es más que una vil excusa para esconder y maquillar la lógica de Libre Mercado individualista. En la llamada “Nación Camba” y las provincias que se proponen como separatistas se encuentran no sólo los latifundios de las tierras más fértiles de Bolivia, sino también el 44% del PIB boliviano, y lo que es aún más relevante, las mayores reservas de hidrocarburos del país, que son el segundo yacimiento de gas en el hemisferio con 49.7 trillones de pies cúbicos, calculado en 150.000 millardos de dólares. He aquí la verdadera identidad de la “Nación Camba”.

2.- El libre Mercado: El lugar del yo

Pero resultaría demagógico, e incluso populista, plantear una antítesis entre el rol neoliberal del Libre Mercado y el rol social del Estado, sin antes definir los elementos filosóficos y políticos del neoliberalismo y su instrumento predilecto, el Mercado. Para realizar dicha tarea se debe tomar en consideración, antes que todo, las reflexiones de uno de los más importantes teóricos contemporáneos de la filosofía neoliberal. Robert Nozick en su libro: Anarquía, Estado y Utopía
[8], define sin lugar a dudas uno de los elementos más importantes de eso que él llama el “libertarismo”, que no es más que la elevación al cuadrado del liberalismo, el cual es convertido de este modo en neoliberalismo. El neoliberalismo posee como elemento fundamental la dogmatización de los derechos individuales, hurtando la existencia misma de los derechos sociales: “el fin que se busca proteger es el de un tipo de respeto que va en la dirección del individuo entendido como uno y separado de los otros… El cada uno que debe ser respetado, según Nozick, va más bien en la dirección de una separación neta entre cada individuo. La incursión de una mano, que no sea la del individuo, en su esfera individual, significaría una intromisión irrespetuosa que ningún argumento igualitario puede justificar”[9].
Resulta claro que del derecho individual que plantea Nozick surge la relativización ipso facto de un Estado con las características antes planteadas. Según la lógica neoliberal toda incursión del Estado en la esfera individual es vista como una violación de los dogmáticos y exclusivos derechos individualistas antes planteados que, en muchos casos, se esconden detrás de angelicales derechos universales conjugados para el uso exclusivo de pocos.
Como podemos ver este tipo de filosofía y lógica individualista plantea un individualismo separatista que, en un primer momento, separa a los individuos entre sí, como era el caso del estado natural de Hobbes, pero que no tarda en separar también al Estado en fragmentos, como es el caso de las provincias bolivianas de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija. ¿Qué surge entonces de esta filosofía política neoliberal?
De la premisa de los derechos individuales exclusivos y dogmáticos de la teoría neoliberal aparece la llamada teoría del Estado “ultra mínimo”. Dicho Estado “ultra mínimo” se funda en “asociaciones protectoras privadas” del cual surge, a su vez, el Estado “mínimo”. ¿Pero qué es entonces este Estado “mínimo” neoliberal?
La respuesta es por lo demás simple: el Estado reducido que propone el neoliberalismo no es otra cosa que un ente que dona “servicios de protección”. Servicios cuya principal responsabilidad y vocación es la de proteger a aquellos individuos que, en el estado natural de guerra economisista neoliberal, lograron acaparar el mayor capital en ganancias, dejando en una situación precaria a la mayoría de los individuos. ¿No es acaso esto lo que piden las Provincias separatistas bolivianas?
Si bien es cierto que es precisamente este tipo de protección lo que exigen las Provincias de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, también lo es que, el gobierno de Evo Morales, en principio, no estaría dispuesto a reducir el Estado que dirige a un servicio de protección brindado a las oligarquías bolivianas con el fin de defender sus ventajas económicas de las mayorías históricamente explotadas y excluidas.
He aquí el epicentro de la crisis boliviana: en ella se encuentran confrontadas dos visiones filosófico-políticas incompatibles entre sí. Por una parte, una lógica neoliberal amparada en los derechos individualistas y exclusivos para los más aventajados del Libre Mercado, salvaguardados por un Estado “mínimo”. Por otra, la de una lógica colectivista fundada en un Estado Social, estructurado a partir de sólidas bases militares, limítrofes, gubernamentales e identitarias.
De hecho, todo ello contradice las posturas libertaristas de Nozick, quien plantea su “Estado mínimo” a partir de “relaciones privadas espontáneas” de las cuales surgen “agencias de protección privadas” que, a su vez, estarían organizadas por una “mano invisible” que se convierten, sin más, en un residuo de Estado o Estado “mínimo”.
¿Qué propone entonces el neoliberalismo como sustituto institucional del Estado que menoscaba? Robert Nozick plantea el Libre Mercado como “la única institución económica coherente con la tutela de la igual libertad negativa para los individuos”
[10]. En otras palabras, en lugar del Estado surge la figura del Mercado como institución alternativa de convivencia entre los seres humanos. Pero al analizar en detalle los sistemas políticos contemporáneos nos damos cuenta que existe una evidente contradicción entre el Estado “mínimo” que propone el neoliberalismo y la aplicación de dicha ideología en los países que la proponen y la defienden.

3.- El Liberalismo Paternalista:

Si observamos con atención países, como los Estados Unidos de América o algunos de la Europa Occidental, no tardamos en percatarnos que los mismos aplican eso que en otro momento hemos llamado el “liberalismo paternalista”
[11]. Se trata de un liberalismo que, contrariamente a lo que profesa, se funda en un Estado fuerte que se ve reflejado en: defensa a ultranza de sus fronteras contra la inmigración extranjera, importante intervención policial, leyes fuertemente punitivas, musculosos planes estratégicos en seguridad y defensa de la Nación, compra y producción de armas de guerra, subvención estatal de rubros estratégicos de su economía, fuerte identidad nacional, entre otras muchas características.
No obstante lo antes dicho, estos países fuera de sus fronteras, promulgan la aplicación de políticas neoliberales que coartan la estructura misma de los Estados que la acatan. En este sentido, es justo preguntarse hasta qué punto dichos países occidentales estarían dispuestos a colocar en la mesa la posibilidad de un referéndum separatista como el celebrado en Bolivia el 04 de mayo de 2008, para colocar a sus ciudadanos delante de la posibilidad de una separación de facto del Estado. Imaginemos por un momento someter a las poblaciones afrodescendientes de New Orleans a un referéndum consultivo como el planteado en la llamada “media luna” boliviana; o pensemos por un instante en preguntarles a los descendientes magrebinos en Francia sobre la posibilidad de separarse de la Republique, o a fin de cuentas, planteemos a la Monarquía española la posibilidad de escuchar las reivindicaciones de la ETA a través de una consulta refrendaría.
Las lógicas individualistas planteadas en el estado de naturaleza hobbesiano en el siglo XVII, y reafirmadas por la filosofía política libertarista o neoliberal de autores como Robert Nozick, se presentan como insostenible en el plano de la realidad social. En esta última, la composibilidad de las individualidades se hace necesaria y, en una situación en la cual cada uno es absolutamente libre de una libertad dogmática, la guerra de todos contra todos (homo homini lupus) es un resultado inminente.
De allí la necesidad de establecer instituciones reguladoras, tales como el Estado, que no sólo deberán dar estructura social a las acciones de individuos libres, sino también a otras instituciones humanas como el (libre) Mercado que, dejado a su propia lógica, terminaría por reproducir un estado natural hobbesiano en el cual nadie aseguraría la sobrevivencia y seguridad de nadie.
No es entonces sorprendente percatarnos cómo los países occidentales anteriormente citados, mantienen dentro de sus fronteras estructuras estables y fuertes que garantizan su sobrevivencia en el tiempo, en tanto que Estado-Nación. Lo que sí resulta paradójico es que dichas potencias económicas traten de influir en el desmembramiento de Estados-Naciones como el boliviano, aupando lógicas individualistas y fragmentarias a través de las cuales seguramente dichos Estados se quedarían desarmados a la hora de afrontar convenientemente los retos del siglo XXI que apenas comienza.

[1] Dir. del Centro de Investigaciones Teóricas (CENIT) del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), Jefe de la Unidad de Ciencia Política, Caracas, Venezuela.
Post-doctor en Filosofía Política por la Sorbona, Paris 1, Francia; Dr. en Filosofía Política por la Pontificia Università Gregoriana de Roma, Italia.
[2] Hobbes T. (1980). Leviatán, México: FCE.
[3] Encontramos por ejemplo, el caso de Nicaragua con los Misquitos, cuando se utilizó el tema de las autonomías indígenas para desestabilizar un proyecto revolucionario; además encontramos casos como el Zulia en Venezuela y Guayaquil en Ecuador.
[4] A pesar de esto, téngase en cuenta que De Souza ha planteado el maridaje entre ambos cuando expresa que: “El Estado fue la arena política donde el capitalismo trató de realizar todas sus potencialidades mediante el reconocimiento de los límites de aquél”. De Souza B., A Reinvençao Solidária e Participativa do Estado, en Seminario Internacional Sociedade e a Reforma do Estado, São Paulo, 1998. Disponible en: http://www.mp.gov.br/arquivos_down/seges/publicacoes/reforma/seminario/Boaventura.PDF (traducción nuestra).
[5] Hobbes T. (1980). ob. cit., p. 103.
[6] Weber Max en “La política como vocación” menciona que: “Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el territorio es el elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima. Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia.”. Weber Max en “La política como vocación” En “El Político y el Científico”, Madrid, Alianza editorial.
[7] Quienes proponen la creación de la “Nación Camba” afirman que: “Hoy el término “camba” tiene algunos significados que varían según el contexto y según quién lo pronuncie o emita. Al interior de las tierras bajas de Bolivia (principalmente Santa Cruz, Beni y Pando) se usa hoy aquel término, en unos casos, para discriminar al originario; en otros, para identificarse con una geografía de clima tropical y, en otros, para diferenciarse de los bolivianos de las tierras altas (valles y altiplano)”. Disponible en http://www.nacioncamba.net
[8] Nozick, R. (1974). Anarchy, State and Utopia, New York: Basic Books; trad. Castellana (1991). Anarquía, Estado y Utopía, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
[9] Pérez Pirela, Miguel A. (2003). Perfil de la discusión filosófica política contemporánea, Roma: Pontificia Università Gregoriana, p. 143-144.
[10] Veca, S. (1998). La Filosofia Politica, Roma-Bari: Laterza, p. 79.
[11] Pérez Pirela, Miguel A. (2003). ob. cit., p. 168.

