viernes, 1 de mayo de 2009

Revolución sin ideología

Miguel Ángel Pérez Pirela

¿Quién puede dudar que exista hoy día una ideología imperante como forma de pensamiento, cultura y modo de vivir? Ideología que se hace todavía más peligrosa por su aceptación cuasi mundial en tanto que no-ideología.
De hecho, el neoliberalismo como ideología dominante basa su poderío precisamente en su carácter pseudo neutral, objetivo. Según éste, la única forma “natural” de convivencia, de poder vivir como seres humanos “modernos” en un “mundo globalizado” es la dictada por los cánones fundados en el neoliberalismo.
No es casual entonces que, delante de una debacle financiera como la que se está viviendo, las soluciones aplicadas vengan del mismo neoliberalismo. Ello no responde sólo a escondidas maniobras de algunos ladrones de cuello blanco para estafar a los ciudadanos del mundo. La realidad es que ésta es la forma natural de proceder por parte de un neoliberalismo que cree sinceramente que las soluciones sólo han de encontrarse en sí mismo. He aquí su carácter ideológico.
Lo cierto es que dicha ideología, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín, no puede concebir sistemas de pensamiento, cultura y modos de vivir alternativos. Lo propio de la ideología neoliberal está entonces en pensar que la misma no es de ningún modo ideología.
Ideología para el neoliberalismo es todo aquello que se oponga o se proponga como alternativa a su lógica de dominación. El problema fundamental de su crisis actual no es por ende de índole financiero. Ojalá. La debacle que se vive en la actualidad tiene acepciones más complejas y profundas: se está derrumbando un modo de pensar, una cultura global, una metodología de vida. En una palabra: una cosmovisión.
Por ello lo grave no está, como suelen decir nuestros intelectuales de izquierda, en que se están invirtiendo sumas astronómicas para salvar a los culpables de la crisis neoliberal. Lo grave está en que el mundo se cae financieramente y, al mismo tiempo, sigue fuerte la ideología que, en forma de cultura, educación, arte, política, deporte, belleza, y pare usted de contar, nos trajo hasta este despeñadero.

Por ello es urgente preguntarse: ¿qué se está haciendo en la Venezuela de hoy día para cambiar dicha ideología dominante?
Ideología que basa su poderío en, por lo menos, cuarenta años de ideologización “cuartorepublicana”, durante los cuales para ser felices bastaba con consumir, donde el 12 de octubre se celebraba el descubrimiento de América y Rómulo Betancourt era el padre de la democracia.
Quien les escribe fue instruido por una educación cuya escuela principal era la televisión de los años 80 y 90, y cuyas maestras fueron las películas estadounidenses y sus súbitos cortes comerciales que nos vendían todo tipo de productos. En los años de nuestra infancia y adolescencia, cuando se llegaba a la escuela, la mayoría de los libros escolares eran concebidos, producidos y vendidos por trasnacionales de la “educación”; el sueño de nuestras hermanas y primas era ser Miss Mundo como Pilín León; crecimos preocupados por el derecho humano a la vida de Rambo y Rocky, mientras celebrábamos las muertes de los vietnamitas y los rusos; soñábamos con visitar el castillo de Disneylandia estampado en nuestros útiles escolares y loncheras; nos agarrábamos de las manos todos los venezolanos con el “Puma” José Luís Rodríguez.
¿Había algo de ideología en todo esto? ¿O es que la “ideología” es sólo toda “ideología” alternativa a la “ideología” neoliberal?
Es indudable que, sobre todo en estos momentos de debacle financiera neoliberal, dicha ideología continúa realizando disciplinadamente su trabajo alienador a través de sus medios de comunicación masiva, su educación básica y superior, su cultura global y, cuando la cosa se pone dura, sus armas de destrucción masiva. La ideología neoliberal continúa trabajando en todos los terrenos y con todos los medios.
Pero lo más grave no es que ésta haga su trabajo. Lo preocupante es que formas otras de pensamiento no hagan el suyo.
Basta pensar que nuestra Ley de Universidades data de los años 70 y la Ley Orgánica de Educación de los 80. Basta pensar en la ausencia total de límites mínimos a nuestros medios de comunicación privados. Basta pensar que con orgullo se anuncia que la crisis no nos ha tocado, pues seguimos consumiendo.
Como si la verdadera debacle fuera financiera. Como si el neoliberalismo en tanto que forma de pensamiento, cultura y modo de vivir en Venezuela estuviera en debacle.

