domingo, 6 de septiembre de 2009

¿Caracas liberalista?

Miguel Ángel Pérez Pirela
¿Puede una ciudad ser socialista o liberalista?
La pregunta me estuvo rondando durante un cierto tiempo hasta que por fin creo haber encontrado la respuesta. Ahora se me presenta como evidente lo que hace unos días me parecía una especie de misterio: ¡claro que una ciudad puede ser socialista! Ello sucede cuando la lógica a partir de la cual se organiza la misma incluye valores sociales por encima de aquellos individuales.
Claro, para hacer de una ciudad como Caracas una ciudad socialista, debemos aceptar y comprender que la misma fue organizada en el pasado a través de una lógica neoliberalista.
Nuestra querida Caracas fue estructurada, a partir del siglo XX, según un indudable modelo neoliberal cuyo caballo de batalla era ese individualismo que soñaba con una situación ideal en la cual cada caraqueño sería feliz en la medida en que pudiera trasladarse por toda la urbe en la soledad individualista de su automóvil.
Fue de ese modo que dicha lógica dejó rápidamente de tomar en cuenta, incluso al individuo neoliberal montado en su auto, para pensar más bien en el auto y el negocio que éste representa: la ciudad fue estructurada, diseñada, pensada, única y exclusivamente en función de la maquina de transporte y no del hombre que habría de transportarse: la autopista mató el bulevar.
Todo ello no sólo obligó al caraqueño a soñar con un carro desde varias perspectivas: como señal de su éxito individual, como medio de transporte privilegiado, como burbuja que lo encierra en el encanto de su música preferida, su soledad soñada y, sobre todo y más que todo, su separación de “los otros” que como lo expresaba el filósofo Jean Paul Sartre “son el infierno”.
Pues el infierno resultó ser el individuo mismo encerrado en una especie de cárcel, en la cual se ha convertido su auto, y varado en una cola interminable que resume el principio “suicidarlo” del individualismo neoliberal: si todos hacemos egoístamente todo lo que se nos venga en gana en nombre de una libertad neoliberal sin límites, nadie terminará haciendo nada. Si todos queremos trasladarnos en el individualismo de nuestro auto, nadie podrá hacerlo.
Al parecer esa lógica de pensar una ciudad a partir de una visión netamente neoliberal, estructurada a partir del “yo” y no del “nosotros”, parece haber hecho de la ciudad de los techos rojos, de la ciudad de a pie, un estacionamiento gigante al aire libre en el cual los únicos felices son aquellos seres que decidieron utilizar sus piernas.

domingo, 30 de agosto de 2009

Alimentación como instrumento de dominación (II)

Miguel Ángel Pérez Pirela

Hoy día nos encontramos delante de una postura capitalista y neoliberal que reduce el alimento a mera mercancía.
De hecho, notamos una actividad alimentaria que, de más en más, es acaparada por la industria agroalimentaria y que coloca la sociedad en una posición de pasividad en relación a las modalidades que han de ponerse en práctica y vivirse en el mundo de la alimentación.
Como lo afirma Poulain, en su obra "Sociologies de l’alimentation", las cada vez más grandes cadenas de alimentación con sus enormes ciclos de distribución, aunados a una concentración y monopolización de las actividades que realizan, “separan los consumidores del origen natural de los productos, los cortan de su ambiente social tradicional”.
A partir de 1930 a nivel planetario cambios sociológicos sin precedentes modificaron los modos de vida y sobre todo trastocaron fundamentalmente los lazos que unían los consumidores a los alimentos: producción, transformación y comercialización alimentaria organizaron definitivamente, estructuraron y dieron ritmo a la sociedad rural; los paisajes mismos de los países se transformaron a lo largo de los ciclos de producción; el alimento se convirtió poco a poco en simple mercancía, y la gran distribución da nacimiento al consumidor; al inicio de los años 1960, los supermercados hacen su aparición y toman, en una generación, una posición dominante.
Como consecuencia de la perdida de contacto con la filiar de producción, el alimento se transforma en un simple objeto de consumo sobre el cual reinan los ‘jefes de productos’ y los ‘especialistas en marketing’.
De todo ello surge un fenómeno tan sintomático como el de el hambre: “Comida en abundancia, pero de menos en menos identificada, conocida y sobre todo de más en más angustiante".
Se deja de un lado el hecho que comer es también un acto que une al hombre con la naturaleza, con lo real. La cocina y las costumbres de mesa de una sociedad son una manera original de organizar las relaciones entre la naturaleza y la cultura. Industrializada, la comida suscita interrogantes, que pueden rápidamente transformarse en angustias. ¿De dónde proviene ésta? ¿De cuáles transformaciones fue objeto? ¿Por quién fue manipulada?
Estamos hablando entonces de una separación cada vez más neta entre el hombre y su alimento que se ve reflejada en un desconocimiento de eso que se está comiendo. Dicho desconocimiento afecta de forma directa la percepción del consumidor en relación a eso que come, dando como resultado natural una desconfianza en los productos alimentarios.
Ello se radicaliza a la luz de los escándalos que, a partir de los años setenta se han ido dando: en 1968 los movimientos ecologistas ya criticaban la “comida industrial”; en 1970 el ternero y el pollo con hormonas están en el tapete; en 1996 la crisis de la vaca loca y en el 2006 los temores de la gripe aviaria.
En fin, Como lo comenta Fischler en su libro El omnívoro, “Si no sabemos eso que comemos, no sabremos en qué nos transformaremos y no sabremos quiénes somos”.