jueves, 17 de abril de 2008

Los dos Partidos Únicos

Miguel Á. Pérez Pirela*

Si existe algo que se ha criticado en Venezuela en el último decenio es precisamente el bipartidismo. Pero hay que aclarar que éste, en Venezuela, no tiene absolutamente nada que ver con la inexistencia de otros partidos de menor peso electoral. Si algo nos enseñó la IV República fue precisamente que el bipartidismo consiste en la existencia de dos grandes partidos políticos cuya magnitud es tan importante que logra neutralizar a los partidos más pequeños sin, por ello, anularlos.
Seamos entonces sinceros y, a la vez, lúcidos: el temor a un partido único debería ser inmediatamente cambiado por el miedo a dos partidos únicos.
Cuando observamos los avatares de la política venezolana actual nos percatamos que estamos en vísperas de un inminente neo-bipartidismo quintorepublicano, y ello se refleja en diferentes señales políticas.
Primero que todo hemos notado en el seno de la oposición un desmembramiento en el partido Primero Justicia, el cual ha visto alguno de sus cuadros fundamentales pasar al partido Un Nuevo Tiempo. No cabe duda que este último partido ha instaurado una lógica de unión de fuerzas muy parecida al que, por su parte, realiza el chavismo al fundar un partido unido. Claro está, con menos ruido, pues en ningún momento se le ha acusado a UNT de crear un partido “único”.
Como es sabido, esta última acusación ha sido hecha más bien contra el PSUV. Dicha acusación ha querido jugar con la ambigüedad entre partido “único” y partido “unido”. Pero al ver más de cerca sus movimientos y desdramatizar sus iniciativas nos damos cuenta que se trata simplemente de la consagración de una fuerza de unidad parecida – “en términos politológicos” – a la que, por su parte, realiza UNT.
El resultado parece ser por ello la existencia en el chavismo de un gran partido quien protegerá, y a la vez neutralizará, a los partidos de menor envergadura como el PCV y el PPT. De hecho, se debe recordar que dichos partidos, al momento del lanzamiento del PSUV, tuvieron que resistir políticamente para no ser tragados por el nuevo partido cuya inminencia era avasallante.
La misma suerte y resistencia vale para partidos como PJ el cual delante de la nacionalización de una partido regional como lo es UNT tuvo que unir fuerzas y resistir al quiebre interno que se fraguó desde la lógica del UNT quien, de hecho, se quiere “el” partido de la oposición.
Lo cierto es que la geografía del poder, en lo que a partidos se refiere, se encuentra en estos momentos en una importante r-evolución silenciosa cuyos resultados son a penas perceptibles, y que tiende lenta pero inminentemente hacia un bipartidismo.
Otro elemento que hay que adicionar al mapa político son los resultados del 2D el cual fue importante para la reformulación del poder partidista en Venezuela. El positivo resultado electoral para la oposición venezolana no fue leído entonces como un resultado partidista aunque, de facto, lo fue. Y ello por un motivo muy simple: el mito de la oposición unida, más allá de los partidos que la componen, está siendo anulado por las divisiones propias de las campañas de los próximos comicios electorales: la romántica “sociedad civil unida” se esfuma paulatinamente en vista de la aparición de líderes del gran partido de la oposición.
También el resultado del 2D se traduce para el chavismo en términos partidistas: dicho resultado fue adverso, antes que todo, para el naciente PSUV, partido que ahora deberá ampliar su poder, estructuras y redes.
No le temo por ello a la tan anunciada ruptura violenta del hilo democrático por parte de extremistas o a la entrada de marines en nuestras fronteras: el proceso es más complejo y menos pomposo. Le temo a un peligroso bipartidismo quintorepublicano cuya principales víctimas serían las bases populares organizadas que dieron nacimiento a la llamada revolución. Está de más decirlo: el peligro de todo bipartidismo son los “pactos”.
Por otra parte, no cabe duda de que alguien está sacando mal las cuentas: ¿quién puede decir que los triunfos de la revolución desde 1999 pueden ser atribuibles a un partido político?

*Instituto de Estudios Avanzados (IDEA)

martes, 8 de abril de 2008

La lógica “ahívienelobista”

Falsas amenazas sobre Venezuela

Miguel Ángel Pérez Pirela

¡Ahí viene el lobo!, ¡Ahí viene el lobo feroz! Éste es precisamente el grito que hemos escuchado tanto nacional como internacionalmente los venezolanos. Amenaza que hemos estado todos esperando con un miedo que casi ha durado un decenio. ¡Ahí viene el lobo!, ¡ahí viene la dictadura!, ¡ahí viene el dictador Chávez! Déspota que dentro de muy poco instaurará un régimen “castro-comunista” sin libertad de expresión, sin propiedad privada, sin libertades cívicas, etc.
¡Ahí viene el lobo! se siguió gritando en los diez comicios electorales celebrados durante un poco menos de nueve años. Cada vez que terminaba uno de dichos comicios con el triunfo del chavismo, el lobo que estaba por venir se transfiguraba entonces en fraude: ¡ahí viene el fraude! y todos los venezolanos con una paciencia, que ni siquiera nosotros mismos sabíamos que teníamos, seguimos esperando al lobo, seguíamos esperando el fraude. Las pruebas prometidas de dichos fraudes no llegaron en ese momento, no llegaron ahora, no llegarán nunca.
¡Ahí viene el lobo! se vociferó inmoralmente una vez que, después de una plural Constituyente, en 1999 se aprobó la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. De hecho, esos que hoy se oponen a la reforma a la Constitución planteada por el Presidente Chávez, esos mismos que el 2 de diciembre ganaron al decir “no” a la reforma de dicha Carta Magna, fueron los mismos que despotricaron y mal dijeron de la Constitución de 1999. ¡Ahí viene el lobo!, ¡Ahí viene la dictadura a través de dicha Constitución dijeron entonces! El lobo tampoco llegó.
Pero la amenaza del lobo no solamente se inscribía en el universo de los comicios electorales. Dicha amenaza se vio reflejada en todos los ámbitos de la construcción popular del socialismo que a partir de 1999, con la elección de Hugo Chávez, se decidió construir en el país. Escuchamos también ¡ahí viene el lobo! justo después del golpe de estado del 11 de abril del 2002. Una vez que el Presidente Chávez retomo el hilo constitucional, apoyado por el pueblo en la calle, la oposición golpista gritó ¡ahí viene el lobo! Según esta amenaza el gobierno Bolivariano habría de tomar duras represalias, quitar libertades, instaurar finalmente su dictadura. También en ese caso el lobo no llegó: ese Presidente que apenas había sufrido un golpe de estado llamó el mismo 13 de abril a la paz, la unidad, la tolerancia.
También se ha amenazado con la llegada de dicho lobo al momento de discutirse y aprobarse democráticamente leyes transcendentales para el destino venezolano. ¡Ahí viene el lobo! se gritó cuando fue aprobada la Ley de Responsabilidad social en radio y televisión, que la oposición no dudo en llamar “Ley Mordaza”. Según ellos con esta Ley el bolivarianismo instituiría su régimen amparado en la ausencia de libertad de expresión. Sorprendentemente también en este caso el lobo no apareció. La Ley fue aprobada y hoy día es un indudable marco referencial apoyado por todos los venezolanos.
En fin, la lista del lobo y lobos es infinita. Pero de todos los lobos que la oposición venezolana ha construido hay uno que no se puede tolerar y ello por una razón obvia: porque precisamente atenta contra la paz, contra la tolerancia, contra la democracia que tanta sangre nos ha costado a todos los venezolanos. Nos referimos al lobo de los lobos, a ese que se encuentra detrás de todos ellos, al miedo.
La campaña que la oposición venezolana llevó a cabo contra la propuesta de reforma a la Constitución se fundamentó en el lobo del miedo. Durante dicha campaña la oposición venezolana no escatimó esfuerzos en denunciar lobos atroces que nunca llegaron. Los venezolanos tuvimos que vivir en la zozobra de una campaña mediática millonaria en la cual se planteó, sin ningún tipo de vacilación ética, que: se le quitaría la propiedad privada a quien la tuviese, se le quitarían los niños a sus padres, el Presidente Chávez se eternizaría hasta nunca jamás en el poder, se anularían los representantes democráticamente electos en municipios, alcaldías y gobernaciones, se educaría en el comunismo a todos los niños, se instauraría una misma nación y una misma República entre Cuba y Venezuela, se acabaría con la libertad de culto en el país, se cerrarían las escuelas privadas religiosas, se acabaría con la autonomía universitaria, pero sobretodo, que a través de esta reforma a la Constitución se daría, nada más y nada menos, que “un golpe de estado democrático”.
En esta trágica epopeya en la cual se lanzó la oposición para apoyar su opción por el “no” participaron como protagonistas indiscutibles, ante todo, los medios de comunicación transnacionales quienes se encargaron de engordar y difundir los lobos antes descritos. Pero también participó la millonaria oligarquía venezolana, cabecilla durante la IV República, autora del golpe de estado del 11 de abril del 2002 y motor económico indiscutible de la oposición venezolana.
Pero el símbolo del lobo, del miedo, de las amenazas nunca transfiguradas en realidad, fueron las elites estudiantiles que fungieron como portavoz último y eficaz de la lógica “ahívienelobista”. Durante casi cuatro meses dichos estudiantes a través de reportajes, imágenes, especiales, videos, fotografías, entrevistas, etc., dieron la vuelta al mundo como “cándidas victimas” de supuestos atropellos y vejaciones por parte del Gobierno Bolivariano de Venezuela, como amenazados por una supuesta dictadura. En ellos fueron simbolizados los miedos que estructuraron la campaña por el “no” a la reforma en Venezuela.
Pero la verdad fue que los muertos (específicamente dos) llegaron una semana antes de los comicios electorales del 2 de diciembre y fueron precisamente chavistas. La verdad fue que estos estudiantes con sus manos pintadas de blanco y sus gritos de libertad contra el tirano Chávez fueron recibidos por el mismísimo Poder Legislativo, Poder Judicial y Poder Electoral. La verdad fue que dichos estudiantes fueron catapultados a la fama por la cadena televisiva Globovisión. La verdad fue que estos estudiantes fueron a donde quisieron, manifestaron sin trabas algunas, trancaron todas las calles que creyeron pertinente, hablaron en todos los medios de comunicación, desafiaron al poder democráticamente instituido, y el resultado fue el esperado: el lobo nunca llegó.
Las elecciones se llevaron finalmente a cabo el 2 de diciembre en un clima de paz, tolerancia, respeto y armonía. Sus resultados fueron en pro del “no” apoyado por la oposición al Presidente Chávez. Éste último justo después del pronunciamiento del Poder Electoral aceptó y felicitó a los ganadores. Al parecer el lobo no solamente no llegaría, sino que además no existía.
El Poder Electoral que tantas veces fue vejado por parte de la oposición por legitimar el triunfo del chavismo, ahora hace lo mismo con los resultados positivos de la oposición en estos comicios. Mágicamente el lobo se esfumó y para la oposición ahora sí parece existir democracia en Venezuela.
Todo esto nos deja un sabor agridulce: dulce porque, una vez más, se celebraron elecciones pacíficas y legítimas en Venezuela. Agrio porque sólo se reconocen las mismas cuando es el lobo opositor quien gana.
Lo cierto es que desgraciadamente todo indica que el “ahívienelobismo” no ha terminado. De hecho, ¿Cuáles serán los lobos que la oposición nacional e internacional esgrimirá en el futuro? y más aún, ¿cuándo terminarán ellos por enjaular sus lobos y dejar al pueblo venezolano construir en paz un proceso democrático por el que tanto ha luchado?