jueves, 23 de abril de 2009

Lumpenclasemedia

Miguel Ángel Pérez Pirela

“Lumpemproletariado: capa social más baja y sin conciencia de clase.”
Real Academia Española


La clase media en Venezuela no es una realidad, sino mera ideología. La más arraigada ideología en esta Venezuela del tercer milenio. Clase que, en otras latitudes se caracteriza por la producción, en nuestro país es una especie de sello de calidad que denota una diferencia con los otros, es decir, con los pobres.
La clase media endógena es signo de distinción, de “distancia y categoría”, por parte de aquellos que, cierto, no son ricos, pero podrían serlo.
Clase que se siente más cerca del paraíso que del infierno, más próxima del bien que del mal. Y aunque el “Viernes negro” la haya dejado en banca rota, y a pesar que los noventa la hayan desbancado, sigue ahí, brillante, exuberante, mostrándose con sus carros hipotecados y sus vestidos miameros comprados con dólares preferenciales; con su educación privada y sus clínicas estafadoras.
Clase media golpeada por los “paquetazos” de la Cuarta república, robada por los banqueros y sus tasas de interés, embarcada por el mito de la Gran Venezuela, según el cual les faltaba poco para que fueran ciudadanos de un país desarrollado.
Nuestra clase media ha sido la clase mártir del siglo veinte: robada por el hampa común de los sectores que ellos llaman con desden “populares”, atracadas con vehemencia por una clase alta que sólo le permitió a cuarenta mil venezolanos sacar fortunas en dólares.
Pobre clase a quien nadie le enseñó, ni a robar eficientemente a mano armada, ni a estafar capazmente con cuello blanco. Lo único que realmente aprendió esta clase fue a ser diferente. Claro está, diferente de los de abajo. Y qué mejor manera de cristalizarlo que imitando a los de arriba de los cuales, por cierto, también son diferentes.
De ahí surge entonces la ideología de una clase media lo más extensa posible. Clase donde cabemos todos. Clase que somos todos, o al menos, podríamos serlo.
Aquí radica la clase media como ideología nacional, según la cual para ser clase media sólo hay que quererlo, o al menos, sólo hay que mimarlo. Ser clase media significa apropiarse de ritos y signo de ostentación propios de esa clase.
He aquí entonces la ideología dominante en Venezuela. Ideología que aglomera tanto a la derecha como a la izquierda. Ideología que va más allá del capitalismo y el socialismo. Ideología del “clasemedismo” cuya definición es no ser pobre, o al menos, no demostrarlo.
Para llegar a tan deseado fin la metodología más idónea es precisamente la de consumir. De hecho, si un ciudadano de clase media se define por lo que tiene, o al menos, por lo que demuestra tener, pues ¿de dónde saca todo ello?
Tenemos la intuición que muchas de sus fuentes de ingreso son inexistentes, pues una gran parte de la clase media, en realidad, es clase pobre. No dudamos que una parte de esa clase habrá sacado sus fondos del sudor de su frente y los callos en sus manos. Sospechamos que otros harán dinero del dinero, a través de negocios in-mobiliarios, seguros, banca, en fin, de la compra y venta. Rubro que en nuestro país no se contenta con ganancias del más del cien por ciento. Hay que decirlo, la especulación alimenta una gran parte de la “verdadera” clase media venezolana.
El drama está por ello en que nadie le enseñó a producir a nuestra clase media. Pero todos le invitaron a consumir: el consumo define en cuanto tal a la clase media venezolana.
Lo contrario sería buscar la clase media en los nuevos cuadros socialista de la Quinta república. Pero no llegaríamos tan lejos, pues sería una flagrante provocación y contradicción, tanto para dichos cuadros, como para la clase media como ideología de la derecha exógena venezolana.
Lo cierto es que la clase media es uno de los enigmas de este siglo veintiuno nacional: existe en todas partes y a la vez en ninguna.