domingo, 16 de agosto de 2009

Alimentación como instrumento de dominación (I)

Miguel Ángel Pérez Pirela
Plantea Bourdieu “Eso que me gusta y eso que encuentro bueno es, de hecho, eso a lo que estoy acostumbrado a comer; eso que consume mi clase social de origen”. La gastronomía es entonces reenviada a un proceso de distinción, a partir del cual las elites afirman su diferencia con relación a las otras clases”.
Es innegable que uno de los signos de diferenciación entre las clases está determinado, no solamente por eso que se come, sino también por cómo y dónde se come. Es erróneo por ello pensar que se pueden realizar elecciones culinarias y dietéticas sólo a partir de una supuesta autonomía contemporánea. Eso que comemos depende de fuertes determinaciones sociales, no sólo a nivel cultural, sino también a nivel económico y social: “En los años de 1940, en los Estados Unidos, Lewin mostró que la consumación de un producto y, de forma más general, las elecciones alimentarias no dependen de decisiones individuales, sino del resultado de una serie de interacciones sociales. Para que un alimento sea consumido por un individuo, es necesario que el mismo llegue a él”.
Ese punto es esencial para el análisis filosófico-político, sociológico o incluso moral de la alimentación. El proceso que permite a un alimento llegar hasta la mesa de quien lo come es arduo y complicado. El mismo depende de una serie pasos, pero también de muchos intereses.
Según Poulain “Los análisis de los movimientos que atraviesan el espacio social alimentario (deslocalización y relocalización, de la alimentación, transformación de las prácticas, desarrollo de la obesidad, exacerbación de los sentimientos de crisis…) muestran cómo la necesidad biológica de comer y la expresión del hambre son socialmente modeladas” […] La alimentación… es siempre a la vez socialmente construida y biológicamente determinada. Los modelos alimentarios aparecen como el resultado de una larga serie de interacciones entre lo social y lo biológico, como la agregación compleja de conocimientos empíricos.
Desde la siembra, cosecha o producción de un alimento, pasando por su distribución y, más tarde su venta, el servir un plato de arroz en una mesa cualquiera implica un sistema que no puede ser pasado por alto. Sistema a partir del cual pueden, por una parte satisfacerse las necesidades de un pueblo o sociedad o, por otra, hacerlo dependiente de normas de producción y distribución impuestas. De hecho, es innegable que fenómenos alimentarios acaso inexplicables, a nivel de desigualdad de la distribución de los alimentos y de la calidad de los mismos, son en ocasiones producto de dicho sistema.
A la luz de los antes dicho, cómo explicar, por ejemplo, el hambre en ciertas regiones del planeta. El hambre es, claro está, un hecho biológico, pero también un fenómeno social, político y sobre todo moral. Audrey Richards “considera que el hambre es el principal factor que determinante en las relaciones humanas, primero que todo en el seno de la familia, y más tarde en los grupos sociales más amplios, el pueblo, un grupo de edad o estados políticos”.
Todo ello nos permite entonces comprender la importancia y el rol que posee la alimentación en las relaciones humanas. La misma estructura al individuo en ámbitos tan trascendentales que tocan, por ejemplo, la alimentación que la madre ofrenda al hijo que – de hecho educa y forma en él una identidad – hasta la utilización de la misma como un arma mortal de guerra en conflictos entre pueblos.

jueves, 13 de agosto de 2009

Honduras: La relatividad del tiempo

Miguel Ángel Pérez Pirela

Tal como lo demuestra Einstein el tiempo es relativo. Pero ello no es sólo cierto para las leyes de la naturaleza. En la realidad política también el tiempo es relativo y nada nos demuestra más este hecho que el caso del golpe en Honduras.