martes, 1 de abril de 2008

Nosotros, los reaccionarios venezolanos

Miguel Ángel Pérez Pirela

Desde hace un tiempo vivimos en Venezuela en una continua coyuntura cuyo principal efecto es un terrible presentismo que no nos deja pensar. Cada vez que nos sentamos a reflexionar sobre el fenómeno venezolano una nueva coyuntura llega para despabilarnos de nuestra intención de pensar y nos obliga a adentrarnos en la dictadura de la coyuntura. El resultado es más que preocupante: nos hemos convertido en reaccionarios.
Y cuando hablo de reaccionarios englobo a la extrema derecha, a la derecha, a la izquierda y a la extrema izquierda venezolana. Funcionamos a través de un extraño mecanismo que nos hace reaccionar – desde la revolución o desde la oposición – a determinados fenómenos. Somos como pequeños insectos esperando que se prenda una luz para acercarnos a ella en un intento desaforado por ser los primeros en tocarla y sentir su peligroso calor.
Si vemos esto desde un punto de vista fenomenológico, es decir, si lo observamos como mero fenómeno, poca importancia tiene el hecho que el mismo sea un problema con la transnacional EXXON, con Colombia, con el Rey de España, o con cualquier otra luz encendida. Lo importante es que son fenómenos que se repiten ininterrumpidamente y que nos mantienen ocupados en una reacción instintiva, izquierdista o derechista. La pregunta seria entonces: ¿Qué se esconde detrás de estos fenómenos?
Coloquemos un ejemplo entre tantos, ¿Qué se esconde detrás del altercado jurídico con la empresa petrolera EXXON? Si vemos dicho problema desde una perspectiva fenomenológica, no tardaremos en darnos cuenta del hecho que la misma se inscribe en la cadena de fenómenos antes descritos. ¿No ayudará acaso este altercado a la reacción de la derecha venezolana? ¿No será este fenómeno idóneo para una oposición con ínfulas anglosajonas que busca celebrar las dificultades del gobierno? Pero por otra parte, ¿la problemática con EXXON no puede ser también positiva para la reacción chavista? ¿No puede ser acaso dicho altercado un nuevo respiro nacionalista para un chavismo derrotado electoralmente el 2 de diciembre? ¿Qué rol juega el nacionalismo chavista que aparece casi naturalmente en el altercado con la empresa estadounidense?
Si dejamos de un lado el fenómeno EXXON y nos vamos un mes atrás, podemos sacar de debajo de la manga el fenómeno con Colombia: ¿Cómo interpretar el hecho que Uribe acepte la mediación del, hasta entonces, amigo Chávez? ¿Qué se esconde detrás de la súbita ruptura entre dos presidentes que se decían compañeros? ¿Qué lugar ocupa la liberación de los paramilitares encarcelados en Venezuela? ¿Por qué una liberación por parte de la FARC de prisioneros bajo la negociación de Chávez? No cabe duda que el fenómeno “Colombia”, como hoy día el fenómeno EXXON, provoca una natural reacción entre las facciones chavistas y opositoras presentes en el país. También es un hecho que dicho fenómeno llama – esta vez – a un nacionalismo opositor y a un internacionalismo chavista.
Sí nos remontamos todavía más lejos dos meses atrás caemos sin más en otra luz encendida, en otro fenómeno y en otra reacción: justo antes de las elecciones el “por qué no te callas” del rey de España, sirvió como nuevo inspirador de las reacciones venezolanas. Una parte de la oposición descubrió sus orígenes aristocráticas europeas y una parte del chavismo descubrió su pureza indígena. También en esa ocasión nos desconcentramos sobre los reales problemas, posibilidades y esperanzas de nuestro país para encandilarnos en discursos coyunturales de los cuales sólo queda el cansancio.
La reacción ha entrado entonces en el funcionamiento sociopolítico de los venezolanos, dejando el preocupante saldo del no-pensamiento y de la dictadura de la coyuntura. Dicho mecanismo de la reacción está detrás de nuestro universo político y es más que efectivo en su resultado: deja al país en medio de dos frentes los cuales por sus mismas características obligan a todos a decidir intenpestivamente sobre todo. Estamos de frente a un chantaje colosal cuya principal víctima es el pensamiento venezolano.

sábado, 1 de marzo de 2008

La ciencia “indisciplinaria”:


La Ciencia y Tecnología como poder, la Bioética como antipoder

Miguel Ángel Pérez Pirela
[1]
(Publicado en la Revista "Enlace", Universidad del Zulia)

Resumen
El presente artículo describe los dos nichos de poder fundamentales de la ciencia y la tecnología moderna. Por una parte, la monopolización del conocimiento a través de las disciplinas; por otra, la manipulación de la vida a través del biopoder científico. En ambos casos se trata de un preocupante control de la realidad, por parte de un individuo moderno y de una ciencia que Habermas describió como “ideologizada”, que requieren límites. A partir de ello se plantea entonces la necesidad de una “indisciplinariedad” científica, que surge del “paradigma bioético”, entendido como convergencia transdisciplinaria de conocimientos en pro del respeto por la vida.

Palabras clave: Ciencia, Disciplina, Bioética, Biopoder, transdisciplinariedad.

The Indisciplinary Science and Technology.
Science and Technology as a Power, Bioethics as an Antipower.

Abstract
This article describes the two fundamental power niches of science and modern technology. On the one hand, the monopolization of knowledge across disciplines; on the other hand, the manipulation of life through scientific biopower. In both cases, this is about a worrying control of reality by a modern individual and a science described by Habermas as “ideologized” that require limits. From this the need for a scientific "indisciplinarity" which comes from the "bioethical paradigm” arises, understood as a transdisciplinary convergence of knowledges towards the respect for life.

Keywords: Science, Discipline, Bioethics, biopower, transdisciplinarity.Poder y Disciplina
La transdisciplinariedad como característica fundante de la bioética
[2] la aleja de ese modus operandi propio de la disciplina. De hecho, la disciplina ve la realidad sólo a partir de un punto de vista o, por así decirlo, una dimensión cognoscitiva. Por el contrario, la bioética parte de eso que podríamos llamar la “indisciplina”, es decir, que parte de la voluntad de romper con las amarras propias de un solo punto de vista sobre la realidad. La bioética propone más bien posar una mirada-otra sobre ese inmenso e inconmensurable objeto de reflexión que es la vida (Bio).
Lo dicho a propósito de la disciplina como mirada única puede también ser conjugado a la pluri-multi-inter-disciplinariedad: en todos estos métodos epistemológicos existe siempre, en menor o mayor proporción, una relación disciplinaria con relación a la naturaleza estudiada.
El argumento disciplinario puede ser enunciado así: yo hablo y parto desde las certezas y (en ocasiones) los dogmas de mi disciplina, defiendo ese castillo o fortín del conocimiento que me he forjado a través de la historia epistemológica de mi disciplina. En otras palabras, en la pluri-multi-inter-diciplinariedad existe una especie de diplomacia del conocimiento que me permite, en un momento determinado, realizar un acto de tolerancia epistemológica con el otro encarnado en las otras disciplinas.
En la bioética no hay, o al menos no deberían haber, actos diplomáticos del conocimiento. La bioética parte más bien de la necesidad que impone el respeto por la vida. Respeto que obliga a las disciplinas a sentarse juntas para reflexionar y pactar en torno a problemas imposibles de resolver éticamente a partir de las especializaciones propias de las disciplinas.
De hecho, si observamos con detenimiento la realidad como objeto de investigación, nos percatamos que la misma es un hecho o fenómeno holístico: la realidad es un “todo”, y precisamente en cuanto “todo”, es que habrá de entenderse en su complejidad. Fue precisamente ésta la intuición y metodología que percatamos desde Aristóteles en la antigüedad, hasta Leonardo Da Vinci en el Renacimiento. La realidad era concebida como un todo, y desde esa visión holística venía escrutada y pensada. De ahí precisamente el carácter transdiciplinario de dichos pensadores que no dudaron en ser: biólogos, teólogos, físicos, filósofos, astrónomos, eticistas, ingenieros, etc.
Es precisamente con la disciplina moderna que se termina de anular la categoría griega de filosofía con la cual se entendía una ciencia que era “madre de todas las ciencias”, o mejor, un saber (y práctica del saber) que no fragmentaba el conocimiento humano en parcelas disciplinarias, sino que lo concebía como un todo.
La filosofía practicada por un Aristóteles se acercaba a la realidad para su estudio y comprensión a partir de la unión natural de las disciplinas, no como hecho diplomático, sino como método certero para entrar en los secretos de la naturaleza y convertirlos en conocimientos humano.
Contrariamente a ello, la realidad en cuanto todo, al ser parcializada por una disciplina sólo nos muestra una parte o fragmento de ella misma. Es el caso del disciplinado investigador que toma sólo una parte de la realidad y la describe como un todo: La realidad sería entonces – como se dijo alguna vez – una vaca, de la cual el biólogo, vendado por su disciplina, tocaría sólo la cabeza y la cola, concluyendo que una vaca es un animal raro cuya fisonomía consiste en una cabeza pegada a una cola. También es el caso de un disciplinado filósofo que vendado tocase sólo una ubre y una pata de la vaca, lo cual lo haría concluir que una vaca es un extraño animal cuyo cuerpo es una pata que termina en una ubre de la cual sale leche.
De este modo la realidad viene fragmentada, en vista de una disciplina que no nos deja penetrar en la complejidad que ésta esconde. De ello nace precisamente la necesidad de crear mecanismos-otros fundados en un pensamiento del todo a partir del todo: he aquí la vocación de la bioética, y hasta su misma necesidad, en cuanto puente del conocimiento humano que piensa todo lo relacionado a la realidad hecha vida.
Pero llegados a este punto una aclaratoria se impone: todo lo antes dicho no implica de ninguna manera la iniciación de una cruzada epistemológica contra la(s) disciplina(s). Éstas son y nacieron como necesidad metodológica para explorar la realidad de forma más racional, ordenada y efectiva. De hecho, conociendo y aplicando como investigador los instrumentos teóricos y prácticos propios de una disciplina, seguramente se podrá fragmentar mejor un trozo de realidad que será estudiada de forma más adecuada. Sería por ello irresponsable, en nombre de la transdisciplinariedad, darle a un filósofo un bisturí para que realice una operación a corazón abierto. No es desde esta perspectiva que hay que estructurar la crítica a la disciplinariedad.
La mirada crítica va más bien en otra dirección. La misma radica en el hecho que los “disciplinarios” no tardaron mucho en entender que toda disciplina es fuente innegable de poder: quien posee el conocimiento sobre un fragmento de la realidad, posee el poder sobre la misma y sobre quienes quieran acceder a ella. Y el arma fundamental para ejercer dicho poder no es nada más y nada menos que la palabra.
Las disciplinas a través de un lenguaje fundado en el hermetismo de cada campo fueron alejando entonces al otro para habitar y amurallar su fragmento epistemológico de la realidad: la vaca fue picada en mil pedazos y cada pedazo fue patentado por una disciplina.
Todo esto creó un fenómeno, más que conocido y practicado, según el cual, por ejemplo, un biólogo molecular, un físico cuántico y un matemático fundamental, tienen dificultad para dialogar entre sí; así como también un filósofo analítico, un sociólogo del trabajo y un antropólogo forense penan para encontrar un lenguaje común. ¿Qué decir en este sentido del diálogo y el acuerdo entre un matemático fundamental, un antropólogo forense y un físico cuántico? Y es que la Torre de Babel disciplinaria ha llegado incluso al interno de las disciplinas: un filósofo político, un filósofo analítico y un filósofo estético, muchas veces no logran ni siquiera entenderse. Cada uno de éstos se cerró en su fortín del conocimiento y escondió la llave de su lenguaje debajo de la almohada de su facultad universitaria.
A la luz de lo antes dicho, cómo pensar algo al menos parecido a la bioética donde “especialistas” de muchas disciplinas se unen para pensar y normar sobre, nada más y nada menos, la capital de la realidad: la vida.