viernes, 10 de abril de 2009

Ministerio del Poder Popular para Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias

Miguel Ángel Pérez Pirela

“Esa es una de las señales del subdesarrollo: incapacidad para relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse.¨
E. Desnoes, Memorias del Subdesarrollo, Cuba, 1965.


¿Por qué cuando nuestros niños necesitan ser vacunados, la mayoría de los insumos tenemos que importarlos? ¿Por qué gran parte de los productos e insumos farmacéuticos vienen del extranjero? ¿Cuál es el motivo que nos lleva a importar gran parte de los productos elaborados con nuestras materias primas? ¿Quién nos explica la razón por la cual incluso la adquisición de las piezas de nuestros equipos militares no nos la quiere vender quien las construyó?
La razón principal, la única, la insoslayable, tiene que ver con la ciencia, tecnología e innovación. Si un país nos vende conocimiento hecho producto es porque cien, cincuenta o treinta años antes realizó investigaciones científico-tecnológicas que le permitieron concebir, producir y exportar el mismo. Todo ello nos muestra que, contrariamente a lo que suele pensarse, no hay nada más cotidiano, más soberano y más estratégico que la ciencia, la tecnología y la innovación.
El tema de la CTI no es entonces un tema secundario en la agenda política nacional, ni mucho menos un tópico que no posea una relación directa con las decisiones y voluntades del Gobierno. Es más, la gestión de la CTI hoy día es una de las variantes más importantes que nos permite interpretar la intensidad de la profundización en los procesos de cambio que vive el país.
No hay proceso de transformación verdadero sin un trabajo arduo en CTI. En otras palabras, no hay soberanía sin CTI, porque sin ésta no habría creación de ese conocimiento que precisamente nos exime de comprar otros conocimientos concebidos, patentados y puestos en práctica fuera de las fronteras de nuestra Patria.
Si somos dependientes de aquellos que producen conocimiento, lo vuelven industria y lo exportan, el día en el cual nuestro suplidor decida no vendernos conocimiento, simplemente, nos quedaremos sin él. Sin investigación en CTI, seguiremos dependiendo de otros para aspectos tan relevantes como la salud, la alimentación, la energía, y hasta nuestra propia seguridad y defensa nacional…
Es por ello que uno de los esfuerzos políticos capitales en los últimos 10 años, no ha sido sólo la creación de un Ministerio del Poder Popular para la Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias, sino más aún las importantes cantidades de talento humano y sumas invertidas en investigaciones científicas, a través de proyectos relevantes como Misión Ciencia, Cuba Venezuela, aportes LOCTI y diferentes proyectos gran nacionales en curso. Sin hablar del lugar preponderante que ocupa el tema de la CTI en nuestra Carta Magna.
Parece entonces que la mesa está servida para comenzar a ver productos tangibles derivados de la CTI venezolana. Se nos imponen por ello nuevos retos para lograr gerenciar de la manera más eficiente posible todos los medios humanos y materiales invertidos hasta ahora. Ello implica criterios de planificación y continuidad progresiva, sin los cuales no podemos ser de ninguna manera una potencia mediana mundial en términos de CTI.
Es más, ni siquiera una potencia, ni mediana, ni regional, porque lo que diremos a continuación debe quedar claro: existen “países desarrollados” con sistemas de CTI subdesarrollados en lo que respecta su impacto social. Pero también podrían existir “países subdesarrollados” con sistemas nacionales de CTI desarrollados en lo concerniente al impacto social que tienen en sus pueblos.
¿Podría ser éste el caso de Venezuela a corto o mediano plazo?