Tiene razón la escolástica cuando define el tiempo como “Distentio animae”, es decir, la distensión del alma, que dicho de otro modo deja claro que el tiempo es subjetivo y depende de la percepción que de éste tenga quien lo viva: el tiempo es por ello una experiencia relativa, por el mismo hecho de ser una experiencia subjetiva.

En este sentido, podríamos preguntarnos ¿tiene el presidente constitucional de Honduras, Zelaya, la misma concepción del tiempo político que el Dictador Micheletti? Evidentemente no.

Quien da un golpe de Estado, sacando a un presidente de las fronteras de su país, e impidiendo por todos los medios que éste regrese, y con su presencia restablezca la constitucionalidad, no busca otra cosa que detener los relojes de la política para fraguar su hegemonía golpista, su status quo impuesto.

No cabe duda: el tiempo paralizado juega a favor de Micheletti y Romeo Vásquez. De ahí el hecho de que la táctica de los relojes parados por la negociación en Costa Rica jugaron indudablemente a favor del golpe, de sus coautores y patrocinantes.

Es bajo esta premisa que debe entonces interpretarse el testarudo intento del gobierno de Obama, a través de su instrumento político, el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, de averiar los relojes de la historia, mediante una negociación que se fue extendiendo de más en más en su duración, hasta hacer perder segundos, minutos, horas y días que para el tiempo político de Zelaya valían oro.

De lo antes dicho se evidencia que los días de la mediación, sumados a las ulteriores 72 horas, no pueden entenderse, sin tomar en consideración que dentro de las fronteras hondureñas, la misma funcionó como cortina de hierro que no dejaba ver que esos instantes perdidos por una pseudo negociación eran acompañados por represión, amedrentamiento, dictadura.

El problema no es entonces que el Departamento de Estado aplique siempre las mismas recetas. El problema no es ni siquiera que no terminemos de aprenderlas. El problema ahora es que los golpistas seculares del Departamento de Estado entendieron que los nuevos golpes de Estado en Latinoamérica se fraguan manipulando a su merced, ya no más el tiempo de las armas, sino más aún el tiempo político.

Se manipula entonces ese tiempo político, cuando se eterniza un golpe de Estado con mesas de negociación, falsos pronunciamientos y cantinfladas diplomáticas.

Un tiempo preciso, se perdió pues, en Honduras, aupado por aquellos que todavía creen que los Estados Unidos pueden ayudar en algo las democracias latinoamericanas. Tiempo que no fue pensado más como definitivo jaque mate, sino más aún como jaque. Tiempo paralizado, transformado en advertencia, en mensaje para el ALBA.

Por lo pronto el resultado es preocupante: un presidente democráticamente electo en la frontera de su país jugando con lo que, parece ser, la espada de Damocles de los procesos de transformación sociopolítica latinoamericana: El tiempo político.