Indisciplina y Derecho

La respuesta a dicha interrogante debe partir de la premisa siguiente: la bioética es fruto de una necesidad humana. Como lo afirma Hooft: “Hiroshima y Nagasaky hicieron que los físicos – en palabras de Oppenheimer – ‘conocieran el pecado’; Dachau y Auschwitz fueron los espejos que reflejaron las atrocidades cometidas con seres humanos en nombre de la ciencia y la medicina. Lo propio ocurriría con los juristas – pensemos en Gustavo Radbruch, en los años de post guerra – cuando éstos tomaron conciencia que justamente en nombre de la ley y del derecho (gezets ist gezest) se habían conculcado y violado sistemáticamente la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales en los dos grandes sistemas totalitarios del siglo XX” (Hofft, 2004, p.4-5).
La bioética surge entonces como una postura ineluctable de frente a la acción humana en relación a la vida. Es por ello que la bioética no puede observar, medir, escrutar desde la disciplina fragmentaria del físico, el médico o el jurista, sino más bien desde el todo. Lo propio de la bioética es entonces ver juntos como seres humanos eso que se nos dificulta ver de forma aislada. La pregunta sería entonces: ¿cómo realizar esta empresa transdisciplinaria sin caer en la tentación de una práctica diplomática entre investigadores disciplinarios en pro de un resultado “políticamente correcto”?
Por lo pronto se debería pensar en dos “caminos” (del griego método) que acaso podrían verse como incompatibles entre sí: la aplicación de un método (a) indisciplinario que nos permita llegar a (b) el derecho.
Se habla aquí de la indisciplina como postura y acción común por parte de las disciplinas para acceder de forma transparente a un savoir faire transdisciplinario. En otras palabras, cada disciplina a través de una posición y diálogo indisciplinario podría hacer implotar esas “certezas epistemológicas” que hacen muchas veces de la ciencia una “ideología científica”, en el sentido de “dogma científico” que le da Habermas (Ver Habermas, 1984).
Cuando se hace de la disciplina científica y de la ciencia en general un dogma, se cae en la tentación de destruir todo aquello que vaya contra el “progreso” de la propia disciplina o ciencia, diciendo que dicho disenso iría contra el “bienestar” y “desarrollo” de la humanidad toda. El primer recurso que utiliza entonces la dogmatización científica es recurrir a una especie de chantaje en nombre del “progreso”, la “libertad” y la “esperanza” del ser humano a través de la ciencia (véase Pérez Pirela, 2008). El motor de dicha postura se encarna muchas veces en la certeza del especialista disciplinario al cual (nos lo ha demostrado el siglo XX), se le hace de más en más difícil aceptar y colocar límites a su accionar científico.
Es justamente aquí que surge la necesidad de una postura epistemológica que hemos querido llamar indisciplinaria. Muchas veces la dogmatización de las propias certezas es peligrosa, por lo que la relativización de la misma se convierte en imperativo ético y epistemológico. Se trataría de una especie de momento crítico por el cual hacer pasar la propia disciplina para llegar, en un segundo momento, a una síntesis positiva, no sólo para la propia disciplina, sino también para el entorno y la sociedad.
La bioética y el carácter indisciplinario que le hemos querido atribuir se inscribe precisamente en este momento crítico que interpretamos en el sentido hegeliano: tesis-antítesis-síntesis. La indisciplina sería un momento antitético que, a partir de una crítica ética y epistemológica de la propia disciplina, nos acercaría a una síntesis que podríamos llamar “Síntesis Bioética”.
La indisciplina podría partir entonces de una mirada de la propia disciplina a partir de otras disciplinas. Podríamos ir incluso más allá y plantear el punto de partida de la bioética como una mirada de la propia disciplina desde la meta-disciplina, es decir, desde la sociedad humana entendida como fenómeno holístico y no necesariamente disciplinario.
De lo que se trata aquí es de aplicar en cierta medida el método hursseliano (ver Husserl, 1962), de la fenomenología que consiste en “colocar entre paréntesis” (en este caso) la propia disciplina, para objetivarla y medir sus posibilidades y consecuencias éticas y epistemológicas. Al negar la práctica científica disciplinaria como mero dogma, y al objetivarla y colocarla entre paréntesis, se estaría dando el primer paso para la necesaria transición, de una ciencia a una con-ciencia.
La conciencia en este caso no es otra cosa que una mirada-otra sobre un objeto determinado – en este caso la ciencia – que nos permite percatarnos de dos cosas: (a) que el objeto existe, es decir, que existe una ciencia que no puede ser negada en cuanto realidad objetiva; (b) que el sujeto conciente que mira el objeto o ciencia, también existe como realidad insoslayable. Ello quiere decir entonces que la conciencia nos coloca delante, no sólo de una ciencia como fenómeno auto-referencial, sino también delante de un sujeto o ser humano que la practica y la vive.
Dicho descubrimiento abre entonces la ciencia a su dimensión humana. El científico, a partir de ello, es conciente del hecho que la ciencia no es un fenómeno justificable en sí mismo, sino en razón del sujeto o ser humano que lo funda: la ciencia es de este modo humanizada.
Al quitarle entonces a la ciencia su carácter dogmático, al darle matices de indisciplina, al hacerla transdisciplinaria, al permitirle dialogar con realidades humanas meta-científicas, no hacemos más que aplicarle a la ciencia los métodos, contenidos y criterios bioéticos.
Pero el método indisciplinario, hasta ahora apenas esbozado, no basta para realizar un verdadero trabajo de pensamiento y re-pensamiento de los fines, acciones y métodos de la ciencia desde la perspectiva bioética. La indisciplina deconstruye sin verdaderamente construir. La indisciplina es antítesis y no síntesis. Es precisamente en este punto que surge el segundo camino o método propuesto: el Derecho.
La bioética se debate en tres dimensiones: la teórica (fundamentos filosóficos y éticos), la práctica (comités de bioética) y la normativa (códigos de bioética). La postura teórica nos da luces sobre los que deberían ser los “principios de la bioética” (pensemos en el modelo basado en los principios de Beauchamp y Childress, 1979). Por otra parte, la postura práctica coloca como punta de lanza los comités de bioética y su toma de decisiones fundadas en la casuística (pensemos en la oposición a la “tiranía de los principios” de Jonsen y Toulmin, 1988).
Pero hay que aclarar que ambas posturas serían etéreas y hasta infructíferas sin un apoyo o fundamento amparado en el derecho. Tomamos aquí la categoría de “derecho” en su dimensión más amplia. Desde este punto de vista el derecho no puede ni debe reducirse a un conjunto de leyes o normas; tampoco a un derecho especializado como por ejemplo el derecho penal o administrativo.
El derecho es tomado aquí como el producto cultural, es decir humano, de una reflexión holística sobre la realidad humana. De hecho, no hay derecho sin una previa profundización teórica sobre los comportamientos del hombre. Más aún, no hay derecho sin un previo diálogo social que, en último término, le de fundamento. De ahí precisamente el carácter contractual, dialógico, consensual, del derecho.
El derecho como horizonte de regulación fundamental de la vida social de los seres humanos sería por ello una especie de work in progress, es decir, de continuo trabajo humano cuyos fundamentos, límites y posibilidades son, a cada momento, pensados y re-pensados nuevamente. Ello quiere decir que se puede relativizar, anular o superar una ley o norma, pero nunca la continua labor humana de construcción, deconstrucción y estructuración del comportamiento del hombre a través del derecho.
Por otra parte, el derecho (como lo afirmamos en relación a la bioética) es fruto de una necesidad: no hay vida social sin derecho. La normatividad de los comportamientos es la premisa incondicional de la vida en común. Es precisamente en este punto que comienzan a surgir las perplejidades en relación a cuál ley, y fundada en cuál idea de bien.
La problemática surge de la idea misma de Aristóteles que consideraba al hombre como Zoom Politikon, es decir, como un animal político, un ser social. Partiendo de esta premisa el filósofo pensaba que toda actividad humana parte de una finalidad (telos) y que la finalidad de una acción corresponde a la idea de bien (véase Aristóteles, 2000: I, 1, 1094). De ahí el hecho que Santo Tomás de Aquino (Santo Tomás de Aquino, 1994), retomando a Aristóteles, planteaba que el hombre, por ser hijo de Dios, siempre hace el bien. Es por ello que, según el Doctor de la Iglesia, cuando alguien hace el mal lo hace pensando que es el bien. Dicho de otro modo, no hay otra dimensión, ni finalidad posible para el hombre que el bien. El siglo XX y sus genocidios racionalizados, la bomba nuclear, el paulatino ecocidio planetario, entre otros fenómenos ligados a la voluntad del ser humano parece contradecir dicha postura.
Como podemos ver, bien y mal se confunden en las definiciones y prácticas humanas, dejándonos serias perplejidades en relación a cuál ha de ser la idea de bien para el hombre. Sin previa idea de bien parece no existir ética posible, y por supuesto, tampoco bioética. Además, cómo plantear una regulación de la acción humana a través del derecho sin una idea de bien que funja como marco teleológico para saber qué es permitido y prohibido hacer.
Algo es cierto con relación a lo antes dicho: sin diálogo y acuerdo entre los seres humanos no es posible hacer surgir una idea de bien. Entre el derecho y el bien se encuentra entonces el diálogo, acuerdo y contrato social como mediador.

Derecho ------------------------Diálogo-----------------------------Bien
Acuerdo
Contrato

Delante de esta triade surgen entonces ulteriores perplejidades que complejizan la cuestión: ¿el derecho antecede al bien o el bien es el fundamento del derecho? ¿Para crear el derecho debemos partir de una visión específica de bien, o es precisamente el derecho que define qué cosa es el bien?
[3] ¿Cuál es el peso del diálogo-acuerdo-contrato entre los hombres en la resolución de la anterior diatriba?
Las problemáticas apenas planteadas han recorrido la historia de la humanidad dando como resultado diversas interpretaciones y posturas. El problema es que dichas perplejidades deben ser afrontadas de un modo todavía más radical por encontrarnos nosotros en el siglo XXI. De hecho, los siglos XX y XXI nos colocan delante de un reto mayor: no sólo debemos reflexionar sobre el bien sino también, y sobre todo, sobre el mal. Claro está, el fenómeno del mal no es nuevo en la historia de la humanidad, lo que sí es una novedad es que, a través del desarrollo tecno-científico, el ser humano puede acceder a la seria hipótesis del fin de la vida y la humanidad sobre el planeta.
Ello quiere decir que hoy día no sólo debemos ponernos de acuerdo sobre qué es el bien, sino también y sobre todo, sobre cuál es el mal último a evitar. Es justamente aquí que surge la bioética como necesidad humana, que ha de acompañar la transmilenaria diatriba entre el derecho y el bien.
La cuestión está en que una minoría de seres humanos hoy día monopolizan un conocimiento a la vez maravilloso y horrendo, muy parecido a eso que los griegos llamaban “Deinos”. La ciencia, a través de sus disciplinas, hoy por hoy detenta parcelas de conocimiento que pueden, sin más, modificar el curso de la vida en la tierra. No debemos ser ingenuos cuando de bioética se trata. La cuestión de la regulación normativa de la bioética debe comenzar insoslayablemente por la cuestión del biopoder.
Biopoder que puede reflejarse y alimentarse en la metodología disciplinaria y sus fortines de poder, pero que además radica en un poder meta-científico. De hecho, ¿quiénes están detrás del accionar científico, de sus descubrimientos, de sus necesidades materiales y normativas?
De hecho, la monopolización del poder no se ve reflejada sólo en las disciplinas a través de un poder epistemológico del conocimiento, sino que también se conjuga como poder sobre la vida o biopoder. La vida, desde este punto de vista, se encontraría entonces entre dos frentes: un poder sobre el conocimiento, hecho disciplina, y un poder sobre la vida, hecha objeto.
La pregunta se impone naturalmente: ¿a partir de cuál método epistemológico y cuál ideal de derecho actuar, para placar estos biopeligros?