sábado, 4 de abril de 2009

Estado, regionalismo y corrupción



Miguel Ángel Pérez Pirela

Tenemos malas noticias para todo aquel que piense que la injerencia del siglo XXI por parte de las grandes potencias se ejecutará sólo a través de golpes de Estado militares o privatización de nuestras economías internas. No será únicamente así. Dichos métodos se practicaron exitosamente en los años 70, 80, y 90, y dieron como resultado procesos de injerencia tan eficaces que llegaron a someter a países enteros a las armas militares ó a las armas económicas.
Hoy día el proceso de injerencia elegido no es otro que el de la desestructuración, o más aún, la destrucción de los Estados Nación latinoamericanos. Existen ejemplos más vistosos que otros, como el de la pseudo nación Camba en Bolivia, cuya finalidad última era, nada más y nada menos, la división del Estado boliviano en dos Estados Naciones.
Todo ello corresponde a una estrategia bien concebida, según la cual si los ciudadanos eligen democráticamente a líderes progresistas de izquierda como gobernantes de los respectivos Estados, pues acábese con los Estados.
Contrariamente a lo que suele pensarse, el enemigo a atacar en esta nueva metodología de injerencia, no son los líderes en cuanto tales: Chávez, Evo, Correa, etc. No. El objetivo elegido es precisamente el Estado y su soberanía, que no es otra cosa que la mezcla de tres elementos: líder, fronteras y armas comunes.
La injerencia en este siglo XXI, en aras de la destrucción del Estado, va a minar justamente uno o varios de estos tres aspectos a la vez.
En lo que respecta al caso venezolano, diversos intentos de destrucción del Estado se han puesto en marcha en los últimos años. Los intentos golpistas y desestabilizadores de un “oposicionismo” irracional dan muestra de ello: golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y paro petrolero de 2003.
Pero existe una estrategia soñada que, a pesar de haber dado tímidos e infructíferos pasos, sigue pendiente en la agenda desestabilizadora de la derecha. Nos referimos al movimiento separatista de las oligarquías del estado Zulia. Movimiento regionalista que ha encontrado una nueva excusa, o más aún, máscara de oxígeno en el tan sonado caso de corrupción de quien fue gobernador del Zulia y actual alcalde de Maracaibo: Manuel Rosales.
Basta un somero monitoreo de las empresas privadas de comunicación masiva para darnos cuenta que, lo que debiera ser un juicio contra presuntos actos de corrupción de un ciudadano venezolano, no ha tardado en convertirse en una afrenta contra la identidad, autonomía y cultura misma de los zulianos. Imagínense ustedes. Y todo por el simple hecho de ser uno de los líderes políticos de la derecha el protagonista de las investigaciones de dichos casos de corrupción.
Cuando el dedo señala a la luna, los estúpidos miran el dedo.
En este caso, con una preocupante velocidad el “oposicionismo” no tardó en olvidarse del caso de corrupción, para centrar toda su artillería pesada mediática en la denuncia al Presidente Chávez como autor de una persecución política atroz, a las Fuerzas Armadas Bolivarianas como garantes y escudo de dicha persecución, y a las fronteras venezolanas como culpables del hecho que el estado Zulia no sea un territorio separado del Estado venezolano.
En pocas palabras, la apertura de un proceso judicial por corrupción, parece haber desencadenado una avalancha mediática nacional e internacional, cuya única e innegable finalidad última es el ataque frontal a un líder elegido democráticamente, a las armas comunes venezolanas y a las fronteras ya establecidas de lo que hoy llamamos Venezuela. Dicho de otro modo, al Estado venezolano.
El dedo es Rosales. La Luna nuestra Nación venezolana.

sábado, 28 de marzo de 2009

“Plan anticrisis” en Venezuela:

pro-socialista, pero no anti-capitalista



Miguel Angel Pérez Pirela

Venezuela, uno de los países menos afectados por la debacle financiera mundial, ha reaccionado contra la misma, implementado una serie de medidas que el Presidente Hugo Chávez bautizó como “Plan anticrisis”. Pero lo que son medidas de protección hacia los sectores más bajos de la sociedad, ciertamente no son acciones que contrarrestan y meten en causa al capitalismo neoliberal, todavía fuerte en la sociedad venezolana. En otras palabras, el “plan anticrisis” es - no cabe duda - pro-socialista, pero no anti-capitalista.