domingo, 2 de agosto de 2009

El liberalismo paternalista

Miguel Ángel Pérez Pirela

No hay duda: detrás del aparente “Estado débil” del liberalismo se encuentra un despótico “Estado fuerte” que trabaja para el mercado. Dicho Estado en sus propuestas políticas aplica de más en más un mínimo de redistribución social y de intervención en el mercado, y un máximo de intervención policial y procesos jurídicos.
Esta corriente viene catalogada como «liberal» en cuanto estableciendo un mínimo de intervenciones en el plano de los cambios económicos da lugar al crecimiento del mercado privado y, por ende, al incremento del capital privado. Desde este punto de vista el Estado se presenta como un Estado débil.
El problema está en que por otra parte se desarrollan políticas estatistas que presuponen una exagerada intervención estatal, y que se ven reflejadas en la acción contra la inseguridad, a través de políticas de mano dura policial y de leyes fuertemente punitivas que hacen del Estado un Estado fuerte.
Por otra parte, los proyectos de privatización de la educación ofrecen, por ejemplo, ventajas a los intereses individuales, obligando al Estado a no encaminar políticas perfeccionistas miradas a «educar ideológicamente» a los individuos, lo que para el libertarismo significaría dejar intactas sus libertades. A través de estas medidas el Estado sería entonces de nuevo Estado débil.
Pero por otra lado son invertidas grandes cantidades de dinero para preservar las «garantías» en relación a la «soberanía del Estado», a través de la compra o producción de armas de guerras y la puesta en práctica de duras políticas de inmigración, medidas a través de las cuales los individuos y el mercado son asegurados contra el peligro de una inestabilidad que venga del exterior. Podemos decir sin lugar a dudas que estas medidas hacen y presuponen entonces un Estado fuerte.
Podríamos hablar entonces de un proceso contemporáneo a través del cual nos vamos acercando cada vez más a la creación de una definición de Estado que en sí misma posee dos términos aparentemente incompatibles: liberalismo paternalista. Dicho Estado reposa en una concepción “negativa” de la libertad y los derechos individuales.
De todo esto surge entonces la mezcla de un Estado débil y un Estado fuerte, liberal y conservador que se transfigura sólo para asegurar la libertad del mercado (liberalismo) y suprimir los efectos negativos en la esfera social (paternalismo) a través de duras políticas de control judicial y policial. En teoría, un Estado débil que libere el mercado y un Estado fuerte que luche contra los posibles peligros que vengan de las víctimas de dicho mercado.
Todo esto lleva en definitiva al hecho que, como lo expresa Alasdair MacIntyre en "Tras la Virtud", “la política moderna se ha convertido en una guerra civil continuada por otros medios”.
Es cierto entonces lo que afirma Charles Taylor en su "Ética de la autenticidad": “no podemos abolir el mercado, pero tampoco podemos organizarnos exclusivamente mediante mercados”. De llevar a cabo políticas liberalistas fundadas únicamente en el mercado y el capital iremos irremediablemente a un modelo fundado en la fragmentación social y el individualismo.
Para terminar es necesario recordar a todos aquellos que ven el mercado capitalista como un remedio contra el peligro que representa la tiranía del Estado que, hoy día, el peligro no lo constituye el despotismo del Estado, sino el individualismo del mercado, como exclusiva forma de vida de los seres humanos
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domingo, 26 de julio de 2009

¿Existe investigación sociopolítica desde la revolución?

Miguel Ángel Pérez Pirela

Todos hablamos de “socialismo del siglo XXI”, “democracia participativa y protagónica”, “desarrollo endógeno”, “nueva geometría del poder”, etcétera... La pregunta es: ¿alguien ha definido sistemáticamente dichas categorías? ¿Acaso podemos seguir creyendo que la indefinición teórica de la revolución hace parte de su definición?

Hay que traer por ello a la discusión en torno a la realidad y la perspectiva de la Revolución Bolivariana las tres misiones fundamentales del investigador, el académico: la primera, generar los saberes y conocimientos referentes al ser humano como ser social o ser individual; la segunda, formar a otros ciudadanos (¿Quién está formando a nuestros ciudadanos después de diez años de Revolución?); y la tercera, aportar la sustancia de las orientaciones y decisiones en las políticas públicas.

Nosotros hablamos cotidianamente desde la revolución de la formación socio-política. Pero, ¿Formación de qué contenido? ¿A quiénes se va a formar? ¿Con cuáles formadores? ¿Formadores que fueron formados por quién? De hecho, ¿Dónde se encuentran nuestros centros de investigación sobre y desde la Revolución Bolivariana? ¿Dónde se encuentran nuestros tanques de pensamiento?

Ya basta de querer resolver el problema “intelectual” de la Revolución Bolivariana con salas situacionales. ¿Cuántas salas situacionales existen por ministerio? ¿Cuál es el resultado? La dictadura de la coyuntura. La dictadura del hic et nunc, el aquí y el ahora. El célebre “pan para hoy y el hambre para mañana”, pero ahora desde el punto de vista semántico, epistemológico, científico-social, científico-académico. Es necesario plantearnos entonces, la creación de centros de investigación científico-sociales socialistas, Bolivarianos, progresistas, de izquierda... Son necesario, ¿dónde están?

Existe el Centro Internacional Miranda (CIM), existe el Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual, existe el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) y existen los pos-grados que ofrece la Universidad Bolivariana. Pero, en la mayoría de los casos, estos centros de pensamiento están desprovistos de investigadores de planta, resumiéndose éstos a personal contratado, asesores y estudiantes. No podemos darnos el lujo de seguir reflexionado en términos de individualidades, por muy geniales que sean; tenemos que comenzar a estructurar, primero que todo, centros de investigaciones con investigadores jóvenes, con investigadores que se formen en alto nivel, con investigadores que convivan con las comunidades, con investigadores que sean investigadores de planta, y no solamente asesores, invitados o estudiantes.