Bioética – Biopoder – Bioderecho

La respuesta pasa por una reflexión sobre los derechos humanos. Estos se presentan hoy día como uno de los puntos de partida incontestables de una ética universal de los seres humanos. Los mismos fungen como tablas laicas de la ley que la segunda guerra mundial entregó a la humanidad. No es casualidad que la universalización de los derechos humanos coincide con el constitucionalismo de la segunda postguerra: “Enseña Fernández Segado (1996) que uno de los rasgos sobresalientes del constitucionalismo de la segunda postguerra que coincide con la “univerzalización de los derechos humanos” y el nacimiento del derecho internacional de los derechos humanos “es la elevación de la dignidad de la persona humana a la categoría de núcleo axiológico constitucional y, por lo mismo, a valor jurídico supremo del conjunto ordinamental” (Hofft, 2004, p.9).

Desde esta perspectiva los derechos humanos se presentan como una suerte de acuerdo fundamental común de la humanidad. Los mismos serían un punto de partida para profundizar la relación entre el accionar humano y la vida.
Lo cierto es que para entender los derechos humanos en toda su amplitud no debemos considerarlos como meras reglas de vida en común, sino más bien como un llamado a principios éticos de la humanidad toda. Reducirlos a un manual de conducta quiere decir despojarlo de su carácter universal.
Pero ¿realmente existe un carácter universal en lo que respecta a los derechos humanos? Aquí radica el problema. La bioética parece caer en la tentación de querer sostenerse a sí misma en fundamentos “objetivos”, y los derechos humanos han sido una excelente materia prima para llenar este sueño de objetividad. Desde este punto de vista los derechos humanos no serían sólo un conjunto de normas, sino también, principios universales, y por lo tanto, objetivos.
Es aquí que interviene el filósofo Marcel Gauchet (2002) para recordarnos que los derechos humanos se han erigido nada más y nada menos que como “fundamentos”: “ello quiere decir que estos no son simplemente posiciones de valores reguladoras supremas hacia la cual tender para bien o para mal. Los derechos humanos no serían tampoco simplemente barreras impenetrables opuestas al poder. Los mismos se proponen más bien como principios definitorios que son, a la vez, primeros y exhaustivos y que solicitan determinar todo desde la base y no dejar que nada escape de ellos” (Gauchet, 2002, p. 331). Según Gauchet, los derechos humanos se imponen de este modo a la conciencia colectiva como “único instrumento disponible para pensar la coexistencia” (Gauchet, 2002, p.347).
No cabe duda que al presentarse bajo estas prerrogativas, se colocan éstos como fin último del ser humano e ideal de bien máximo. La cuestión radica entonces en preguntarnos cuáles son las raíces históricas e ideológicas de los derechos humanos, y si los mismos no llevarían al hombre a una identidad única y una sola concepción de los valores y la ética: ¿dicha ética de los valores humanos universales no esconde detrás de sí un etnocidio vehiculado por las sociedades occidentales? ¿Los derechos humanos no podrían verse como la elevación a valores universales de valores étnicos de una tradición humana específica? Si la respuesta es positiva, dicha universalización de valores parciales sería en desmedro de aquellas tradiciones étnicas excluídas.
Si los derechos humanos se aceptan como ética universal, qué hacer entonces del artículo 12 de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos que llama al “respeto de la diversidad cultural y del pluralismo”
[4]. ¿Todas las culturas tienden irremediablemente hacia una fundación universal de su accionar a partir de los derechos humanos promulgados en 1948?
Hay que estar atentos, no se trata aquí de relativizar, ni mucho menos anular lo conquistado con la promulgación de los derechos humanos. El reto para nosotros está más bien en establecer con claridad la vinculación que existe entre los derechos humanos y la necesidad de fundamentos bioéticos. Lo importante es saber si los derechos humanos deben ser considerados como fundamentos de la bioética, o si más bien la bioética debe ser considerada como nuevo horizonte de los derechos humanos. La dogmatización e ideologización de los derechos humanos no resuelve los vacíos fundacionales de la bioética. Por el contrario, la hace entrar en un necio círculo vicioso.
Lo importante de los derechos humanos para la discusión bioética no son tanto sus artículos, sino el carácter dialógico de los mismos. De ellos debemos recuperar entonces su valor metodológico el cual nos dice que, a partir de una discusión generalizada entre los seres humanos, es posible establecer principios que, aunque no son dogmas, poseen un carácter de inviolabilidad. Como lo expresa Bauzon: “La pretensión de los derechos humanos de ser universal no reside tanto en su expresión, sino más bien en la permanencia de su estructura” (Bauzon, 2006, p.38). Permanencia que, hay que aclarar, ha mutado desde el judeocristianismo hasta nuestros días, pero que encuentra su riqueza humana precisamente en esa mutación.
Es justamente en este punto que la bioética puede encontrar una fundación sólida en los derechos humanos: los mismos deben ser percibidos como una discusión universal en torno a la idea de “derecho” y “bien”, cuyo principal objetivo es encontrar el modo más idóneo para distinguir entre sujeto y objeto, persona y cosa, vida y muerte.
La bioética nos ofrece, entonces, la posibilidad de pasar del derecho, al derecho humano, para llegar en último término al bioderecho. Éste último, entendido como regulación humana del biopoder en medio de la era tecno-científica, que tiene entonces la inconmensurable responsabilidad de situar la frontera entre una cosa y un ser vivo, un objeto y un sujeto. Todo ser vivo, es decir, todo ser que tenga un “movimiento inmanente y auto-perfeccionante”, reenvía a la idea de sujeto. No es lo mismo mutilar una silla que una persona. Tampoco lo es gestionar el uso y la disposición de la pata de la silla mutilada y de la pierna de una persona. La pregunta sería ¿por qué? La respuesta pasa por toda la historia de la humanidad.
El ser vivo apela a una categoría bioética precisamente por ser sujeto y no objeto. De aquí el hecho que toda monopolización del ser vivo en cuanto sujeto, sea ésta disciplinaria (poder sobre el conocimiento), o amparada en el biopoder (poder sobre la vida) de grupos minoritarios, debe ser sometida a la crítica o antítesis propia de la bioética: Si la ciencia es una tesis, la bioética es esa antítesis necesaria que la llevará hacia una síntesis humana.
Ese momento antitético que es la bioética de ningún modo debe ser entonces percibido como una disciplina, sino más bien como un lugar o topos transdiciplinario e indisciplinario desde donde ha de fraguarse la necesaria reflexión y gestión de la vida, en miras a la creación de un bioderecho que nos obligue a ser y permanecer como seres humanos delante de una ciencia y tecnología cada vez más “biopotente”.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Aristóteles (2000). Ética Nicomaquea, Porrúa: Mexico.
Bauzon, S. (2006). La persone biojuridique, Paris: Presses Universitaires de France.

Beauchamp, T. y Childress J.F. (1979). Principles of biomedical ethics, New York: Oxford University Press.

Gauchet, M. (2002). La démocratie contre elle-même, Paris: Gallimard.

Habermas, J. (1984): Ciencia y técnica como ideología, (trad. de M. Jiménez y M. Garrido). Madrid: Tecnos.

Hofft, P. (2004). Bioética y Derechos Humanos, Buenos Aires: Desalma.

Husserl, E. (1962). Ideas relativas a una fenomenología pura y filosofía fenomenológica, (trad. de J. Gaos), México: FCE.

Jonsen, A & Stephen T. (1988). The Abuse of Casuistry: A History of Moral Reasoning. Berkeley: University of California Press.

Pérez Pirela, M. A. (2008). Bio-poder, Bio-ética, Bio-política: la Bene-fi-ciencia o el bien de la ciencia. Revista RELEA N° 26 (en prensa).

Rawls, J. (1993). Teoría de la Justicia, Buenos Aires: FCE.

Sandel, M. (2000). El Capitalismo y los límites de la justicia, Barcelona: Gedisa.

Santo Tomás de Aquino (1994). Suma teológica, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

[1] Dir. del Centro de Investigaciones Teóricas (CENIT) del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), Jefe de la Unidad de Ciencia Política, Caracas, Venezuela.
Post-doctor en Filosofía Política por la Sorbona, Paris 1, Francia; Dr. en Filosofía Política por la Pontificia Università Gregoriana de Roma, Italia.
[2] Desde el mismo inicio hay que descartar la figura de “bioeticista” como protagonista y personificación de la bioética. Hablar de bioeticista implica partir del hecho que la bioética es una disciplina: nada más suicidario para esta nueva empresa humana que, desde su mismo nacimiento, es y debe permanecer transdiciplinaria.
[3] Sobre esta discusión véase: Rawls, J. (1993). Teoría de la Justicia, Buenos Aires: FCE; Sandel, M. (2000). El Capitalismo y los límites de la justicia, Barcelona: Gedisa.
[4] El articulo 12 de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos establece que: “Se debería tener debidamente en cuenta la importancia de la diversidad cultural y del pluralismo. No obstante, estas consideraciones no habrán de invocarse para atentar contra la dignidad humana, los derechos humanos y las libertades fundamentales o los principios enunciados en la presente Declaración, ni tampoco para limitar su alcance.” Recuperado el 18 de Mayo de 2008, del sitio Web de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO):
http://unesdoc.unesco.org/images/0014/001461/146180S.pdf

viernes, 1 de febrero de 2008

Nosotros, los reaccionarios venezolanos

Miguel Á. Pérez Pirela*

Desde hace un tiempo vivimos en Venezuela en una perenne coyuntura cuyo principal efecto es un terrible presentismo que no nos deja pensar. Cada vez que nos sentamos a reflexionar sobre el fenómeno “Venezuela”, una nueva coyuntura llega para despabilarnos de nuestro pensamiento, obligándonos a adentrarnos en la lógica de la coyuntura. El resultado es más que preocupante: nos hemos convertido en reaccionarios.
Y cuando hablo de reaccionarios englobo a la extrema derecha, a la derecha, a la izquierda y a la extrema izquierda venezolana. Funcionamos a través de un extraño mecanismo que nos hace reaccionar – desde la revolución o desde la oposición – a determinados fenómenos. Somos como pequeños insectos esperando que se prenda una luz para acercarnos a ella en un intento desaforado por ser los primeros en tocarla y sentir su peligroso calor.
Si vemos esto desde un punto de vista fenomenológico, es decir, si lo observamos como mero “fenómeno”, poca importancia tiene el hecho que el mismo sea un problema con la EXXON, con Colombia, con el Rey de España, o con cualquier otra luz encendida. Lo importante es que son éstos fenómenos que se repiten ininterrumpidamente y que nos mantienen ocupados en una reacción instintiva.
La pregunta sería por ello: ¿Qué se esconde detrás de dicho subseguirse de fenómenos? ¿Qué se esconde, por ejemplo, detrás del altercado jurídico con la empresa petrolera EXXON? Si vemos dicho problema desde una perspectiva fenomenológica, no tardaremos en darnos cuenta del hecho que la misma se inscribe en la cadena de fenómenos antes descritos. ¿No ayudará acaso este impasse a la reacción de la derecha venezolana? ¿No será este fenómeno idóneo para una oposición con ínfulas anglosajonas que busca celebrar los apuros del gobierno? Pero por otra parte, ¿la problemática con EXXON no puede ser también efectiva para la reacción chavista? ¿No puede ser acaso dicho altercado un nuevo respiro nacionalista para un chavismo derrotado electoralmente el 2 de diciembre?
Pero si dejamos de un lado el fenómeno EXXON y nos vamos un mes atrás, podemos sacar de debajo de la manga el fenómeno “Colombia”: ¿Cómo interpretar el hecho que Uribe acepte la mediación del, hasta entonces, amigo Chávez? ¿Qué se esconde detrás de la súbita ruptura, justo antes del 2D, entre esos dos presidentes que tanto vimos juntos? ¿Por qué una liberación por parte de la FARC de prisioneros bajo la negociación de Chávez? No cabe duda que el fenómeno “Colombia”, como hoy día el fenómeno “EXXON”, provoca una natural reacción entre las facciones chavistas y opositoras. También es un hecho que dicho fenómeno llama – esta vez – a un nacionalismo opositor y a un internacionalismo chavista.
Si nos remontamos todavía más lejos, dos meses atrás, caemos sin más en otra luz encendida, en otro fenómeno y en otra reacción: justo antes del referendo el “por qué no te callas” del rey de España, sirvió como nuevo inspirador de las reacciones venezolanas. Una parte de la oposición descubrió sus raíces aristocráticas europeas y una parte del chavismo descubrió su pureza indígena. También en esa ocasión nos desconcentramos sobre los reales problemas, posibilidades y esperanzas de nuestro país, para encandilarnos en discursos coyunturales de los cuales sólo queda el cansancio.
La reacción ha entrado entonces en el funcionamiento sociopolítico de los venezolanos, dejando el preocupante saldo del no-pensamiento y de la perenne lógica de la coyuntura. Dicho mecanismo de la reacción está detrás de nuestro universo político, y es más que efectivo en su resultado: deja al país en medio de dos frentes los cuales por sus mismas características obligan a todos a pronunciarse intempestivamente sobre todo. Estamos por ello de frente a un chantaje colosal cuya principal víctima es el pensamiento venezolano.