Contrariamente a lo afirmado por el "oposicionismo" mediático de la derecha venezolana, este plan no tiene nada que ver con los “paquetes económicos” que en la IV República se implementaron, tales como el de diciembre de 1986, cuando Lusinchi devaluó la moneda nacional en un 93% y aumentó el precio del combustible, o aquel célebre "paquetazo" de Carlos Andrés Pérez en febrero de 1989, que dio origen a un Caracazo que produjo miles de muertos.

Otra vez la derecha que vaticina dramáticos paquetazos, se encuentra contradicha por una realidad que es mucho menos espectacular, apoteósica y apocalíptica de lo que ella piensa.

En la realidad se plantearon como medidas anticrisis un aumento del salario mínimo y las pensiones en un 20%, así como también la reducción equivalente al 6.7% del gasto público para el 2009, sobre todo en los llamados gastos suntuarios del Estado.

Estas medidas, no lo podemos dudar, protegen a la clase más desfavorecida y, al mismo tiempo, dan mensajes éticos y de disciplina socialista a las más altas esferas del Estado. Pero también, y en esto se debe ser francos, dejan intactos los grandes capitales venezolanos que han surgido precisamente de la acumulación llevada a cabo a través de metodologías, mañas y acciones neoliberales.

De hecho, por una parte se aumenta un IVA que, como lo sabemos, es el impuesto más injusto que existe a nivel planetario , por cobrar un porcentaje único a todos los ciudadanos. Por otra, (a pesar de limitar tímidamente los dólares preferenciales para caviar, limosinas, etc.), no se plantean medidas tributarias de gran talante que toquen, por ejemplo, las grandes riquezas, las millonarias transacciones bancarias, las suntuosas herencias, las engordadas cuentas bancarias, etc.

Dicho de manera más clara: se toman medidas socialistas para amortizar los efectos nefastos de un capitalismo planetario, pero no para tocar su causa primera que, no es otra, que la acumulación grosera de capitales en manos de pocos.

Por todo ello, el “oposicionismo mediático” celebra el haberse equivocado en sus horribles predicciones, de que "finalmente a través del tan anunciado paquetazo de Chávez se llegaría sin más a un “comunismo del siglo XXI”. Mientras que, al mismo tiempo, una parte del chavismo mira con rara ingenuidad a los grandes capitales y sus intereses, como diciendo: “una vez más se equivocaron, la democracia socialista, en nombre de quién sabe qué derecho humano, respeta los intereses de la oligarquía”.

El saldo es de ensueño para “nuestra querida, contaminada y única” oligarquía venezolana, la cual posee el país añorado por todas las oligarquías del mundo en la actualidad: un país donde el gobierno protege el trabajo, los planes sociales y la estabilidad de los más pobres; sin tocar por ello, de manera enérgica y definitiva los grandes capitales.