Una vez que se creen los centros de investigación que contrarresten la hegemonía de la investigación por parte de la derecha, podríamos entonces erigir una segunda propuesta bien empírica: estructurar redes de centros de investigación. Tenemos suficiente talento humano e intelectual, pero no están estructurados en centros que investiguen; no solamente que hablen sino que escriban y que formen; que tengan revistas académicas; que tengan impacto “granacional”, que convivan con las comunidades, como también con organismos internacionales. Todo esto proveerá las condiciones estructurales necesarias para que se pueda investigar realmente a partir de lógicas socialistas y no de meros individualismos.

domingo, 28 de junio de 2009

Honduras: Historia de una urnas que llevaron a un golpe

Miguel Ángel Pérez Pirela

Decía el filósofo alemán Friedrich Hegel que la historia no le ha enseñado nada a nadie. Al ver lo que ha venido ocurriendo en Honduras en la última semana parece ser cierto.
El domingo 28 de junio de 2009 la región se despertó consternada por lo que, en un primer momento, pareció ser un deja vu. La historia, esa inclemente historia latinoamericana y caribeña del siglo pasado, se nos mostraba a través de las pantallas televisivas, viva, entera, resucitada.
Una vez más un presidente amordazado y sacado por militares de su residencia; una vez más soldados cuasi adolescentes tomando las calles; una vez más una constitución desconocida por las elites locales; una vez más el silencio mediático internacional; una vez más un avión que se lleva a un presidente electo…
Pero no nos engañemos: ese golpe de estado no fue perpetuado el domingo 28 de junio. Se trató de un “golpe lento” que comenzó días antes, delante del silencio de las organizaciones internacionales y los oligopolios mediáticos.
Ese golpe de estado, antes de ser militar, fue técnico, jurídico, político. El mismo había comenzado días antes con un Congreso y una Corte Suprema que se dieron el lujo, en pleno siglo XXI y sin protestas mayores, de decidir “democráticamente” y amparados en la “separación de poderes”, que las Fuerzas Armadas de Honduras no estaban ya subordinadas a su Comandante en Jefe, el presidente Zelaya. Si esto no era ya un golpe de estado de facto, alguien debiera explicarnos qué fue.
La historia latinoamericana nos muestra que detrás de todo golpe de estado se encuentran las razones y excusas más absurdas que puedan imaginarse. En este caso, el presunto motivo que llevó al mismo fue la voluntad del presidente Zelaya de proponer una consulta sobre la posibilidad de colocar una “cuarta urna” de votación en las próximas elecciones.
Consulta popular que, por cierto, no poseía carácter vinculante frente a la institución electoral hondureña, y que se limitaba a una simple encuesta, pero esta vez propiciada desde el poder ejecutivo. Encuesta que quería indagar sobre la opinión de los hondureños en relación a la realización de una constituyente. Opinión que, de ser positiva, se le daría simplemente como propuesta a un poder legislativo en manos de la derecha “oposicionista” hondureña. Congreso que, al final de todo, habría de decidir sobre la plausibilidad de una eventual constituyente.
¡Vaya razón para un golpe de Estado!
El resultado de la propuesta de esa “cuarta urna” fue, nada más y nada menos, el secuestro de un presidente democráticamente electo; la deportación a Costa Rica del mismo (donde por cierto se dejó tirado en la pista de un aeropuerto); el cierre del estatal canal 8 y el corte de la señal de otros muchos medios de comunicaciones nacionales e internacionales; la desactivación del servicio eléctrico nacional; el secuestro de la canciller, políticos y embajadores; la suspensión de unas elecciones nacionales; la suspensión del servicio telefónico y la persecución de ciudadanos hondureños.
En el fondo, como lo afirman los golpistas civiles y militares, éstos no le temen a esa cuarta urna electoral. Es verdad: no le temen a esas urnas, le temen a lo que se hubieran encontrado dentro de las mismas si se hubiera dado la votación.
Por no querer distribuir el material electoral y desobedecer al poder ejecutivo, el presidente mismo Zelaya, destituyó al jefe del Estado Mayor Conjunto, general Romeo Vásquez, y aceptó la renuncia del ministro de Defensa, Edmundo Orellana. Por insistir en distribuirlo, el presidente Zelaya, días antes del golpe militar, estaba por ser destituido por los poderes civiles conservadores.
La historia de un golpe anunciado se volvió a repetir: mientras los golpistas militares reprimían, los golpistas civiles sacaban de no se sabe dónde una carta de renuncia del presidente, negada por el mismo Zelaya desde Costa Rica. Dicha carta falsificada fue más que suficiente para que el presidente del Congreso Nacional Roberto Micheletti, fuera designado presidente de facto por el poder legislativo. A pesar de esto, los diputados golpistas siguen jalando por los cabellos leyes, normas y artículos de la constitución para justificar una inhabilitación o destitución de Zelaya que les de segundos más de vida al gobierno de facto.
Todo está ahora en manos de las organizaciones internacionales y su capacidad de reacción; en un rotundo pronunciamiento de los Estados Unidos; en la ofensiva de los países progresistas de la región; pero sobre todo y más que todo en el pueblo.
De hecho, acaso Hegel podría equivocarse. Quizás ese pueblo hondureño revierta la fatídica historia como, el 13 de abril de 2002, lo hizo el venezolano.
De no ser así los relojes de la región se retrazarían de, al menos 30 años, cuando el “patio trasero” de los Estados Unidos era regado por gorilas golpistas con la sangre de nuestros pueblos.