*Instituto de Estudios Avanzados (IDEA)

martes, 1 de enero de 2008

Crisis estructural continua del Estado venezolano

Miguel Ángel Pérez Pirela
(Publicado en Diálogo Científico, Alemania, 2009)



1. Premisa: El Estado Moderno

En la visión clásica del Estado que nos ha dejado la modernidad el mismo se define por antonomasia como un Estado opresor/represor. Partiendo de una interpretación conservadora del desarrollo teórico del Estado moderno podemos decir que para Thomas Hobbes la figura del Estado está ligada a un intercambio de libertad (individual) por seguridad (colectiva). Los individuos sumergidos en una guerra de todos contra todos le piden al Leviatán garantías que limiten la libertad de cada uno en nombre de la seguridad de todos, y para ello se despojan de sus libertades individuales que transfieren al Estado. Esta tradición clásica es retomada de un cierto modo por Max Weber quien define sin más el Estado como el monopolizador de una violencia legal/legalizada.
En los dos casos parece existir entonces una “esclavitud voluntaria” por parte de aquellos que deciden dar el poder al Estado o, al menos, legalizar el uso de su violencia. Sin duda alguna este es el Estado que de facto ha llegado a través de la tradición moderna hasta nuestros días. Se trata de la visión de un Estado cuya ascendencia ha determinado radicalmente el quod propio, no sólo de los Estados Occidentales, sino también de los latinoamericanos.
A la luz de los eventos que han marcado la historia reciente de Estados como el venezolano –y que trataremos de elucidar en esta sede – surgen perplejidades en relación a la tradición antes descrita. Sobre todo tomando en consideración fenómenos a partir de los cuales ese Estado opresor/represor, cuyo instrumento en pro de la seguridad de los individuos es una violencia legal/legalizada, no da más seguridades a sus individuos, ni mucho menos respuestas fundada en un hipotético “bien común”.
Para ello hemos de tomar en consideración la relación que existe o ha existido hasta ahora en Venezuela entre el Estado clásico, sus órganos de seguridad, y el pueblo.

2. El Estado contemporáneo: paternalista-liberal

Existe en la actualidad un fraude teórico y semántico en relación a la definición y el sentido propio del “Estado”. Hoy día muchos siguen cayendo en la trampa - por lo demás facilista - de aquellos defensores de la derecha libertaria que proponen un “Estado débil” como promotor de una economía liberal y un individuo redimido de las amarras estatales
[2]. De estas posturas se deduce de facto que el Estado fuerte sería una prerrogativa de la “izquierda”. Es así que encontraríamos un liberalismo que defendería un Estado débil y, por otra parte, un socialismo más proclive a sostener un Estado fuerte. Veamos de cerca dicha ambigüedad.
Por el contrario dicha bifurcación parece no existir en lo empírico. La realidad contemporánea en lo irrefutable de su aplicación nos muestra “un modelo de Estado en las democracias occidentales con características comunes. Dicho Estado en sus propuestas políticas aplica de más en más un mínimo de redistribución social y de intervención en el mercado, y un máximo de intervención policial y procesos jurídicos”
[3]:

Esta corriente viene catalogada como «liberal» en cuanto estableciendo un mínimo de intervenciones en el plano de los cambios económicos da lugar al crecimiento del mercado privado y, por ende, al incremento del capital privado. Desde este punto de vista el Estado se presenta como un Estado débil. El problema está en que por otra parte se desarrollan políticas estatistas que presuponen una exagerada intervención estatal, y que se ven reflejadas en la acción contra la inseguridad, a través de políticas de mano dura policial y de leyes fuertemente punitivas que hacen del Estado un Estado fuerte. Los proyectos de privatización de la educación ofrecen, por ejemplo, ventajas a los intereses individuales, obligando al Estado a no encaminar políticas perfeccionistas miradas a «educar ideológicamente» a los individuos, lo que para el libertarismo significaría dejar intactas sus libertades. A través de estas medidas el Estado sería entonces de nuevo Estado débil. Pero por otra parte vienen invertidas grandes cantidades de dinero para preservar las «garantías» en relación a la «soberanía del Estado», a través de la compra o producción de armas de guerras y la puesta en práctica de duras políticas de inmigración, medidas a través de las cuales los individuos y el mercado son asegurados contra el peligro de una inestabilidad que venga del exterior. Podemos decir sin lugar a dudas que estas medidas hacen y presuponen entonces un Estado fuerte. Podríamos hablar entonces de un proceso contemporáneo a través del cual nos vamos acercando cada vez más a la creación de una definición de Estado que en sí misma posee dos términos aparentemente incompatibles: liberalismo paternalista
[4].

¿Cuál es entonces el resultado hoy día de esta ambigüedad entorno a lo propio del Estado?
De todo ello surge eso que podríamos tildar como “liberalismo paternalista, es decir, la mezcla de un Estado débil y un Estado fuerte, liberal y conservador que se transfigura sólo para asegurar la libertad del mercado (liberalismo) y suprimir los efectos negativos en la esfera social (paternalismo) a través de duras políticas de control judicial y policial. En teoría, un Estado débil que libere el mercado y un Estado fuerte que luche contra los posibles peligros que vengan de las víctimas de dicho mercado”.
Tal fue precisamente el caso venezolano donde, según palabras del mismo Arturo Uslar Pietri, se mezcló durante los años setenta y ochenta un “capitalismo vergonzoso con un socialismo púdico”
[5]. La discusión que hoy día surge en Venezuela en torno al Estado parte precisamente de la ambigua concepción de Estado apenas mencionada.
La pista que deberíamos seguir entonces para profundizar en la cuestión es precisamente aquella que da luces sobre los orígenes del Estado que ha heredado el pueblo venezolano.
3. Los orígenes del Estado Venezolano:
Crisis entre Estado – Fuerzas Armadas

No es casual que el traje típico de Venezuela – el Liquiliqui – no sea otra cosa que un indumento militar despojado de toda la parafernalia propia que caracteriza lo castrense: insignias, chapas, distintivos, medallas, etc. Y es que la historia sociopolítica de la Venezuela republicana puede ser interpretada, e incluso estructurada, a partir de un ir y venir de lo civil a lo militar y viceversa.
El ejército que trató de poner en pie Francisco de Miranda y que, más tarde Simón Bolívar concretizó como tal en el siglo XIX, estaba conformado por un pueblo heterogéneo sometido al yugo español que se descubrió presto a encarar la lucha por la liberación de la corona española.
Se trató entonces en este primer momento de una conversión súbita de lo civil a lo militar en aras de una redención sociopolítica frente a una opresión imperial tricentenaria. He aquí un primer precedente de transición de una estructura sociopolítica civil a otra militar con fines meramente políticos.
En otras palabras, en Venezuela desde su mismo nacimiento como república existe una marcada permeabilidad en la correlación que existe entre los ámbitos civiles y militares. Toda la guerra de independencia del la naciente república hizo entonces transformar paulatinamente civiles de variados orígenes socioeconómicos en improvisados soldados de un ejército de liberación.
Dicho ejército se estructuró con tiempos, métodos y modos guerreros que, a pesar de tener un carácter militar, estaba marcado por costumbres y hábitos civiles. Las tropas estaban definidas y correspondían a las características propias de las regiones desde donde se forjaban: tropas llaneras, costeñas orientales y occidentales, andinas y centrales, sureñas, entre otras.
Cada una de éstas se estructuran entonces como pueden y respetando lo propio de las regiones, con todo lo que ello conlleva: formas de vestir de las tropas, armas, medios de transporte, tácticas y estrategias, alimentación.
Es así como naturalmente comienzan a surgir liderazgos regionales que acompañan y – en ocasiones incluso – ponen en peligro la figura principal de unión de Simón Bolívar. Desde los territorios alzados contra la corona española surgen figuras como, por ejemplo, Urdaneta en el extremo occidente del país, o Páez y sus lanceros en los llanos. Protagonistas éstos germinados de extractos socioeconómicos completamente diversos entre sí y con un carácter ecléctico. Los nuevos liderazgos van desde blancos criollos hasta zambos, indígenas y afro-descendientes.
Pero más allá de los orígenes étnicos de los integrantes del nuevo ejército – más parecido a células guerrilleras que a otra cosa – es importante notar el origen más bien civil de sus integrantes: gran parte del ejército bolivariano que dio la liberación a Venezuela no tiene sus orígenes en ninguna academia especializada en las artes militares. No hubo formación técnica militar, ni mucho menos selección alguna, tampoco uniformes homogéneos territorialmente, ni particulares orígenes socioeconómicos, ni mucho menos culturales.
Se trataba pues de una pragmática traducción de lo civil a lo militar por parte de individuos que venían desde los más heterogéneos extractos, y que sólo estaban unidos entre sí por el afán de contrarresta un poder español, cuyas reales posibilidades se hacían ya insostenibles desde muchos puntos de vista.
En esto hay que insistir. Sin bien es cierto que el común denominador de estos nuevos militares era el de oponerse a los españoles, no es menos cierto que las causas individuales, colectivas y regionales por lo cual lo hacían eran totalmente disímiles entre sí.
¿Cómo homologar entonces o, al menos equiparar, las razones de fondo por las que esclavos afro-descendientes, blancos criollos, pescadores orientales o agricultores andinos, dejaban sus actividades civiles para inscribirse en una cruenta lucha militar que devastaría el país?
Lo cierto es que lo que se conoció como el primer ejército republicano venezolano poco o nada tenía en su esencia de “militar” en el estricto sentido de la palabra. He aquí la premisa necesaria para entender e interpretar las futuras estructuras sociopolíticas que habrían de caracterizar la historia venezolana. Aunque lo militar va a caracterizar y determinar lo político en la historia del país, lo va a hacer como tensión o crisis continua con(tra) lo civil. La historia sociopolítica venezolana fluctúa por ello entre los civil y lo militar, lo militar y lo civil.
De lo antes descrito resulta claro que el Estado venezolano posee sus orígenes en la institucionalización de los ejércitos bolivarianos de liberación y su conjugación a un sistema político emergente. El mismo se transfiguró en el nacimiento de la I República en el siglo XIX.
Es por ello que – así como el traje nacional (el Liquiliqui) – el Estado venezolano en sus orígenes no fue más que el resultado de un fenómeno que, de lo civil, pasó a lo militar (guerra de independencia) para, más tarde, re-transformarse en política civil (nacimiento del Estado), al despojar del traje militar (y de la realidad sociopolítica) sus insignias militares y convertir la guerra en política.
El Estado venezolano es entonces en la primera mitad del siglo XIX la representación de un mundo militar que, hay que aclararlo, está constituido por un pueblo en armas. No hubo elites predefinidas a la base de la creación, tanto de las Fuerzas Armadas como del Estado venezolano. De ahí la insoslayable tensión que existe históricamente en el triangulo Pueblo-Estado-Fuerzas Armadas.