Venezuela se encamina entonces hacia el ideal planetario de la socialdemocracia, en el cual ricos y pobres convivirán sin mayores complicaciones: los pobres, protegidos por un Estado que prevendrá cualquier levantamiento social a través de importantes políticas sociales. Los ricos, amparados por esa pax perpetua, condición necesaria para todo buen negocio.

lunes, 16 de marzo de 2009

El marketing de Obama:


Miguel Ángel Pérez Pirela
(Publicado: "Cayendo y Corriendo" Diario VEA, "A tres manos" El Nacional)


El gobierno de Barack Obama abre los cien días de su gestión con acciones que, lejos de ser reales, manifiestan un marketing político bien logrado. Nos referimos al llamado proceso de “flexibilización” con relación a Cuba. Estas medidas, no solamente no son reales, sino que más aún transforman y tergiversan la realidad.
Es así como, lo que pareció ser una apertura con relación al libre tránsito de los ciudadanos estadounidenses-cubanos hacia la isla, y un estímulo a cambios sustanciales relacionados al bloqueo contra la isla, no tardó en revelarse como lo que realmente es: un cambiar todo para que no cambie nada.
Si a analizar vamos los presuntos cambios implementados por los Estados Unidos en relación a Cuba, no tardamos en darnos cuenta que lo único que realmente se ha hecho de sustancial es extraer los fondos destinados al castigo de aquellos que se relacionen con la isla. Medidas que, vistas de manera objetiva, son ventajosas para un país que está pasando por una debacle financiera sin precedentes. Los Estados Unidos, a través de estas medidas, no están haciendo nada más que establecer soluciones de ahorro para consigo mismo.
Además se debe notar que el mismo 11 de marzo de 2009, día en el cual se ejecuta el “Boom” mediático internacional de la “flexibilización” a Cuba por parte de los Estados Unidos, este mismo país ejecuta acciones punitivas contra la transnacional francesa Lactalis, con sede en los Estados Unidos, por haber establecido relaciones económicas con Cuba. Como ya sabemos, nada es casual en la política geoestratégica imperialista de los Estado Unidos…
Estamos entonces de frente a un mismo país con posturas diferentes, o lo que es lo igual, un solo cuerpo con dos cabezas. Por una parte, una cabeza estéticamente correcta, la de Obama. Por otra, una cabeza políticamente incorrecta que mantiene intacta su política de ingerencia dentro de Latinoamérica y el Caribe.
Está demás decirlo, el cuerpo es el mismo. El de un país que durante los últimos cien años ha realizado acciones de ingerencia prácticamente cada año en la región.
Las conclusiones son por ello claras. Es hora de despejarnos de aquellas ingenuidades que todavía sobreviven en Nuestra América, incluso en el seno de las múltiples izquierdas latinoamericanas. Izquierdas que, por cierto, promocionan de más en más encuentros entre personas y no entre Políticas, o lo que es lo mismo, defienden lazos coyunturales y no cambios estructurales.
De nada sirve que Lula encuentre a Obama, y que de allí surja un posible encuentro entre Chávez y Obama, etcétera, etcétera. Lo que es aquí necesario es que se sigan poniendo en marcha Políticas de Integración Latinoamericana Estructurales y, desde ellas, presentarnos como un solo bloque delante de ese monstruo de dos cabezas en que se ha venido convirtiendo los Estados Unidos.
No hay que olvidarlo: tres formas de negociación han caracterizado centenariamente la táctica y estrategia exterior estadounidense. La económica (TLC, fondo de ayudas), la militar (Plan Colombia, IV Flota) y la política. A través de la primera han comprado a nuestros dirigentes. Por medio de la segunda han azotado a nuestros pueblos.
Seamos entonces capaces de utilizar la Política, fundada en la integración latinoamericana, como musculosa herramienta para afrontar de manera soberana y unida en estos tiempos que corren a los Estados Unidos. País que, por cierto, está justo ahora, en bancarrota económica y en medio de desplazamientos militares planetarios, muy parecidos a retiradas.
Algo debe quedar entonces claro. Los derechos humanos, ni contra Cuba, ni contra nadie, se flexibilizan. Estos no se dan a cuenta gotas. Por ello, ese marketing de la “flexibilización”, por más real que parezca, existe única y exclusivamente en los medios de comunicación.

domingo, 8 de marzo de 2009

La revolución insegura

(publicado en "Cayendo y corriendo", Diario VEA)

Miguel Ángel Pérez Pirela

Tardamos diez años para entender esto: la revolución está en jaque por la inseguridad.