lunes, 22 de junio de 2009

El “Hiperliderazgo”

Miguel Ángel Pérez Pirela
Desde el terreno de la revolución estamos produciendo, o más bienreproduciendo, un fenómeno que le criticamos a diario a la oposición:estamos tomando los medios de comunicación como el campo privilegiado detodo diálogo posible. Incluso entre los revolucionarios.
Criticamos y criticamos y criticamos la tan sonada guerra mediática, yresulta que cuando tenemos que entender el alcance, dimensión ytrascendencia de un evento entre obreros de las ideas, como el que se dioel pasado 2 y 3 de junio en el Centro Internacional Miranda, lo hacemosteniendo como única fuente los medios de comunicación.
Ahora resulta que el evento que tuvo lugar entre comprometidosintelectuales revolucionarios a carta cabal, se resume en una reunión de“presuntos chavistas” cuyo tema principal fue el “hiperliderazgo” deChávez. En otras palabras, fue más fuerte lo descrito por los mediosprivados sobre el evento de intelectuales que la realidad misma delevento.
Notamos con preocupación el impacto determinante en el ápice del poder delresumen sobre el evento realizado por la Cadena Capriles, a través de suDiario Últimas Noticias, El Nacional, o el Diario VEA: “CriticanHiperliderazgo de Chávez en el proceso”, 4/06/09, Últimas Noticias;“Héctor Rodríguez: Liderazgo de Chávez no opaca”, 5/06/09, ÚltimasNoticias; “Descartan que liderazgo Chávez afecte el proceso”, 10/06/09,Últimas Noticias; “PSUV guarda silencio ante críticas, 11/06/09 ÚltimasNoticias; Aliados advierten al gobierno que las dadivas no compranconciencia”, 14/06/09, El Nacional; “El mapa de hoy”, 06/06/09, Un Granode Maíz.
Impacto que desdeña, contradice e incluso irrespeta, no sólo a lorealmente dicho por esos trabajadores de las ideas en el seno del evento,sino también, a lo que fuera del mismo, y a posteriori, fue claramenteexpresado por un Luis Britto García, un Rigoberto Lanz y mi persona ennuestras respectivas columnas, así como también un Vladimir Acosta en susprogramas radiales.
A pesar de que dichas personas estuvieron, entre otras, participando en elevento y dieron fe, a través de sus reflexiones escritas y orales de losalcances temáticos del mismo, al parecer no fue lo suficientementeespectacular, impactante o relevante para contradecir la fijaciónmediática sobre uno de los muchos temas abordados por algunos de losparticipantes: El “hiperliderazgo”.
A quién le conviene que no se diga que en el evento se habló también de:PSUV, ¿instrumento político revolucionario?; ¿El Estado heredado es elnuevo estado revolucionario?; ¿Cuál es el papel de los medios decomunicación en la revolución?; el caracter de la Revolución Bolivariana;La participación popular; la reflexión crítica como instrumento de avancerevolucionario…
La suspicacia nos embarga entonces: “cui prodest scelus, is fecit”/"Aquela quien el crimen favorece es quien lo ha cometido". Dicho de otro modo:¿A quién le conviene que se diga que una “elite” de “intelectuales” sereúnen “egocéntricamente” para criticar el “(hiper) liderazgo” delPresidente Chávez”?
Súbitamente nos vienen dos respuestas: al “oposicionismo” que quieredebilitar dicho liderazgo; o a una parte del “chavismo” que quiereescudarse de las críticas detrás del Presidente Chávez.