4. El Estado venezolano contemporáneo:
Crisis entre Estado – Fuerzas Armadas – Economía

No se puede reflexionar sobre el Estado venezolano sin antes tomar en consideración algunos hechos importantes que fueron determinantes en su estructuración contemporánea, y sobre todo, en la imagen que conservan los venezolanos del mismo. Se podría decir que “el punto de ruptura con el modo de vida venezolano y con la ausencia de interés político tuvo lugar el 18 de febrero de 1983, una de las fechas más significativas de la historia del país. Durante la mañana del célebre Viernes negro los venezolanos se despertaron en un país con una economía mucho más frágil de la que pensaban”
[6]. Hasta ese momento Venezuela vivía una aparente bonanza económica que mantuvo durante mucho tiempo el precio del bolívar a 4,30 con relación al dólar. A partir de esta fecha la moneda se devaluó considerablemente colocando al país de frente a un – hasta ahora inadvertido – fiasco económico.
Este hecho llevó a la luz entre otras cosas el fraude que había sido la nacionalización del petróleo, pero también la corrupción existente al interno del Estado venezolano entre 1974 y 1983. Además, durante este periodo de “gracia económica”, en razón de las entradas petroleras, se dio un endeudamiento desproporcionado del Estado.
Dicho Estado, a través de su histórica economía monoproductora de petróleo, favoreció la desproporcionada importación, el abandono de las tierras y el éxodo rural a las grandes ciudades, conformando eso que hoy vienen llamados los “barrios”. Nacieron entonces las zonas de extrema pobreza y con ella una delincuencia que no ha hecho más que fortalecerse con el pasar de los años
[7].
Otro hecho determinante en lo que respecta la figura misma del Estado en el imaginario sociopolítico venezolano es el “Caracazo”. Dicha revuelta popular tuvo lugar en 1989. Las causas que lo determinaron tenían que ver con la aplicación de una receta de tendencia neoliberal, cuya punta de lanza fue precisamente el aumento de la gasolina. Se debe notar que “ni el gobierno, ni el parlamento, ni los partidos políticos, tomaron en cuenta el fenómeno en sus verdaderas magnitudes”. Hubo una especie de modus operandi por parte del establecimiento que consistió en hacer todo lo necesario por placar en el menor tiempo posible la revuelta popular.
En todo ello el Estado venezolano, a través del ejecutivo, tuvo un rol primordial, pues el entonces presidente de turno Carlos Andrés Pérez desplegó un desproporcionado poder represivo – militar y policial – que dejó miles de muertos. No cabe duda que, contrariamente a cuanto suele pensarse, la fractura no se dio sólo a nivel del gobierno de la época, sino más bien y sobre todo en el Estado y la percepción que los venezolanos tenían (y tendrían) del mismo.
Si bien es cierto que el gobierno de Carlos Andrés Pérez se vio mermado y herido de muerte, también el Estado terminó por ser considerado sin más como un Estado represor. Ese Estado que ya existía en el imaginario venezolano como corrupto e ineficiente (y opresor de movimientos alternativos foráneos a los partidos del puntofijismo), durante el Caracazo desplegó sin mediaciones su poder contra el pueblo.
Sobre este punto es necesario detenerse un instante para poner en relieve el rol que tuvieron sobre todo las Fuerzas Armadas en todo lo que fue la represión contra el Caracazo. Sin duda alguna dicha represión supera lo factual del evento mismo y nos proyecta a una dimensión simbólica. No se debe olvidar que la fundación simbólica del Estado venezolano, y de la nación misma, se yergue a partir de una gesta heroica de liberación contra el yugo español. Ello implica que, no sólo los símbolos patrios del venezolano, sino también la estructura estatal misma es tributaria de un legado militar.
Dicho legado traspasa sobremanera batallas, tácticas y estrategias, batallones, armas, y va a tocar lo más profundo de la estructuración simbólica del venezolano. En el imaginario colectivo del venezolano éste se siente llamado a perpetrar el legado de ese ejército liberador que traspasó las fronteras propias para emancipar eso que hoy día es Colombia, Panamá, Perú, Bolivia, Ecuador.
No es osado imaginar, a la luz de lo antes dicho, el impacto que pudo tener durante los días del Caracazo unas Fuerzas Armadas que acaso por primera vez en el periodo democrático atentan de forma generalizada, desproporcionada y desenmascarada contra una revuelta popular.
Pero ese transitar de eventos no se detiene ahí. Sólo tres años después, en 1992, otro hecho perpetúa la contestación sistemática que, desde varios frentes, se le hacía al Estado venezolano: el Comandante Hugo Chávez Frías junto con un grupo de militares de rango medio y bajo perpetran una intentona de golpe de Estado.
Es importante notar que con este hecho, más allá de atacar el gobierno de turno, se trata de mermar un sistema estatal desgastado, corrupto, ineficiente. De hecho, no es casual que siete años más tarde, cuando Hugo Chávez llega por vía democrática a la Presidencia, él mismo llama súbitamente a una Constituyente para reestructurar el alma misma del Estado venezolano.
El alzamiento militar en cuestión también tuvo un impacto clave en lo simbólico del venezolano. El mismo ponía en flagrante evidencia que existía al interno de las Fuerzas Armada una contestación, no solamente contra el gobierno que ejercía el poder, sino también contra el Estado definido por la IV República.
Si bien es cierto que el levantamiento de ese 4 de febrero de 1992 falló en cuanto a la toma del poder, el mismo funcionó como catalizador de las zozobras populares contra un Estado desprestigiado. De alguna manera ese levantamiento que, hay que decirlo, fue sobre todo militar, representó una especie de exorcismo contra aquella imagen de las Fuerzas Armadas arremetiendo contra los manifestantes del Caracazo
[8].
A partir de las premisas antes enunciadas surge entonces una pregunta: ¿Puede estudiarse el proceso revolucionario venezolano pasando por alto la actual situación del Estado venezolano? De ser la respuesta negativa se debería comenzar por abordar una reflexión en torno al rol de las fuerzas Armadas venezolanas en dicho proceso?

5. Crisis del Estado venezolano: Misiones como “Estado bis”

Sin duda alguna una de las más logradas acciones del periodo del Presidente Chávez ha sido la creación de las llamadas “Misiones”. Sobre todo las dos más emblemáticas, es decir, la Misión Barrio Adentro que tiene que ver con el ámbito de la salud, y la Misión Robinson, a través de la cual la misma UNESCO decretó a Venezuela territorio libre de analfabetismo.
Sin entrar en los detalles de las Misiones es importante por lo menos realizar una breve reflexión sobre las mismas, sobre todo a partir de una comparación con el modelo del Estado clásico.
No cabe duda que el paradigma de las Misiones venezolanas debe su éxito precisamente a una destitución de facto del Estado, así como hasta entonces existía en Venezuela. Se necesitaba un mecanismo que funcionara como atajo a la aplicación de medidas de emergencia para resolver una situación (también ella de emergencia), en planos como el de la salud y la educación.
De hecho, la burocracia e ineficiencia del Estado venezolano hubiera hecho imposible la puesta en práctica de un método de educación que, en pocos años, placara el problema del analfabetismo o muertes por enfermedades curables en los barrios más desfavorecidos.
En el pasado métodos de alfabetización habían arrojado resultados precarios
[9] y la situación de los hospitales se degradaba cada vez más. Fue así que se pensó, para una primera fase (en lugar de crear grandes hospitales o inyectar recursos a los ya existente), crear pequeños módulos alternativos en los barrios más deprimidos económicamente. De igual manera se hizo con la educación, la cual vivió un proceso de municipalización que la hizo llegar hasta los sitios más remotos del país.
Todo ello obviando de cierta manera las estructuras instituidas de los grandes Ministerios. El resultado fue precisamente la creación de Fundaciones las cuales representaban legalmente dichas Misiones. Podríamos hablar entonces sin más de la creación de un “Estado Bis” que iba a soslayar las históricas, y al parecer, irreversibles fallas del Estado venezolano. Los resultados fueron exitosos a tal punto que hoy día nos colocan de frente a una incómoda pregunta: ¿qué hacer entonces con el Estado existente a la luz de los resultados de este “Estado bis” auspiciado por un gobierno? ¿Puede el “Estado bis” constituirse como Estado propiamente dicho? Las respuestas a estas preguntas abren otra brecha en el debate relacionado al Estado venezolano.
A partir de lo antes mencionado surgen nuevamente cuestiones relacionadas con el rol que han jugado las Fuerzas Armadas sobre todo en relación a este “Estado bis”.
Hubo varios protagonistas exógenos a las competencias propias del clásico Estado venezolano con relación a las misiones. Por una parte está el apoyo logístico del Gobierno cubano en lo relacionado al envío de médicos para apoyar la “Misión Barrio Adentro”, o por ejemplo en la estructuración de la “Misión Robinson” a través de su método de enseñanza “Yo sí puedo”. Pero también existe otro protagonista en toda la conformación de eso que hemos llamado el Estado bis y son precisamente las Fuerzas Armadas.
El rol que han jugado las Fuerzas Armadas, por ejemplo, en lo relacionado a las Misiones ha sido por lo demás inédito. El Estado venezolano tradicionalmente reservó a las Fuerzas Armada un rol, por así decirlo, apolítico. Y ello no únicamente en cuanto a su clásica participación política. No solamente las Fuerzas Armadas no tenían ni voz ni voto en la vida política venezolana, sino que también se mantenían limitada a los cuarteles.
Históricamente, salvo en raras excepciones, las Fuerzas Armadas no intervenían en acciones sociales propiciadas por ningún gobierno. Las responsabilidades de la misma se encontraba limitada a acciones que tenían que ver, sobre todo, con la seguridad y defensa de la Nación. Con la instauración de la V República, a partir del Gobierno del Presidente Hugo Chávez, las tareas propias de las Fuerzas Armadas se han visto modificadas.
En todo lo concerniente, por ejemplo al caso de las Misiones, las Fuerzas Armadas han tenido un rol preponderante en campos como el logístico. El gobierno de Chávez ha utilizado las potencialidades humanas y materiales que ésta brinda para hacer efectivas Misiones como las antes mencionadas. Todo ello tuvo una repercusión directa también en el rol político de la institución castrense pues, a partir de la tarea social que le fue asignada, se dio una apertura a la expresión de puntos de vistas políticos, sociales o económicos por parte de sus integrantes.
Evidentemente ello tuvo un impacto directo y perceptible en la relación que poco a poco se ha venido instaurado entre el mundo civil y militar a partir del rol social que este último ha realizado. Dicho de otra forma, todo el fenómeno antes descrito podría ser analizado a la luz de una nueva dimensión de la relación Fuerza Armada-Pueblo.
Es precisamente en este sentido que surge la preocupación por analizar hasta qué punto la discusión sobre el Estado venezolano debe tomar en cuenta el camino recorrido hasta ahora por las Fuerzas Armadas venezolanas.