Esa inseguridad que, antes incluso de ser una realidad fáctica, es un sentimiento; esa inseguridad que antes de ser objetiva, es subjetiva. El pueblo venezolano no solamente está inseguro. El pueblo se siente inseguro.

Sentimiento que, en el fondo, tiene que ver con lo más definitivo, con lo último, con lo inapelable, es decir, con la muerte. Si a analizar vamos, con cordura pero a la vez con determinación, ese sentimiento omnipresente en la sociedad venezolana manifiesta un miedo último: el pueblo venezolano teme morir.

La cuestión de la inseguridad en Venezuela en su definición última tiene que ver mucho con la muerte. Muerte como realidad y solución definitiva. Muerte que no comprende, ni tolera, ni comparte ninguna mediación posible.

Es aquí que se encuentra el drama del Estado venezolano. No cabe duda que el problema de la inseguridad tiene que ver con el problema de la falta de educación; estamos claros que la cuestión de la inseguridad tiene relación con la problemática de la salud, es indudable que la cuestión de la inseguridad está ligada a las carencias de alimentación. Pero un venezolano puede no estar bien educado, estar incluso enfermo o mal alimentado y, no obstante, seguir vivo. Lamentablemente no se puede decir lo mismo de un venezolano asesinado.

Por grotesco que parezca lo anteriormente ejemplificado, tiene mucho que ver con ese sentimiento difuso de inseguridad, que corresponde a la falta de seguridad absoluta de seguir estando vivo. Y de frente al silencio de la muerte, no hay discusión posible.

Aquí surge entonces la inseguridad y su cómplice, el silencio. Nada satisface más al fenómeno de la inseguridad que el silencio por parte de aquel que debería controlarla, el Estado. Y para ser claros y sinceros el silencio del Estado frente a la inseguridad del ciudadano no tiene otro nombre que impunidad. La impunidad comparte con la muerte el emblema del silencio. Silencio que en último término justifica, protege y autoriza la muerte.

Nos seamos ingenuos, el silencio sobre la inseguridad no la desaparece. Todo lo contrario: la estimula, la acoge, la multiplica. Aunque al parecer en Venezuela ha proliferado un fenómeno, tanto o más peligroso que el mortífero silencio sobre la inseguridad: nos referimos a ese discurso interesado y panfletario sobre la inseguridad, por parte de una derecha que ve en ella un excelente arma para la obtención de votos. Si bien es cierto que el silencio no resuelve la cuestión de la inseguridad, también lo es que un discurso vacío y arribista sobre ésta no aporta nada. Es más, le quita.

Surge así una necesidad de afrontar la inseguridad, no sólo como hecho, sino también como palabra. La solución del flagelo de la inseguridad no es sólo fáctica. Es también discursiva. Entonces, una primera aproximación para abordar el complejo problema en el país, es su discusión.

El socialismo debe empoderarse, no solamente de la seguridad como solución, sino más aún como problema. De no hacerlo estaríamos dejando que una derecha mediática e irresponsable monopolice la discusión sobre la inseguridad. Derecha que por cierto, estuvo en los orígenes de la proliferación del fenómeno en nuestro país.

No cabe duda que las raíces más profundas de la inseguridad en Venezuela se encuentran en políticas, soluciones y respuestas neoliberales, que llevaron al pueblo venezolano en menos de cincuenta años a una desesperanza tal que sólo propició pistolas, robos y corrupción. Si el neoliberalismo fue la causa de la inseguridad, el socialismo debería ser parte de su solución.

Por el momento el saldo es preocupante: una derecha que monopoliza la inseguridad como discurso, un pueblo que la sufre como realidad y, por allá lejos, un Estado sumergido, por ahora, en un extraño silencio maquillado de impunidad.

Tardamos diez años para entenderlo: la revolución está en jaque por la inseguridad.

martes, 24 de febrero de 2009

Venezuela: ganó la izquierda, cobró la derecha


Miguel Ángel Pérez Pirela
(Publicado en El Nacional - "Cayendo y Corriendo" Diario VEA)

La reacción de la derecha frente a la derrota de las elecciones del pasado 15 de febrero fue por lo demás astuta. Consistió en hacer ver los votos obtenidos como una suerte de “triunfo parcial”, que le permitía darse el lujo de exigir. A esta postura le siguieron inmediatamente las reacciones de algunos voceros de la izquierda revolucionaria, quienes no dudaron en llamar a establecer “puentes” de negociación con quienes, hasta entonces, creíamos perdedores por casi 10% de diferencia.
Al parecer la derecha al perder, ganó.
Mucho tuvo que ver en todo esto el más que conocido argumento de la “gobernabilidad”, la testaruda esperanza de “recuperar sectores” de la derecha venezolana y la “salvación de la crisis financiera mundial”. Según esta postura, para lograr dichos fines se debe concertar con los empresarios, banqueros, medios de comunicación, en fin, con la alta burguesía.
Se olvida así que las causas de la debacle financiera mundial son estructurales, propias del modelo capitalista, y por lo cual, su solución no puede ser de ningún modo coyuntural, ni mucho menos liberal. Lo mismo puede ser dicho del fenómeno de la gobernabilidad, y más aún, de la derecha irrestricta venezolana.
De igual modo se olvida que la derecha en Suramérica nos tiene acostumbrados a dos métodos que resuelven, sin más, el problema de la revolución: la primera vía es matando a la izquierda. La segunda, es comprándola. La primera convierte a los revolucionarios en mártires. La segunda, en neoliberales conversos.
Seguir hablando de negociaciones, después de una furibunda campaña de la derecha y de un triunfo como el obtenido, se convierte por ello en la oportunidad para cristalizar el sueño de la derecha latinoamericana actual: convertir la revolución venezolana en socialdemocracia.
De hecho, cuando analizamos las campañas electorales de la derecha y de la izquierda en Venezuela, en vista de la contienda electoral del 15 de febrero de 2009, nos damos cuenta de un fenómeno digno de atención: nos encontramos en medio de una guerra simbólica en la cual la derecha y la izquierda se pelean por acaparar el centro (que acaso ni siquiera existe como tal).
Lo que resulta de esa pelea (que es electoral) es que precisamente la izquierda revolucionaria tiende a eternizarse en la conquista por el centro, incluso ganando las elecciones. Parece entonces empecinarse la revolución en seducir a un centro, que nada tiene que ver con la ideología revolucionaria y, por lo tanto, en lugar de aportarle, le quita.
De ahí entonces el surgimiento de esos peligroso “puentes” que se le tienden, nada más y nada menos, que a la derecha que protagonizó una violenta campaña fundada en, lo que el mismo Chávez llamó, “la mentira contra la verdad”. Campaña que además fue financiada por la oligarquía venezolana y los Estados Unidos de América.
Cuidado entonces con los benditos puentes y llamados a efímeros diálogos, de una parte y la otra que, en el fondo, se parecen mucho, pero mucho, a pactos que por ser tácitos son aún más peligrosos.
En fin, mientras el socialismo, y los socialistas, se juegan la piel cotidianamente, la derecha juega al cómodo ganar-ganar. Si gana la derecha, arremete sin pudor alguno contra la izquierda como en el caso de Táchira y Miranda. Si pierde, también gana, pues en nombre de la gobernabilidad, incluso los socialistas, llaman al diálogo y la negociación.
Que raro suena todo esto: el socialismo cuando más tiene que aprovechar del triunfo para la profundización de un proyecto revolucionario, vuelve su vista hacia el centro y, con él, a una especie de socialdemocracia progresista. Socialdemocracia que cierto, podría ser buena. Pero no es revolución.
No olvidemos que se puede terminar como se comenzó, es decir, con la “Tercera vía”.