6. Perspectivas: Del Estado heredado al Poder Popular

En el artículo 141 de la actual Carta Magna venezolana se define al Estado como un ente que “se fundamenta en los principios de honestidad, participación, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad en el ejercicio de la función pública”. De frente a una tal afirmación no queda más que preguntarnos: ¿es acaso éste el Estado con el cual convive día a día el pueblo?, o en fin de cuentas, ¿es ésta la imagen que los ciudadanos y ciudadanas poseen del Estado?
No existe ninguna duda sobre la respuesta negativa de la mayoría de los venezolanos a estas interrogantes. Pero tampoco existen dudas sobre el hecho que estamos llamados imperativamente a cambiar el Estado que tenemos. Claro está, no podemos realizar semejante empresa sin antes preguntarnos qué ese Estado que queremos cambiar, qué Estado queremos y, por último, si de verdad queremos algún Estado.
Para responder a todo ello regresemos al inicio de nuestra reflexión y situémonos en el siglo XVII con Thomas Hobbes y su definición del Estado moderno. Este autor imaginó un estado de naturaleza en el cual cada hombre es absolutamente soberano y libre. Según dicha ficción, en esta situación inicial cada uno podría hacer todo lo que quisiera. Evidentemente ello traería consigo una guerra de todos contra todos que llevaría sin más a la anarquía generalizada. Es precisamente contra esta situación que nace el Estado: cada uno transfiere su libertad y su soberanía individual a un tercero (Estado), a condición que este último le asegure una convivencia pacífica con el resto de los individuos.
El problema está en que dicho Estado auspiciado por los individuos – para crear reglas en pro del convivir y gestionar lo colectivo – se ha convertido paulatinamente en la realidad venezolana en un monstruo separado de ese pueblo que le transfirió la potestad de ejercer el poder. Es precisamente éste el origen del tan criticado Estado buro-crático y tecnó-crata. Es decir un Estado que da el poder (del griego, cratos), por una parte a la burocracia, al bureau (del francés, escritorio), y por otra, a aquellos que poseen el conocimiento o tecno. En otras palabras, nos encontramos de frente a un Estado que acapara el poder en un conjunto de políticos y técnicos agrupados en un cuerpo profesional.
¿Qué hacer entonces para cambiar dicho Estado moderno teorizado hace casi medio milenio? Esta interrogante toma una dimensión todavía más compleja si se conjuga a un proceso revolucionario como el que se quiere hoy día en Venezuela, cuyo protagonista sería el pueblo y la instauración de un Poder Popular.
Para acabar con el Estado antes descrito uno de los métodos más plausibles es el de la implosión. Hay que derribar el Estado desde sus entrañas, y qué mejor manera de hacerlo que cambiando sus reglas de juego. Es en este punto donde toma sentido la idea de un Poder Popular: ya no será entonces el pueblo quien transferirá su poder al Estado, sino que el pueblo mismo gestionará parte del poder a través de “formas de autogobierno”. He aquí el epicentro de la cuestión.
Pero de nada sirve decretar constitucionalmente el poder en manos del pueblo si, al mismo tiempo, dicho poder no lo ejerce cotidianamente un pueblo organizado.
A la luz de lo antes dicho, la propuesta de un Poder Popular es entonces una puerta abierta o condición mínima para hacerle más fácil el camino al pueblo en su lucha por la reapropiación del poder. ¡Pero atención! De ninguna manera el decretar el Poder Popular puede considerarse como el punto de llegada del colosal e histórico maratón popular por su soberanía. No se debe olvidar que muchas veces el poder decretado en manos de todos se convirtió en el poder en manos de ninguno, es decir, de algunos.
Es por ello que se hace necesario definir el rol del pueblo en el proceso venezolano. Pero al mismo tiempo la relación existente entre la noción de Estado y aquella de pueblo que, es por lo demás ambigua y, en cuanto tal, se ha prestado a confusiones semánticas de todo tipo.
Partiendo de la definición anteriormente planteada del Estado como Estado opresor/represor, surge una evidente tensión entre éste y el pueblo sobre el cual se ejerce o debería ejercerse el control estatal. En este sentido, no es fácil colocar los límites de un Estado que se impone por esencia propia a los ciudadanos. Por ejemplo: ¿Hasta dónde dicho Estado debería aplicar su poder coercitivo a través de sus Fuerzas Armadas? ¿Un Estado con estas características no implica el rol más bien pasivo del pueblo? Y en último término, ¿cuál es la verdadera naturaleza de la tensión existente entre ese Estado clásico y el pueblo?
Para responder a estas perplejidades es necesario antes que todo comenzar por plantear tres definiciones básicas de la noción de pueblo. Ello nos permitirá no sólo superar las ambigüedades semánticas de estos dos términos, sino también superarlas a partir de una definición alternativa, tanto de Estado como de Pueblo.
En un primer momento podemos plantear la definición de “pueblo” bajo una acepción ligada a la identidad. En este caso pensaríamos por ejemplo al pueblo francés, el pueblo venezolano o el pueblo chino. Pueblo sería un común denominador que hace “idénticos” a los habitantes de un territorio determinado. Es claro el rol que posee el Estado en esta denominación, pues evidentemente el mismo impone la noción de límites o fronteras que determinarán el más allá o más acá de esa identidad que hará de un conjunto de habitantes un pueblo. Sin entrar en los detalles históricos de la conformación de los pueblos hoy día existentes, ni en los Estados con varios pueblos o identidades, podemos decir de forma sumaria que existe una evidente correlación entre esta definición de pueblo y la del Estado.
Pero el pueblo también es utilizado comúnmente como clase social. El pueblo sería desde esta perspectiva la clase más baja de la pirámide económica: pueblo como oposición a la burguesía. Por último, utilizamos la palabra pueblo en tanto que pequeña conglomeración o asentamiento humano. Pueblo bajo esta definición sería lo opuesto a la ciudad: nos referimos al pueblo andino de La Puerta o al pueblo falconiano de Menemauroa.
De hecho, al definir estas tres utilizaciones diversas de la palabra pueblo, nos damos cuenta que en sí mismas se oponen a otras entidades sociales existentes: el pueblo venezolano no es el pueblo francés; el pueblo como clase no es la burguesía; el pueblo de Menemauroa no es la ciudad de Coro.
A la luz de lo antes dicho debemos recordar que en la actualidad se plantea en Venezuela la instauración de un nuevo Estado a partir de la idea de la creación de un “Poder Popular”. La pregunta surge entonces espontáneamente: ¿de qué pueblo hablamos cuando nos referimos al Poder Popular?, o en otras palabras, ¿a cuáles de estos pueblos se le está dando el poder a través del Poder Popular?
La respuesta es de una complejidad irónica. Cuando se le da el Poder (Popular) al pueblo, antes que todo se le está quitando el poder a quien poder tiene. Sería ingenuo pensar que al dar el poder al pueblo no se está substrayendo el poder a quien para ese momento lo tiene. Ahí está el asunto.
A la luz de lo antes dicho surge una primera y fundamental definición de ese pueblo a quien se le está dando el poder: el pueblo que tendrá el poder en el futuro es, nada más y nada menos, que ese ente socio-político que nunca lo tuvo.
De hecho, la primera definición de pueblo – la que funda todas las otras – parte de la idea de pueblo como anti-poder. En este sentido, si hay algo que se opone al pueblo es justamente el poder encarnado en el Estado. La génesis misma del Estado moderno surge como anti-pueblo. Hobbes planteaba en su “Leviatán” que si no hay Estado, no hay pueblo; que el pueblo se estructura y organiza a partir de la oposición a un Estado cuya principal vocación es someterlo legalmente.
Se plantea entonces aquí el pueblo político como una figura de resistencia frente al poder instituido, sea éste Estado Central, Gobernación, Alcaldía, Banca, Religión, Medios de comunicación, Partido, Imperio, etc. Claro está, todo se complica aún más si se toman las Fuerzas Armadas como poder instituido. ¿O acaso se deberían abordar éstas desde la perspectiva de un Poder Popular?
Si el pueblo se define en tanto que resistencia, se plantea un desafío aún mayor para ese voluntad que quiere transferirle el poder al pueblo, a través de la figura del Poder Popular. Dicho reto consiste en tener la valentía política de anularse a sí mismo como único e indiscutible poder constituido, para dárselo al poder originario, al poder constituyente, al poder de resistencia, al no-Estado, al no-Gobierno, al no-Partido.
La responsabilidad histórica de los cambios que se nos presentan está por ello en preguntarnos: ¿Quién posee el poder?: ¿quien lo transfiere o a quien se le transfiere? Detrás de esta transferencia del poder de un Estado o un Gobierno al pueblo hay una gran paradoja, pues quien transfiere el poder a otro lo hace porque, en realidad, lo tiene. El desafío estaría entonces en preguntar, a aquel o aquellos que transfieren el poder al pueblo, si estarían eventualmente dispuestos a dejarlo.




[1] Aclaratoria semántica: la palabra “crisis” nos viene del griego y significa - entre otras cosas - ruptura, quiebre. Mas dicha ruptura no implica la discontinuidad. Todo lo contrario. El quiebre crítico propio de la crisis presupone un antes y un después caracterizado por la continuidad. La crisis en este sentido no se plantea como destrucción del proceso, es decir, como crisis destructiva, sino todo lo contrario: la crisis es un quiebre en el proceso que le da impulso al mismo. Hay por ello que recordar la triade: Tesis-Antítesis-Síntesis. Los procesos críticos serían ese momento antitético que nos conduce hacia una síntesis: entre la tesis y la síntesis se encuentra la antítesis, es decir, la crisis.
[2] Confrontar por ejemplo posturas como las de Nozick, Anarquía, Estado y Utopía, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1991.
[3] Miguel Ángel Pérez Pirela, Perfil de la Discusión Filosófica Política Contemporánea, Gregorian University Press, Roma, 2005, p. 168.
[4] Ibid., p. 168-169.
[5] Arturo Uslar Pietri, De una Venezuela a la otra, Caracas, Monte Ávila Editores, 1992, p. II.
[6] Miguel Angel Pérez Pirela, « Brève histoire de l’ "impasse" vénézuelienne. Les enjeux symboliques », Cités, 28, 2006, (PUF) Press Universitaire de France, p. 172. Traducción nuestra.
[7] Cfr. Ibid., p. 172-173. Traducción nuestra.

[8] En los últimos años se han dado fenómenos como los de la Plaza Altamira en donde elites de las Fuerzas Armadas se pronunciaron en desobediencia contra el Presidente Chávez. También se puede traer a colación el golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Entonces el comunicado que le pedía la renuncia al Presidente también fue perpetrado por cuadros de las Fuerzas Armadas. Detalles estos que deben ser tomados en consideración para un oportuno análisis en torno al Estado y sus Fuerzas Armadas.

[9] Cfr. Por ejemplo el método ACUDE.